Narradora
Tristán la cargó en brazos sin decir una palabra. Kristen se aferró a su cuello, con los ojos cerrados y el corazón hecho un nudo, mientras las gotas de lluvia resbalaban por su cabello aún húmedo. La fiesta había quedado atrás. Solo ellos dos, alejándose del mundo.
La lluvia no daba tregua. Caía densa, constante, como si el cielo mismo estuviera tratando de lavar algo que ni el tiempo ni el silencio habían podido borrar. Tristán no dijo palabra mientras avanzaba por el sendero entre los árboles, con Kristen en brazos, empapados ambos hasta los huesos. El bosque lo conocía bien. Cada rama, cada raíz, cada sombra. Y entre todas, una lo guiaba de forma casi instintiva: la vieja cabaña.
Era pequeña, de madera oscura y techos bajos, pero elegante. Oculta entre los sauces que bordeaban el río. Había sido construida por sus padres, como un refugio familiar, un lugar al que solían escapar del mundo cuando él era niño. Años después, ese rincón se transformó en escondite. En consuelo. En el nido secreto donde él y Kristen fueron, alguna vez, simplemente dos adolescentes descubriendo el amor sin miedo a ser mirados.
Y también fue el lugar donde, un año atrás, pusieron fin a todo.
La última vez que cruzaron esa puerta juntos fue para despedirse. Una despedida sin gritos, sin reproches. Solo cuerpos que se buscaron por última vez, entre lágrimas silenciosas, intentando alargar lo inevitable.
Ahora estaban de vuelta.
Tristán empujó la puerta con el hombro, sintiendo cómo la humedad había hecho de las bisagras una resistencia leve, como si también el lugar dudara si debía dejarles entrar. Una vez dentro, la penumbra los envolvió. El aroma a madera húmeda, a recuerdos viejos, llenó el aire. El sonido de la lluvia contra el techo era una caricia persistente.
Tristán encendió la chimenea en silencio. La madera húmeda tardó en prender, pero pronto las llamas comenzaron a bailar. Kristen se acercó al fuego, temblando levemente. Su vestido se le pegaba al cuerpo, helado, pesado. Tristán se acercó con cuidado.
—Déjame ayudarte —dijo.
Con manos lentas, desató la parte trasera del vestido, sin prisa ni intención oculta. Solo la delicadeza de alguien que quiere cuidar lo que ama. Kristen lo dejó hacer. Bajó los tirantes de los hombros, sintiendo el calor del fuego mezclarse con el calor de su piel expuesta. No le dio vergüenza. No con él.
Tristán también se deshizo de su camisa mojada, luego de los pantalones. Se cubrió con una manta. Otra envolvió a Kristen, que se dejó abrazar sin decir una palabra.
—Ven aquí —le pidió él, con la voz quebrada.
Y ella fue.
Se abrazaron frente al fuego, sentados en el viejo sofá de siempre. Piel contra piel, los cuerpos acurrucados como si intentaran reconstruir algo perdido. No era lujuria. Era refugio. Era volver al lugar donde todo empezó.
El silencio los envolvía, cálido, necesario. Solo el crepitar del fuego y el murmullo de su respiración compartida.
Y entonces, simplemente ocurrió.
Se miraron.
Y se besaron.
Primero fue tímido, como tanteando si aún eran capaces de reconocerse. Pero pronto, ese beso se volvió más hondo, más prolongado, lleno de recuerdos que no se habían borrado. Tristán acarició su rostro con ternura. Kristen se aferró a su nuca, guiándolo a besarla una y otra vez.
—Aún sabes besar como antes —murmuró ella, con una sonrisa suave.
—Y tú... aún haces que me pierda —susurró él, mirándola a los ojos.
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Caí en tu mundo...
Fanfiction¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
