Narradora
El castillo de Liones no volvió a dormir esa noche.
La noticia se esparció como un rayo entre pasillos y salones: Kristen había vuelto.
Los sirvientes se asomaban sin atreverse a entrar a la sala donde Meliodas y Elizabeth habían instalado un improvisado lecho. Allí, sobre mantas suaves y sábanas limpias, descansaba el cuerpo de la chica que todos habían llorado meses atrás.
Kristen.
Con su respiración agitada, la piel empapada de barro y un rostro más sereno del que jamás tuvo en vida. Sin cicatrices. Sin las heridas que alguna vez marcaron su historia. Esto era algo extraño.
Elizabeth no se separaba de su lado. Le limpiaba la frente con una toalla húmeda, cambiaba los paños empapados, y acariciaba su cabello con la dulzura de una madre que no entendía cómo tenía a su hija de vuelta.
—No hay fiebre… su pulso es débil pero constante —susurró.
—¿Cómo es posible…? —murmuró Meliodas, de pie tras ella, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como si aún temiera que todo fuera un engaño.
—No lo sé. No siento oscuridad en su cuerpo.
—¿Entonces…? ¿Está viva?
Elizabeth miró a su esposo. Y por un segundo, su voz tembló.
—Sí. Lo está.
Tristán no despertó hasta horas después.
Había perdido el conocimiento por el agotamiento y el shock. Chion lo había llevado a su habitación, después de asegurarse de que Kristen estuviera a salvo.
Cuando abrió los ojos, la primera palabra que dijo fue su nombre.
—Kristen…
Se incorporó de golpe y salió corriendo, sin siquiera calzarse bien. Bajó por los pasillos como si el alma se le fuera en ello, y llegó hasta la puerta de la sala donde ella reposaba.
Meliodas lo detuvo antes de entrar.
—Tristán. Espera.
—¡Papá, déjame verla!
—Está bien. Pero debes ir con calma.
—¿Está viva? ¿De verdad?
Meliodas solo asintió.
Y Tristán empujó la puerta con las manos temblorosas.
El cuarto estaba en silencio. Solo el sonido del viento colándose entre las ventanas hablaba. Kristen dormía. Su rostro parecía más joven, más en paz. Llevaba una bata blanca, y su cabello, aún húmedo, caía sobre las almohadas como una enredadera suave.
Elizabeth estaba sentada a su lado, vigilando cada respiración.
Cuando vió a Tristán, se levantó en silencio y le hizo un gesto: ven.
Él avanzó, conteniendo el aliento, y se arrodilló junto a ella.
—¿Es… de verdad…? —susurró.
—Lo es —respondió Elizabeth, tocándole el hombro con ternura.
Tristán se quedó inmóvil. Mirándola. Memorizando cada línea, cada sombra, como si tuviera miedo de que desapareciera si parpadeaba.
Y entonces, lo imposible volvió a suceder.
Kristen suspiró.
Se removió un poco.
ESTÁS LEYENDO
Caí en tu mundo...
Fanfiction¿Te imaginas ser una chica de la era actual en que vivimos y fanática de los mangas y animes que por alguna extraña razón logras caer en el mundo de Nanatsu No Taiza y que los hijos de tus dos pecados favoritos se enamoren de ti creando una rivalida...
