Capítulo 56

41 2 0
                                        

Alexa

Hay cosas en la vida que piensas que estarán para siempre. Es un pensamiento común y sencillo tanto de obtener como de entender. Existían cuando viniste al mundo, seguían existiendo mientras crecías en él y ni sabes ni te has llegado a plantear cómo podría ser tu vida sin ellos. ¿Por qué habríamos de hacerlo? Jamás se irán, eso no tendría sentido... Pero el caso es, que sí que pueden irse, si pueden dejar de existir.

Esos, para mí tanto como para la mayoría del mundo, eran mis padres, era mi hermano. Por qué habría de imaginar un solo día sin poder abrazar a mi madre, un solo momento en que supiera que mi hermano no estaría para cogerme el teléfono si lo necesitara, un solo instante sin contar con la seguridad y el apoyo de mi padre. ¿Por qué alguien querría siquiera imaginar su peor pesadilla? Y puede que eso fuera lo que lo hiciera más duro. Si no lo ves venir, duele el doble. 

Jamás sería capaz de olvidar cómo me sentí aquella noche. El miedo intensificándose a cada segundo que pasaba y yo incapaz de saber el porqué. El instinto gritándome que hiciera algo y yo sin saber el qué. La desesperación acrecentándose cada vez que le preguntaba a Nate qué estaba ocurriendo y él incapaz de apartar la vista de la carretera. Su silencio. Su propia angustia. Todas nuestras emociones intensificadas, descontroladas y asfixiándonos en el interior de ese coche.

Jamás podría borrar el sonido de las sirenas de bomberos. Las luces de la policía. La masa informe e inanimada de periodistas al final de la calle. No sabía si estaba corriendo, ni si estaba siendo empujada. Si me esfuerzo en recordar, puede que oyera advertencias para que no entrara. Pero, ¿cómo se atrevían? Cómo podían pedirme no entrar al lugar que albergaba mi corazón. Todo mi ser. Todo lo que era, fui y seré. ¿Cómo podían?

El jardín delantero estaba abarrotado. Todos de blanco. Todos habían estado invitados a la fiesta. En ese momento, mi vestido se sentía como una soga. No quería que me mirasen. No quería me reconociesen. Solo quería verlos.

Y jamás, ni en un millón de años, ni aunque muriera y volviera a nacer podría superar aquello. La imagen de mi hermano medio muerto entre los brazos sollozantes de nuestra mejor amiga. Del amor de su vida.

-Alexa.- No sabría decir si me encogió más en mi sitio su voz rota o sus ojos suplicantes. -No deberías ver esto.

-Cielo, mejor acompáñame fuera. ¿Vale, cariño?

Me permití por un instante observar a Alexander Sallow y a Silvia Collins. Volví a la realidad el tiempo suficiente para entender que no estaba sola. Eleanor Sallow, cubierta de sangre de cabeza a los pies, lloraba en los brazos de su primogénito. Grayson Collins intentaba hablar con algunos miembros del Consejo pero su mirada se desviaba cada poco segundos a mi hermano moribundo. No me permití mirar más. Ni escuchar más.

Me aparté despacio, nos les respondí. No podía. Tenía que concentrarme en no resbalar con la sangre de las baldosas. Me arrodillé frente a él, en el espacio entre su piernas. Alguien consiguió apartar con gentileza a Kayla de los hombros. ¿Cómo se sentiría ella? ¿Como yo en aquel coche? ¿Peor? ¿Como yo? Yo no sentía nada...

-Nita.

Mi hermano me llamaba.

-Hola- Intenté sonreír. -¿Cómo estás?

Alargué la mano para acariciar su mejilla y apartarlo el pelo de la frente. Tuve que sostenerle la cabeza con mi otra mano. Luka consiguió enfocar la vista y fijarla en mí tras unos segundos.

-Cansado.- Susurró. -Solo un poco cansado.

Asentí.

-No te preocupes. Vas a ponerte bien- Dije yo.

Las Reinas de la MafiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora