Capítulo 39

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Kristen

Tristán había derrotado a los dos Mandamientos, y unos aplausos comenzaron a escucharse desde el cielo.

Las piedras del pavimento y varias rocas comenzaron a elevarse, formando una larga escalera.

Era él.

Arthur Pendragon.

El rey de Camelot había hecho su aparición tras analizar detenidamente a los Cuatro Jinetes.

La atmósfera se volvió tan abrumadora que incluso respirar dolía.

Los habitantes que no habían alcanzado entrar a los refugios subterráneos se convirtieron en espectadores del desastre.

La presencia de Arthur, por alguna razón, brindaba una extraña confianza a quien lo observaba. Verlo en persona era muy distinto a cualquier retrato o dibujo conocido. Para la edad que debía tener, lucía demasiado joven. Podría jurar que apenas pasaba los veinticinco.

Y entonces habló.
Sus argumentos, tan elocuentes como venenosos, comenzaron a escucharse.
La verdadera pelea apenas comenzaba.

Percival, lleno de furia, se abalanzó sobre él. Fue inútil. Arthur lo lanzó sin el menor esfuerzo.

Luego fue Tristán, con su poder demoníaco fuera de control. Intentó enfrentarlo... lo más estúpido que pudo hacer.

Vi a Percival tirado a unos metros de mí. Corrí hacia él. Sus mini versiones intentaban despertarlo.

—Él está bien. Me quedaré a cuidarlo, pero por favor... busquen a Lancelot. Está en los calabozos del castillo. ¡Apúrense! —ordené.

Arthur comenzó a decir estupideces, ofreciendo una vida perfecta en su reino. Escuchaba a Annie gritar que ignoraran lo que decía, pero las personas... se sentían ilusionadas al ver en el cielo a sus seres queridos fallecidos.

Por curiosidad, levanté la vista.
Ahí estaban. Mis padres, sonriéndome.

Qué estúpida ilusión.

—Esto es una porquería... —susurré.

Entonces lo sentí.
Una mirada.

Él me estaba observando.
Podía sentir sus ojos clavados en mí.

Mi cuerpo se tensó.

—Si eso piensas... te invito a mi reino —dijo. Me estaba hablando.

Pero antes de poder siquiera responder o reaccionar, Tristán volvió a lanzarse al ataque. Su cuerpo parecía consumido por su energía demoníaca, que fluctuaba fuera de control. Arthur sólo alzó una mano.

Un destello.

Un ataque directo.

—¡Tristán! —grité sin pensarlo.

Y justo antes del impacto, una figura apareció como un rayo frente a él.

—¡Contra-ataque! —la voz de Meliodas retumbó, interceptando el golpe.

El estallido fue ensordecedor.

Tristán cayó de rodillas, con los puños apretados.

—¡No necesitaba tu ayuda! —gritó, furioso, mirando a su padre con rabia.

Meliodas no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en Arthur, con una mezcla de dolor, furia y decepción.

—Nunca pensé que llegarías a esto... —dijo finalmente—. Éramos amigos, Arthur.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora