Capítulo 55

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Narradora

Las sombras del reino demoníaco eran densas y pesadas, como si la oscuridad allí tuviera vida propia.

Tristán caminaba sin rumbo fijo, con el rostro endurecido por la angustia, los puños cerrados a los lados y el corazón hecho un nudo. El silencio le calaba los huesos, pero dentro de él había un rugido que no cesaba.

Cada paso que daba parecía hundirlo más en la culpa.

Había traicionado su esencia. Su instinto de justicia. Su amor.
Y lo peor: lo había hecho en silencio.

—Sé que andas por aquí… —dijo una voz grave y cercana a su espalda.

Tristán se giró con lentitud. No se sobresaltó. Sabía que alguien lo seguiría. Sabía que él lo seguiría.

Chion estaba de pie a unos metros, cruzado de brazos, con la expresión seria. No era solo un integrante de su pelotón. Era su primo. Su hermano.

—¿Todo bien, primo? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Tristán bajó la mirada y negó con la cabeza. No tenía fuerzas para fingir.

Chion se acercó un poco más, pero no invadió su espacio. Lo conocía demasiado bien.

—¿Se trata de ella, verdad? —aventuró con tono más bajo—. No cabe duda de que supo dejar su rastro en ti… Iba a durar, eso está claro. Inevitable, incluso. Irónico, ¿no?

—Deja tus comentarios de lado, Chion… —Tristán respondió con una voz apenas audible, sin rabia, solo cansancio.

—Solo bromeo… —replicó Chion, aunque sabía que había tocado un nervio sensible.

Tristán soltó un largo suspiro. Su cuerpo pedía descanso, pero su alma pedía desahogo. ¿Y quién mejor que Chion para escuchar? El único que no lo juzgaría.

—La sigo amando —confesó con un temblor en la voz—. La adoro, Chion. Aunque ya no sea mía. Aunque esté con él. No puedo apagarlo, no puedo fingir que no me duele verla sonreírle a otro. Pero… eso no es todo lo que me está matando por dentro.

Chion frunció el ceño. Su atención se agudizó.

—¿Entonces qué es? ¿Qué te tiene así?

Tristán levantó los ojos. Había dolor en ellos. Pero también había algo más profundo: miedo.

—Mi padre… me confesó algo. Algo que me ha atormentado cada noche desde entonces. —Hizo una pausa, como si necesitara armarse de valor para continuar—. Antes de que Kristen llegara a Liones con Percival y los demás, se cruzaron con el maestro Gowther.

Chion frunció aún más el ceño. Ese pecado nunca traía buenas noticias.

—¿Y qué pasó?

—Kristen le pidió ayuda para poder sellar sus pensamientos —explicó Tristán, la voz apenas un susurro—. Temía que Lancelot pudiera leerlos. No quería que él descubriera… todo lo que sentía, todo lo que pensaba. Así que Gowther le lanzó un hechizo para cerrar esa parte de su mente de manera que ella pudiera decidir que podia leer Lancelot y que no. Pero en el proceso… descubrió algo más.

—¿Qué cosa?

Tristán tragó saliva. Las palabras le dolían en la garganta.

—Descubrió lo que pasaría en este viaje. El destino que la esperaba. Gowther… vio cómo moriría Jade. Lo que ella elegiría hacer. Y entonces... borró los recuerdos de Kristen a partir del día en que Arthur llegó a Liones. Desde ese momento, dejó de pensar en lo que sabía. En el futuro que la esperaba. En el sacrificio.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora