Capítulo 56

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Kriten

Habían pasado casi tres semanas desde que recibimos la información sobre la ubicación de la bestia.
Durante ese tiempo, todo fue preparación, silencio, y esa tensión que parece clavarse en los huesos cuando sabes que algo se avecina, pero no sabes con certeza qué.

Hoy, al fin, dejamos el castillo.

Zeldris nos ofreció un transporte inusual: una bestia blanca de proporciones inmensas, tan majestuosa como inquietante. No parecía ni completamente viva ni completamente inerte. Solo… obediente.

Subimos a través de un costado, y al llegar al interior, descubrimos que su cuerpo alojaba una especie de cabina. Las paredes respiraban, suaves y tibias. Olía a tierra húmeda y a metal. Algo en mí se revolvía, pero decidí ignorarlo.

Lancelot tomó el control. Lo hizo sin hablar mucho, como siempre. Solo colocó las manos sobre una especie de núcleo translúcido en el centro de la criatura, y esta se alzó.

El viaje fue largo. Los chicos parecían disfrutarlo; se turnaban para mirar desde lo alto, riendo, gritando sus nombres al viento. Por momentos me unía a esas risas, aunque algo dentro de mí se mantenía al margen, como si mis sentidos no terminaran de encajar con el momento.

Subimos por una colina que parecía moverse bajo nosotros. No era una colina. Era la bestia de la que nos habló Zeldris.

Apenas lo entendimos, una sensación punzante cruzó mi pecho.

No estamos solos.

Percival —más bien, su versión parlante— fue el primero en alzar la mirada, inquieto.

Lancelot también lo sintió.

Una presencia… no una, varias. Oscuras. Artificiales. Como si el caos tomara forma humana.

Y entonces, Albion —sí, ese era el nombre de la criatura blanca— dirigió una de sus manos a su cabeza y abrió parte de su cráneo.

Lo vi moverse como si tuviera vida propia, y al hacerlo, lanzó una llamarada de energía contra el enemigo.

Habíamos sido emboscados.
El combate había comenzado.

Lancelot, con una expresión que no veía desde el bosque, gritaba órdenes sin perder la calma. Movía las manos con rapidez, conectándose con Albion, usándolo como arma, como extensión de su voluntad.

Parecía un niño. Uno muy peligroso.

Percival se le unió, repitiendo una palabra que no logré entender. Algo en su voz cambiaba el ambiente. Albion, al oírlo, se volvió aún más salvaje. Rugía fuego. Cortaba el aire.

Era increíble, pero aterrador.

Derribamos a una criatura flotante que arrastraban consigo, una especie de serpiente de energía. Pero no fue gratuito. Albion cayó. Entero.
Como un árbol que ya no respira.
Tuvimos que salir de su cuerpo antes de que se cerrara sobre sí mismo.

Fue entonces cuando los vimos: a los demonios sirvientes de Zeldris, atados, golpeados, forzados a arrodillarse.
Los caballeros del caos los usaban como escudo.

El miasma alrededor era espeso, tóxico… pero a nosotros no nos afectaba.

A ellos sí.

Tristán lo notó primero. La protección venía de Percival. Un aura cálida y desconocida se extendía desde él, como si algo dentro suyo quisiera protegernos a todos. Lo curioso es que ni él entendía por qué.

Fue entonces cuando nos mostraron su carta final:

Tenían a Gawain.

La habían tomado cuando llegamos al reino demoniaco y sin que nadie lo notara. Una humillación, sí. Pero más que eso: una grieta en nuestra confianza.

Nos amenazaron con matarla si no les brindabamos la misma protección que nosotros teníamos.

Ella gritaba que nos fuéramos.
Que no volviéramos por ella.
Que no valía la pena.

Pero algo en su voz… no era miedo. Era resignación. Y esa resignación me partió en dos.
Porque yo también me he sentido así.
Olvidada. Abandonada.
Creyendo que nadie se jugaría por mí.

No lo dijimos.
Nadie dijo que sí.
Nadie dijo que no.
Solo… nos lanzamos.

Y fue ahí cuando el grupo se separó.

Todo se volvió confuso. Gritos. Polvo. Luz.
Vi las espaldas de los demás alejarse. Escuché a Lancelot gritar un nombre. Tal vez el mío. Tal vez otro.

Y luego, solo ruido blanco.

Me detuve. Solo por un segundo.

Y fue entonces cuando algo estalló dentro de mí.

Un sonido seco, apagado. Como un tambor ahogado por el agua.
Un latido que no me pertenecía.

Me llevé una mano a la sien.
El dolor era agudo. El mundo giraba como si no encontrara el centro.
Y entonces sentí miedo.

No por los enemigos.
No por la batalla.
Sino por mí.

¿Qué está pasando dentro de mí?

Traté de ignorarlo. Respiré. Seguí caminando.

No podía detenerme.

Pero el miedo seguía ahí.
El latido seguía ahí.

Como si algo en mí despertara…

…y no supiera si era yo misma.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora