Kristen
Me desperté antes del amanecer. Aún no clareaba del todo, pero el aire ya olía a decisiones tomadas. Me vestí en silencio, recogí algunas de mis cosas, y salí de mi habitación con pasos ligeros. No tenía ganas de hablar con nadie. No por hoy.
En unas horas sería la tan esperada reunión de los jinetes del apocalipsis. Meliodas me había ofrecido estar presente si lo deseaba, pero no me sentía con ánimos. No era orgullo… era simplemente la sensación de no pertenecer. Sentía que mi presencia estorbaría más que ayudar. Que todo seguiría su curso perfectamente sin mí.
Además, hoy habría algunas citas por el reino.
Tristán invitó a Isolda a un paseo por la tarde. Lo había oído de sus propios labios cuando cruzó el pasillo hablando con ella, sin notar que yo estaba cerca; al parecer ambos compartieron su habitación esa noche. Por alguna razón, no sentí nada al saber esto, supongo ya logre superarlo.
Percival pasaría tiempo libre con Annie, aunque si me preguntan, siempre preferí mil veces a Nansies en su lugar.
Y Lancelot... él tendría una cita también, con esa niña de la aldea. Según escuché, trataba de obtener información encubierta.
Sentí una punzada en el estómago.
Una mezcla de incomodidad y… celos, tal vez. O algo peor: una tristeza muda que no tenía lugar para expresarse.
—¿Segura que estarás bien? —la voz de Pelliot me sacó de mis pensamientos. Estaba apoyado contra el umbral, mirándome con ojos atentos.
Asentí con una media sonrisa que no engañaba a nadie.
—Sí. No quiero que mi presencia altere el ambiente. Además, tengo muchas cosas que pensar. Después de saber la verdad sobre mi pasado… hay mucho que necesito ordenar.
Él no dijo nada al principio. Me observó como solo él sabe hacerlo, con esa paciencia que a veces irrita porque sabe más de lo que debería.
—Ajá… ¿Y entre todas esas cosas también está el beso que te dió Sir Lancelot?
Mi rostro ardió al instante. El aire se me atascó en la garganta.
—¡Pelliot! —protesté, con la voz ahogada— No quiero hablar de eso. Él no…
No podía continuar. Ni siquiera sabía cómo explicarlo. No era un “no” rotundo, ni tampoco un “sí” claro. Era… confusión. Un caos cálido que no sabía cómo manejar.
Pelliot no se movió.
—Kristen… ayer, mientras quitábamos los escombros, noté cómo te miraba. Y tú a él. Esa clase de conexión no se puede ocultar. Lo miras como en su momento miraste a Tristán. No tienes que decir nada. Yo lo sé.
Bajé la mirada. Sentí un peso en el pecho, no por lo que decía, sino por lo que removía dentro de mí.
—No he dejado de pensar en él —dije en voz baja—. No entiendo por qué. Es como si su presencia se hubiera quedado impregnada en mí… su aroma, su voz. Me siento confundida. No logro comprender mis propios sentimientos…
Pelliot suspiró. Fue un suspiro largo, pero sin juicio.
—Entonces no los comprendas aún. Solo no los entierres.
Colocó una mano sobre mi hombro con cuidado.
—Toma el día. Ya sabes dónde está mi cabaña y dónde escondo la llave. Haz lo que necesites y vuelve mañana antes de que salgan a la misión. Vas a ir, ¿no?
—No me queda de otra —murmuré, con una sonrisa cansada.
—Cuídate, Kristen.
Y sin más, se fue.
Yo, por mi parte, seguí mi camino.
La cabaña de Pelliot estaba justo como la recordaba: sencilla, acogedora. Había silencio, pero no era incómodo. Era el tipo de silencio que te permite respirar.
Me di un baño largo. Quería sacar de mi piel todo lo que me dolía. Pero el agua no se llevó lo que importaba.
Mientras buscaba ropa en mi morral mágico, mis dedos tocaron algo familiar: una pequeña bolsa.
El corazón se me detuvo un segundo.
Era el regalo que me había dado Lancelot.
Abrí la bolsa con cuidado. Dentro, doblado con precisión, había un vestido. La tela era fina, de una calidad que no podía haber sido barata. El color era suave, casi etéreo. Claramente lo había elegido con intención.
Lo extendí entre mis manos. El diseño era hermoso, pero distinto a lo que suelo usar: tenía un escote sutil y dejaba parte de la espalda al descubierto.
Me lo puse.
Frente al espejo, me quedé quieta.
Y allí estaban… mis cicatrices.
Algunas finas como hilos, otras gruesas como heridas abiertas de la memoria. Marcas de batallas que aún dolían más por dentro que por fuera.
Pasé los dedos por ellas lentamente.
Tristán intentó borrarlas con su magia una vez. No funcionó. Aun así, él las amó. Nunca las evitó, nunca me hizo sentir menos por ellas.
Pero yo no podía verlas con los mismos ojos.
¿Y Lancelot? ¿Qué pensaría al verlas? ¿Le parecerían horribles? ¿Se alejaría? ¿O acaso… no le importarían?
—Qué tonta… —murmuré para mí misma.
¿Cómo iba siquiera a imaginar que él me miraría de esa forma?
Aun así, no me lo quité.
—Total… nadie me verá hoy —me dije.
Me maquillé apenas: un poco de color en los labios, rubor en las mejillas. Risé mis pestañas con una cuchara, como me enseñó Isolda una vez entre risas.
Preparé algo de comida para el desayuno, guardé algo para la cena, tomé mi guitarra, mi diario, y un suéter viejo.
Y salí.
No sabía a dónde iba.
Solo sabía que necesitaba perderme un poco.
Aunque fuera solo por hoy.
ESTÁS LEYENDO
Caí en tu mundo...
Fiksi Penggemar¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
