Capítulo 56

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Hoffmann estaba en caos. Los lobos discutían entre sí, algunos en contra de la autoridad de su nuevo Alfa, al que ya veían como un asesino sin ningún derecho de gobernar, y otros que no quisieron creer en las palabras de una ex miembro del consejo y un montón de forasteros. Un pequeño grupo trataba de entrar a la casa por la fuerza, pero los guardias los mantenían a raya con eficiencia, aunque ya habían conseguido prender fuego a una de las habitaciones al arrojar un explosivo casero al interior a través de una ventana.

Patrick se había arrinconado en la habitación donde su madre parió a ese cachorro que no pudo vivir. Las balas de plata se le habían terminado y lo único que le quedaba era aferrarse a esa escopeta vacía que de nada le servía en ese momento. Actuaba como un completo cobarde, y si su padre aún viviría seguro se sentiría muy avergonzado.

—Lo único que quería es que estuvieras orgullosa de mí — susurró a su madre sin apartar la mirada de la puerta — pero todo se vino abajo por culpa de esa omega inútil.

No hubo respuesta.
Gruñó bajo y abrazó con más fuerza su amada escopeta.

—Y luego está ese chico… — pareció asustado, pero no lo estaba. No sabía cómo sentirse — ¿Viste sus ojos? Brillaban con una intensidad que no había visto en mucho tiempo.

Gruñó una vez más, pero ahora parecía más un quejido, a causa de un dolor de cabeza que no lo dejaba tranquilo desde hace algunos días.

—No puedo esconderme para siempre, ¿cierto? — seguía susurrando — No puedo dejar que me quiten de mi trono. Y la única forma de evitarlo es deshacerme de ese forastero… y de ella.

Otra explosión vino de la parte de atrás de la casa, obligando a Patrick a ponerse de pie y apuntar su arma a esa dirección, aunque esta ya no estuviera cargada. Miró a su silenciosa madre por el rabillo del ojo y sonrió de forma grotesca, pero lleno de orgullo.

—No te preocupes, madre, no dejaré que el reinado de los Klein termine tan pronto. Llevaré a Hoffmann a la grandeza.

Sus brillantes ojos dorados se fijaron en la punta de la escopeta, gruñó con rabia y un espeso pelaje gris comenzó a cubrirle los brazos y las mejillas mientras su madre observaba.



Viveka Braun y otro de los antiguos miembros del consejo habían conseguido llevar a uno de los médicos al búnker subterráneo para atender a los heridos de bala que Rigel y otros lobos habían trasladado allí horas antes.

—¿Encontraron a mi hermana? — preguntó Viveka una vez que consiguió cerrar la enorme puerta de acero.

—Aún no — respondió uno de los lobos — pero ese extraño chico sigue buscando.

La pelirroja se mostró afligida mientras el médico se apresuraba a atender a los heridos.

—Necesitamos hacer algo — dijo otra loba, también una ex miembro del consejo,  la más joven — Patrick está acabado, solo tenemos que hacerlo salir de esa casa.

—Es inútil — respondió uno de los ancianos — Los guardias del Alfa son feroces, capaces de dar la vida por su rey a cualquier costo sin importar si están o no de acuerdo con su gobierno. Además, no olvidemos que todos ellos son de rango delta, y están muy por encima de todos nosotros que solo somos un montón de simples intermedios y omegas. En cuanto consigan aplacar a la muchedumbre no nos quedará más que someternos a las órdenes del Alfa.

—Es ridículo — expresó la joven molesta — Tenemos que reunir al resto de los betas. Solo ellos pueden vencer a los delta.

—¿Cuáles betas? — se atrevió a decir una loba intermedio que se ponía de pie — Todos están del lado del Alfa. Los únicos betas aquí son tú, la señorita Braun y el otro hombre.

La joven beta gruñó y la intermedio de inmediato volvió a sentarse. No es que quisiera reprenderla por su atrevimiento, pero era natural que un lobo de su rango quisiera reafirmar su posición ante los lobos de menor rango.

—Ya basta. No discutamos — intervino Viveka — Yo también quiero que todo esto termine, pero ella tiene razón, lamentablemente los betas no están de nuestro lado.

—Y en cuanto a los otros miembros del consejo, fueron los primeros en morir cuando Patrick comenzó a disparar — añadió el beta junto a Viveka — Fueron los únicos a los que ese loco consiguió dar en la cabeza.

El recinto se inundó en el silencio por un instante. La incertidumbre reinaba y la esperanza comenzaba a extinguirse.

La puerta del búnker volvió a abrirse y Rigel entró cargando a una mujer sobre la espalda. Viveka corrió hasta ellos una vez que reconoció a la inconsciente mujer.

—¡Sybil! — exclamó — ¿Estás bien? ¿Dónde la encontraste?

—En el bosque — respondió Rigel, bajando a la pelirroja de su espalda para colocarla suavemente sobre una manta — Ha perdido mucha sangre, pero aún vive.

Viveka respiró con cierto alivio y se arrodilló junto a su hermana que milagrosamente abrió los ojos. Fue como si el dulce tacto de la mano de su hermana mayor sosteniendo la suya la devolviera a la vida.

—Robert… — murmuró débilmente — No puedo sentirlo…

—No te preocupes — le dijo su hermana — Estás demasiado débil y tu cuerpo lucha por seguir vivo, por eso es que no puedes sentirlo — sonrió con cariño para darle tranquilidad — Él debe estar bien.

Sybil devolvió la sonrisa y volvió a cerrar los ojos tranquila, confiando en las palabras de su hermana y añorando encontrarse con su pareja nuevamente.



Lejos del caos, Nova miraba con asombro al enorme lobo frente a ella. Solo había visto a Demian en su forma lobuna una vez; la noche en que se entregó a él, pero ahora lucía diferente, más imponente y poderoso. Ese pelaje de tonos rojizos y esos ojos brillando como el oro lo
hacían ver como fuego ardiente. ¿Acaso esa era su verdadera esencia? ¿Era así como debía verse un licántropo que tenía altas posibilidades de convertirse en alfa?

«Mi luna — dijo Demian, con una gentileza que contrastaba drásticamente con su apariencia — mi amada luna, al fin te encontré.»

Nova suspiró, y sin meditarlo corrió hacia él con los brazos extendidos. Demian se arrodilló para poder recibir ese cálido abrazo. Los brazos de la lobita rodearon el cuello del lobo al tiempo que los brazos de él la envolvían por la cintura. Se quedaron así por un instante que pareció eterno, era como si quisieran grabar ese momento en su memoria para siempre.

—Tenía miedo de no volver a verte — susurró la lobita — Ya no te sentía.

«Ya no temas, mi pequeña. Ya estoy aquí.»

Nova soltó en un suave llanto y se aferró a él con más fuerza.

—No vuelvas a dejarme.

Demian emitió un gruñido suave y luego volvió a su forma humana.

—Eso jamás — le dijo a oído —. Prometo que nunca dejaré que te aparten de mí otra vez.

Rompió el abrazo y posó un tierno, pero apasionado, beso en los pálidos labios de su lobita. Un beso que fue correspondido con avidez y que llevó a ambos a tumbarse sobre la hierba. Estaban dispuestos a amarse en ese momento aunque el mundo se estuviera desmoronando a su alrededor, pero debían forzarse a dejar sus pasiones a un lado.

—Sácame de aquí — pidió la lobita entre besos — Llévame lejos…

Volvió a perderse en los labios de su macho y sus brazos volvieron a tomarlo del cuello, atrayéndolo más hacia sí, sin imaginar que ese bello momento terminaría pronto.







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