Tristan
Su piel estaba helada.
Sus labios, entreabiertos, ya no susurraban su nombre.
Y aun así… su expresión era serena.
Como si, al fin, hubiera encontrado la paz que tanto le fue negada en vida.
Mi madre rompió en llanto como si hubiera perdido a una hija.
Mi padre la sostuvo en silencio, murmurando perdones a un cuerpo que ya no podía escucharlo.
Y yo… yo simplemente no podía soltarla.
La acaricié con manos que apenas recordaban cómo temblar.
El lado izquierdo de su rostro seguía semintacto, tibio aún, como si durmiera.
El derecho… seguía vendado. El daño era irreparable, aunque ya no doliera.
Pero ella nunca quiso que la vieran así.
A la mañana siguiente se ordenó su funeral. Un día para rezar por su alma. Otro para entregarla a la tierra.
Yo ayudé a arreglarla para su funeral. La vestí con un vestido que mamá me entregó. Al parecer era un regalo suyo que pensaba darle.
Observé su cabello. Pero fue entonces que lo hice.
Tomé un mechón de su cabello y, con manos torpes, le formé un flequillo.
Del lado derecho, justo donde había quedado la herida.
No podía soportar la idea de que alguien la viera de ese modo.
No ella. No Kristen.
No la chica que alguna vez fue sol, incluso cuando ardía de dolor por dentro.
—Así está mejor —murmuré, colocándole el mechón con cuidado—. Que nadie vea más que tu luz.
Peiné su cabello como ella me enseñó.
Y me aseguré de que ese flequillo cubriera lo que el mundo no merecía ver.
Le di un último beso en la frente.
Y cuando el ataúd se cerró, sentí que todo lo bueno también se cerraba con ella.
Fue como enterrarme a mí mismo.
—Quisimos ponerle su nombre completo… pero nunca nos lo dijo —dijo una de las nanas, limpiándose las lágrimas.
—Ella siempre odió su verdadero apellido —respondí con voz baja—. ¿Habría algún problema si le doy el mío?
—Ninguno, hijo —dijo mi madre, con la voz quebrada—. Ella será recordada como Kristen de Liones.
El reino entero vistió de luto.
Incluso los los amigos de mis padres, los Pecados Capitales acudieron. Mi tío Ban estuvo allí, con los ojos vacíos. Nadie habló durante horas.
La gente se reunió fuera del castillo. Todos querían despedirse de Kristen.
Ella era amada.
Aun sin sangre real, era de los nuestros. Era parte de algo más grande. Cuando mi padre leyó su discurso, quise gritarle. Quise decirle que esa sangre en sus manos no se lavaría con palabras.
Pero no tenía fuerzas para reprocharle nada más.
Al dia seguiente, el cortejo hacia el cementerio fue eterno. Los pies pesaban. El cielo estaba nublado.
Ella odiaba la oscuridad…
Y ahora, viviría en ella.
Cuando fue sepultada, no aguanté.
Caí de rodillas.
La tierra la cubría, y con ella, una parte de mí.
Una que nunca volvería.
Kristen fue mi primer amor.
Y me dió más de lo que merecía.
Esa tarde, volví a su tumba con algunas flores. Las que le gustaban.
Y entonces, lo vi.
Lancelot.
Se acercó lentamente a la tumba, como si cada paso fuera un castigo. Su rostro estaba demacrado, ojeroso, consumido por la culpa. No tenía la arrogancia de siempre. Ni su presencia noble. Solo… dolor. Puro y devastador.
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Caí en tu mundo...
Fanfiction¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
