Capítulo 84

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Narradora

Lancelot estaba desnudo en el río. El agua helada apenas calmaba el ardor en su pecho. Llevaba rato allí, intentando quitarse de encima ese olor que no se iba, ese perfume ajeno que parecía pegado a su piel como una marca de vergüenza. Un olor que le causaba náuseas.

Sintió unos pasos en la orilla.

Era ella

Thetis

No dijo nada al principio. Se despojó de su blusa y su falda con calma, quedando desnuda ante él como si no fuera la primera vez que compartía un baño en mitad del bosque. Entró al río sin mirar atrás, sin pudor, con la misma naturalidad con la que solía moverse por la vida.

El agua le llegó hasta la cintura antes de detenerse. No le importaba nada si él la veía así.

Lancelot no la miró. O eso hizo creer. Apretó la mandíbula. La tensión se acumuló entre sus hombros.

—No sé por qué te sonrojas —dijo ella con una sonrisa torcida—. Si ya viste desnuda a una mocosa toda plana y sin gracia.

Él se giró apenas, con el ceño fruncido. La incomodidad fue inmediata. No por verla a ella, sino por lo que implicaba su comentario.

Thetis se acercó a su lado.

—Tu padre sabe que estás aquí. No dijo nada. Pero creo que lo siente.

—No tiene que decir nada. —El tono de Lancelot fue seco, apenas audible.

—No, claro que no. Igual que tú tampoco dices nada. Aunque, honestamente, tus ojos te delatan, Lancelot.

—¿Mis ojos?

—Están más rojizos que de costumbre. No porque sean idénticos a los de tú padre. Es otra cosa. Es como si tuvieras la sangre hervida y la garganta cerrada.

Lancelot apretó aun más la mandíbula. No quería hablar.

—Has cambiado. Lo sabes, ¿no? Estás más alto, más fuerte… incluso más atractivo.

—¿Y eso qué tiene que ver? —gruñó.

—Tiene que ver con que no pareces un chico que juegue a cuidar princesitas entrometidas. Y menos que se deje enredar por una cría confianzuda como Ginebra.

Thetis sonrió, sin malicia, pero con la puntería afilada.

—Te ves como un hombre. Pero caminas como si quisieras olvidarte de eso.

Lancelot bajó la cabeza.

Ella no se detuvo.

—¿Dónde estuviste?

—Fuera.

—No seas idiota.

—Tú también lo haces. Desaparecer cuando nadie te ve.

—Pero yo no miento sobre para quién trabajo.

Eso lo hizo fruncir el ceño. Thetis notó el cambio y se cruzó de brazos.

—¿Qué estás haciendo en Camelot, Lancelot?

Hubo un largo silencio.

—Lo necesario. —fue todo lo que dijo.

—¿Y te parece necesario acostarte con la prometida del enemigo?

La pregunta cayó como un relámpago. Lancelot no levantó la mirada, pero sus dedos se apretaron contra su propio brazo.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

—No me importa ella. Nunca me ha importado. Solo la uso.

Caí en tu mundo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora