Alexa
Se apoderó de mi cuello, lo besó y lamió casi desesperado. Sus brazos se cerraron en torno a mi cuerpo, su pelvis se elevaba para chocar contra mis movimientos, los suyos se volvieron más desmedidos. Sabía que estaba por correrse, sentiría algún ápice de triunfo si no fuera por que yo ya llevaba dos orgasmos. Se estaba desmoronando, derritiéndose en el placer. Me sujetó por detrás de la cabeza con una mano, enredando mi pelo aún más. Fijó sus ojos en los míos, ojos llenos de sentimiento, las pupilas dilatadas y me alegré inmensamente de que apoyara su frente en la mía.
No podría resistirle la mirada, no en ese momento. Cada vez me sentía más vulnerable entre sus brazos pero lo verdaderamente sorprendente, era que cada vez me importaba muchísimo menos esa condición de vulnerabilidad. Estampó sus labios con los míos, nuestros dientes se encontraron pero apenas importaba nada. Y entonces, cuando estaba alcanzando el mayor nivel éxtasis, cuando sus ojos se nublaban, su cuerpo empezaba a temblar y el placer embotaba su pensamiento, habló. O más bien exhaló, o confesó, no tengo ni idea. Si no hubiera estado literalmente a centímetros de su boca jamás lo hubiera oído, pero lo hice. Y el caso es que fue lo más inesperado pero al mismo tiempo lo más correcto que había oído en mi vida.
-Te quiero...
¿Qué cojones?
No había podido oírlo bien. No tenía sentido. Es decir, Nate... Nate...
¿Qué putos demonios?
¿Cómo se atrevía? Tan de repente. No tenía sentido. No lo tenía. Habíamos pasado un día normal. Habíamos hablado, comido juntos y follado como conejos. Nada de preliminares, al menos de los no sexuales. No había habido grandes actos románticos ni palabras bonitas ni escenas de libro. Entonces, ¿por qué me decía eso ahora?
Aunque, bueno, pensándolo en retrospectiva sí que podría haber habido indicios. ¿No habían sido todos estos meses cuidándonos y protegiéndonos un indicio de algún tipo de sentimiento entre nosotros? ¿No lo había sido mi desespero cuando creí que se iba a morir por salvarme la vida? ¿No lo habían sido todas esas veces en que éramos incapaces de resistir el deseo? ¿O cuando le dije que no quería que se acostara con nadie más y la posterior ilusión que me hizo que confesara que no lo había estado haciendo ni tenía pensado hacerlo?
Todas esas muchas imágenes se reprodujeron en mi cabeza a una velocidad vertiginosa. Y tal vez por esas muchas razones sentí corrección cuando me dijo que me quería, como si hubiese sido algo que ya me había dicho mil y una veces. Pero no lo había hecho, esta fue la primera vez que me dedicó esas palabras y mi única reacción fue... sonreír. Tanto que hasta me dolieron las mejillas.
Nate había escondido el rostro en el hueco de mi hombro y apoyado ahí su barbilla. Le acaricié el cabello como sabía que le encantaba y tiré un poco de él para que levantara la cabeza, se rehusó.
-Nate- Lo llamé.
-¿Sí?
-Mírame.
Me apretó más contra sí, hundiendo su rostro aún más en mi pelo.
-Nate, en serio- Dije más irritada.
Tal vez fue por el tono de mi voz porque soltó un muy mal disimulado suspiro y se apartó de mí, aunque no dejando ni de lujos el suficiente espacio entre nuestros pechos. Me sostuvo la mirada y yo aproveché para observarlo. Tenía la cara sonrojada, y sudada. Quise analizar su mirada pero estaba impidiéndomelo a propósito, el muy cabrón sabía muy bien cómo poner cara de póker.
-Te he oído- Murmuré.
-¿Ah, sí?- Su mirada seguía impertérrita. Asentí. -¿Y no estás enfadada?
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Las Reinas de la Mafia
Teen Fiction•LAS REINAS DE LA MAFIA: Orígenes de un despiadado amor Estas tres chicas contarán su historia, como pasaron de las fiestas y los juegos a las venganzas, el amor y los engaños. Una muerte las unirá de por vida y descubrirán la verdad que les fue arr...
