Capítulo 61

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Narradora

El tiempo dejó de tener forma para Kristen. El sol salía y se escondía tras las nubes del reino, pero su habitación permanecía en penumbra casi constante. Las cortinas estaban siempre cerradas. Las flores que Elizabeth traía empezaban a marchitarse antes de que ella siquiera las mirara.

Despertó una mañana envuelta en una mezcla de dolor físico y un peso que se arrastraba desde el pecho hasta los pies. El cuerpo le dolía, la cabeza le palpitaba. Pero no era eso lo que más le costaba soportar. Fue la voz de Elizabeth la que la hizo abrir los ojos.

—Kristen… ya es de día, querida. ¿Puedo entrar?

Ella no respondió. Permaneció quieta bajo las sábanas, como si el mundo pudiera olvidarla si no se movía. Aun así, Elizabeth entró con una bandeja y una sonrisa suave.

—He traído algo de sopa. No tiene mucho sabor, pero es ligera.

Kristen se sentó con lentitud. Su cabello desordenado caía sobre su rostro. Se tocó con cuidado la venda del ojo derecho. El ardor no había cedido del todo. Elizabeth se acercó y, con dulzura, retiró parte del vendaje.

—Hoy me gustaría que te miraras un momento… —dijo, sacando un pequeño espejo de mano de su bolso.

Kristen no lo quería. Pero lo tomó, casi por inercia.

Cuando su reflejo la enfrentó, soltó un leve jadeo. El ojo izquierdo, enrojecido, se mostraba apagado, la pupila temblorosa como si aún tratara de recuperar claridad. Pero fue el derecho lo que la desgarró por dentro. Una cicatriz aún enrojecida cruzaba horizontalmente su pómulo y párpado. Ya no había ojo allí. Solo un párpado vencido, sellado con una costura mágica.

—¿Qué… qué es esto? —susurró, con la voz rota.

—Tu cuerpo sanará, Kristen. Pero… esa herida fue profunda. No pudieron salvar tu ojo derecho. El izquierdo aún tiene visión parcial, y confío en que se recupere con el tiempo…

Kristen temblaba. Bajó el espejo. Lo dejó caer.

—Soy un monstruo…

—No digas eso —replicó Elizabeth con firmeza—. No después de todo lo que hiciste. No después de lo que protegiste.

Pero Kristen no escuchaba. Se cubrió el rostro con ambas manos, hundiéndose más en la cama, en sí misma.

—Mi vista. Ya no puedo ver bien. No puedo servir. No puedo pelear. ¿Cómo se supone que viva con esto?

Elizabeth se acercó. La abrazó por los hombros, aunque Kristen no respondió al gesto.

—No tienes que ser fuerte ahora. Solo… deja que estemos contigo. No te encierres. No cargues con todo tú sola.

Afuera de la habitación, Tristán y Nansies estaban en el pasillo.

Habían escuchado cada palabra. Tristán cerró los ojos, el pecho apretado. Nansies, con las manos cruzadas, murmuró:

—No podemos dejarla así.

Esa noche, la habitación volvió a quedar en silencio. Kristen no comió. No habló. Solo miraba la nada.

Pasaron días. Elizabeth seguía cuidándola, llevándole tónicos y palabras suaves. Pero Kristen ya no era la misma.

Una noche, mientras Elizabeth preparaba una infusión, Kristen se levantó en silencio. Caminó hasta el escritorio. Tomó su uniforme de caballero sacro. Lo sostuvo un instante, observando el escudo bordado con hilos dorados. Lo acarició con los dedos, como si pudiera recordar lo que fue. Luego la dobló con precisión. La dejó sobre el escritorio.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora