¿Qué crees que pasa cuando cometes un pequeño error en tu instituto y te expulsan?
No suena nada bien, ¿verdad? Te aseguro que es mucho peor de lo que suena. Mucho más cuando debes cambiarte de ciudad y vivir con tu hermano. Y sus amigos.
Soy Jessic...
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Reía, no paraba de carcajearme y balancearme en la silla de madera en la que permanecía sentada.
Claro que, lo hacía internamente, puesto a que mostrar aquello ante los ojos de los dos adultos que tenía frente a mí hubiera sido un pasaje seguro a desastrelandia, si es que aún no me encontraba allí. Había demostrado alrededor de los años que los daños colaterales de mis malas decisiones era terriblemente peligrosas para el futuro, no solo mío, también de todos los que me rodeaban, muy a pesar de esa conclusión tan fácil de descifrar, porque siendo sincera, el saber que la acción nos lleva a una reacción es algo que logré aprender desde mis cortos cinco años, sin embargo, entendí verdaderamente lo catastrófico de recibir, no solo la carga de un error, si no también el regaño inevitable de mi madre y los involucrados, unos años más tarde.
Lo entendía, pero, como era de esperarse de mi parte, a la hora de elegir negro o blanco, escogía encerar una pista de baile.
-¡¿Qué?! -grité aterrada al director-. No me pueden expulsar.
Mala respuesta para aquella insana situación.
-Sí que puedo -dijo, con su típico tono malvado y desafiante.
-¿No hay otra opción, señor director? -inquirió mi madre, preocupada.
-No hay opción, es muy grave lo que hizo su hija.
-Puff, me parece una exageración -bufé, claramente mintiendo.
Con cada respiro que daba dentro de la oficina del director, una piedra caía sobre la inestable balanza que determinaría lo bueno o malo de mi destino, estaba demás preguntar por el resultado que iba ganando, estaba tan claro como el futuro sermón de dos meses sin salidas y celular que me daría mi madre.
-¿Quemar un salón de química, noventa y ocho casilleros, y dejar a dos de sus compañeros calvos, no le parece grave? -se mostró ofendido.
Lo que tenía para decir, tuve que callarlo, no podía excusarme alegando la poca explicación expuesta por el insípido de mi profesor, porque, más que claro estaba que sus instrucciones fueron específicas, pero dada mi poca atención hacia ellas, no pude comprender ni una cuarta parte. Terminé vertiendo el líquido incorrecto en el experimento, haciendo una pequeña explosión, la cual causó una casi invisible chipa de fuego y hasta ahí, todo parecía manejable; fue cuando el tan minúsculo fuego se convirtió en una alta llama que se trasladó a una cercana cortina, hasta todo el salón.
El resto de detalles había llegado solo, a consecuencia.
-Bueno... Se han visto peores -comenté.
Mi madre me dió una mirada fulminante, ordenando que me callara. La pobre, había tenido que salir corriendo al ser llamada por el director, dejando cada papel sin entregar en su importante trabajo.