20.- Entre helados y consejos.

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La mañana no fue mejor que la noche, al contrario, él día era la repercusión de la noche.

Me encontraba a la orilla de mi cama, ya despierta y arreglada, lista para acabar con mis fatídicas vacaciones llenas de problemas. Por suerte, las chicas no habían insistido en el tema de la noche anterior y se propusieron actuar con toda normalidad, sin embargo, Noah me echaba sus miradas de análisis, para lograr sacar alguna información de mis expresiones.

Recorrí la mirada por la vacía habitación, mientras me preguntaba dónde se habían metido aquellas chicas, pero sin obtener respuesta, revisé que nada me faltara. No había podido pegar un ojo en toda la noche, por más que lo intenté, terminé quedándome dormida en una silla que se encontraba en el balcón, con una sábana sobre mí.

-Ya estás -Noah acabó con el silencio, entrando de improviso a la habitación-. Genial, porque necesito hablar contigo.

-Si es sobre tu hermano, ya mismo te digo que no sucedió nada -mentí.

-Ya Nick me contó -se acercó, hasta quedar frente a mí-. Pero, típicamente, sólo contó su versión, ahora quisiera escuchar la tuya.

El silencio fue mi primera respuesta, mi objetivo no era que Noah estuviera en contra de su propio hermano. Lejos de toda nuestra amistad, ellos eran familia.

-Yo...

-Soy tu mejor amiga, Jess, no te juzgaré. Te conozco, y a mi hermano igual, nada de lo que me digas sobre él me sorprenderá.

Callé por momentos, pensando si decirlo era buena idea. Al principio me preocupaba que Noah me juzgara, que no me creyera, que dejara de ser mi amiga por eso. Pero, la realidad era muy diferente, sabía que ella no sería capaz de tales cosas, confiaba en Noah tanto como ella confiaba en mí.

Pero aún así temía; no a Noah, si no a la realidad. Mientras no las palabras no salieran de mi boca, no podía ser real. Eso era lo que me preocupaba, decirlo, aceptarlo y sentir el dolor de hacerlo.

Pero no podía seguir mirando a mi mejor amiga y no contarle lo que me quitaba el sueño, así que me decidí.

-Noah... -solo eso pude decir, antes de desmoronarme frente a ella.

Mi mente se nubló inmediatamente y una agonía de dolor apareció extrañamente sobre mis hombros, ayudando a que mis lágrimas se deslizaran por mis rojas mejillas.

La rubia no lo pensó dos veces, dió sus pasos con decisión y me enrolló entre sus delgados brazos. Recargando mi cabeza sobre su hombro, me permití desahogarme.

-Ni siquiera sé por qué me siento así, es decir, me duele, pero... Dios, es como si alguien muriera -confesé-. Es un idiota, no merece mis lágrimas.

-Lo sé, pero es normal que quieras llorar, debes hacerlo, no es sano quedarse con todo eso dentro de sí.

-Demonios, realmente me duele si desconfianza, y sé que estoy siendo muy cliché al llorar cual estúpida por esto, pero no puedo hacer otra cosa -me separé de ella-. No sabes las ganas que tengo de ir y romperle la cara, ¡pero no puedo hacerlo y odio eso!

-¡Claro que puedes! -me corrigió-. Pero solo vas a terminar con unos dañados nudillos, te aseguro que el que lo golpees o no tendrá resultados nulos en Nick.

-¿Y qué hago entonces? ¿Quedarme sentada llorando por su culpa?

-No -se acercó, tomando mis hombros-. Solo supéralo. Y, antes de que lo digas, lo sé, es totalmente monótona mi respuesta, pero, es la verdad. De alguna forma, mientras menos te duela, más le dolerá a él, pero más importante, tú estarás bien. Puedes ir, partirle la cara y volver a casa sintiendo que te desquitaste, pero seguirás con un dolor en el corazón, y así será hasta que te perdones y comiences a superarlo.

Jessica Haynes: Los Desastre De Una Adolescente. (Corrigiendo)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora