Capítulo 80

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Narradora

Kristen dormía en su habitación. Desde hacía un par de noches había pedido que no la velaran más.

—Ya estoy bien —había dicho con una sonrisa que engañaba más a ella misma que a los demás—. Puedo dormir sola.

Thetis la miró con recelo. Elizabeth le acarició la cabeza, como quien acaricia un cristal agrietado. Nadie la contradijo. Quizás porque sabían que, aunque no estuviera lista, necesitaba intentarlo.

Y por unos días, lo logró. Pero esa madrugada... fue la excepción.

Primero vino el recuerdo. Esa competencia. El dojo lleno. El sudor, la concentración. El sonido seco de los golpes. El latido ensordecedor en sus oídos. El golpe que recibió de su contrincante. Kristen alzó el brazo. Ganadora. Medalla dorada. Sonrisa temblorosa.

Pero sus piernas cedieron. Cayó frente a todos. Y ya no hubo aplausos. Solo gritos. Oscuridad. El hospital. El frío. La cirugía. Las voces que la culpaban.

—No puedes hacer nada sin llamar la atención —murmuró su madre, con desprecio.

—¿De qué sirve ganar si acabas hecha un estorbo? —se oyó a su padre.

Y luego, el diagnóstico. La sentencia que partió su alma en dos. Una hemorragia interna. Una operación. Una cicatriz que nunca se iría. Y una verdad que, aunque enterró por años, jamás dejó de dolerle:

No podría tener hijos.

Las lágrimas en sueños. Y luego, más recuerdos. Más fragmentos. Las peleas clandestinas. Los cuerpos ensangrentados. Los niños con los que luchaba y a quienes vencía, aunque no quería. La voz de su madre gritando que dejara de llorar y se enfocara en matar. La mirada de su padre, evaluándola como a una herramienta.

Kristen despertó de golpe. El sudor le empapaba la espalda. El pecho le dolía, como si una lanza invisible la atravesara por dentro. Se tapó la boca con ambas manos para no sollozar en voz alta. Temblaba.

—No... —susurró—. No otra vez...

Se sentó en la cama. Se abrazó las piernas. El corazón le latía como si fuese a desgarrarla. No podía respirar. No quería estar sola. Lo necesitaba.

A él.

A Tristán.

Con sigilo, se levantó. Se colocó una frazada ligera sobre los hombros. Cruzó los pasillos en penumbras, con los pies descalzos. Las piedras frías del castillo le erizaban la piel. Frente a la puerta, se detuvo. Su mano tembló antes de tocar una sola vez.

—¿Quién es? —se oyó desde dentro, somnoliento.

—Soy yo... Kristen —susurró, apenas audible.

La puerta se abrió casi de inmediato. Tristán la miró con preocupación. Estaba descalzo y con el cabello alborotado. Su expresión se suavizó al verla.

—¿Todo bien?

Kristen bajó la mirada. Su voz era un susurro culpable.

—No... no puedo dormir. ¿Puedo... quedarme contigo? No pienses mal. No tengo otra intención. Solo... no quiero estar sola.

Tristán no respondió enseguida. La miró en silencio, como si la estuviera leyendo. Luego asintió y se hizo a un lado.

—Claro. Pasa.

La habitación estaba tibia, envuelta en penumbra. Kristen se sentó al borde de la cama, sin saber qué hacer. Tristán se sentó a su lado. Por unos segundos, ninguno habló. Solo respiraban.

—Tuviste una pesadilla —dijo él al fin, en voz baja.

Ella asintió, limpiándose el rostro con la manga de la capa. Y entonces lo dijo.

—Recordé... esa competencia. Esa caída. Esa cirugía. Que no puedo...

Tristán bajó la mirada. Sus dedos se entrelazaron con los de ella. Kristen temblaba.

—No puedo ofrecerte una familia —confesó—. Y por un momento, sentí que eso me quita valor como mujer.

—No digas eso —susurró él, con firmeza.

—Pero es cierto, Tristán. No podré darte una familia. No puedo darte hijos. ¿Quién querría eso?

Hubo un largo silencio. Y luego, con una dulzura que le rompió el alma, él respondió:

—Yo ya lo sabía.

Kristen lo miró, sorprendida.

—¿Qué...?

—Supongo que no recuerdas mucho, pero esa vez que tú y yo lo hicimos por vez primera —Tristán bajó la mirada, con una sonrisa nostálgica—, yo estuve preocupado por no haber tomado precauciones contigo. Y tú me dijiste que no había riesgo... porque no podías quedar embarazada.

Kristen se cubrió la boca. No lo recordaba. No del todo. Pero él sí.

—Nunca lo olvidé, Kristen —susurró él—. Y jamás pensé menos de ti por eso.

Las lágrimas de Kristen volvieron a brotar.

—Pensé que te decepcionaría. Que no podría darte algo importante.

—Lo que yo quiero, ya me lo diste —dijo él, acariciando su mejilla—. Tu alma. Tu corazón. Tu verdad. Eso es mucho más que cualquier otra cosa.

Ella lo abrazó. Con fuerza. Como si quisiera fundirse en él. Y Tristán la sostuvo, con todo el amor que aún tenía para ella.

—¿Me quedaré aquí esta noche? —susurró Kristen contra su cuello.

—No te voy a dejar ir.

Se recostaron, aún abrazados. Él la cubrió con la manta hasta los hombros. Kristen apoyó la cabeza sobre su pecho, y poco a poco, su respiración se hizo más tranquila. Por fin, su cuerpo encontró la paz que el alma le negaba.

Y Tristán no durmió de inmediato. Se quedó mirándola en silencio. Acariciando su cabello. Preguntándose cómo había aguantado tanto dolor, por tanto tiempo.

"No eres menos por no poder dar vida", pensó. "Eres más, por todo lo que sobrevives".

A la mañana siguiente, Thetis notó la ausencia de Kristen y, preocupada, avisó a Elizabeth. Buscaron por los pasillos hasta que Elizabeth abrió, con suavidad, la puerta de Tristán.

Ambos dormían. Kristen abrazada a él, con el rostro sereno por primera vez en días. Tristán la rodeaba con un brazo, sin haber soltado su mano.

Elizabeth sonrió con ternura. Cerró la puerta sin hacer ruido.

—Déjalos dormir —le dijo a Thetis—. Ella lo necesitaba.

Minutos después, Meliodas, que se había enterado, no perdió oportunidad para soltar uno de sus típicos comentarios, entre risas y cejas alzadas.

—¡Vaya, parece que mi hijo sí heredó algo de mí después de todo!

Elizabeth le lanzó una mirada asesina.

—Calla, o te echo del castillo.

Meliodas solo rió más fuerte.

—¡Si me exilias por tener razón, me sentiré halagado!

Pero cuando las risas se apagaron y quedó solo en el pasillo, Meliodas observó la puerta cerrada con una expresión distinta: serena, nostálgica, casi paternal.

—Mi hijo... siempre tan terco con lo que siente —murmuró, con una sonrisa ladeada—. Supongo que heredó más que mi carácter después de todo.

Cruzó los brazos detrás de la nuca y suspiró, con la mirada perdida en algún recuerdo que solo él conocía.

—Quédate con ella, Tristán. Aunque duela. Aunque no sea fácil. Las almas como la de Kristen no aparecen dos veces en una vida... y tú ya la encontraste.

Y sin más, se dio la vuelta.

—Ya fue suficiente —dijo, alejándose por el pasillo—. Que el resto del mundo espere.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora