Narradora
Britania parecía respirar en paz.
Las aldeas y pequeños reinos no habían reportado ataques en semanas. Los caminos estaban tranquilos, y los rumores sobre los Caballeros del Caos habían cesado… al menos por ahora.
Pero Meliodas lo sabía bien: el silencio nunca era buen presagio. No cuando Arthur Pendragon aún respiraba en algún rincón de este mundo.
Desde lo alto de Liones, el rey de Liones contemplaba el horizonte con los brazos cruzados. A sus espaldas, Ban le dirigía una mirada pensativa.
—No te gusta la calma, ¿verdad? —preguntó el zorro de la avaricia con una sonrisa cansada.
—La calma es buena —respondió Meliodas, sin girarse—. Pero no cuando precede a una tormenta.
—¡Vamos capitán! Estamos a nada de la boda de Tristán y Kristen. Deja a un lado esta preocupación.
Meliodas intento hacerle caso a su viejo amigo, aunque en el fondo, esa horrible sensación no lo dejaba en paz.
En Camelot, bajo la eterna penumbra de su cielo embrujado, el rey Arthur Pendragon permanecía en su trono. Lo rodeaba la niebla arcana que usaba para espiar el mundo exterior. A su lado, Ironside y un caballero oscuro contemplaban la imagen nebulosa que se proyectaba frente a ellos: una joven de ojos verdes y cabellos castaños.
Kristen.
Arthur sonrió con frialdad.
—Es bastante hermosa.
Ironside bajó la mirada.
—¿Su majestad planea secuestrarla?
—Por supuesto —respondíó Arthur, sin apartar los ojos de la visión.
—Podríamos matarla. Sería un golpe perfecto para esos dos jinetes. Ambos quedarían destrozados.
Arthur no respondió de inmediato. Desde las sombras, apoyada en uno de los pilares de piedra, Ginebra escuchaba cada palabra. Sus ojos, enrojecidos de celos, no parpadeaban.
Arthur la notó.
—Por mí, estaría más que bien que la mataras —murmuró Ginebra con veneno en la voz.
Arthur soltó una carcajada suave.
—Matándola no harás que Lancelot caiga a tus pies.
Ella se quedó inmóvil, con el rostro pálido.
—¿Crees que no lo sé? —continuó Arthur, con un dejo de desprecio—. Sé que se ven a escondidas. Sé que te arrastras por migajas de su atención. Quizá tengas el título de princesa... pero no eres más que una sombra. Una migajera cualquiera.
El silencio que cayó fue más doloroso que cualquier grito.
Ginebra apretó los puños. Estaba a punto de irse, pero Arthur levantó la voz.
—Quédate. Quiero que escuches bien.
—¿Qué estúpidez vas a decir ahora?
Arthur sonrió con desdén.
—No quiero que le hagan daño. Ni que la maten. Quiero que la traigan viva a Camelot.
—¿Qué? —escupió Ginebra.
—Estoy considerando hacerla mi esposa.
Ella sintió que el mundo se le derrumbaba.
—Después de analizarte a ti, Ginebra, he llegado a una conclusión clara: me daría vergüenza que ocuparas ese lugar.
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Caí en tu mundo...
Fiksi Penggemar¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
