La adolescencia fue para mí como una liberación.
Una muy desastrosa.
Sentía estar atrapada en un círculo vicioso de la vida, en un juego sucio del destino, en barreras de dolor, de pretensiones, de problemas familiares. Una y otra vez. La gente a mi al rededor solía decir que aquellos eran los años de oro, que supiera aprovecharlos, que no perdiera ni un solo momento preguntándome por qué y que solo me atreviera: eso hice, me lancé, me atreví, no pensé mucho, de hecho, no pensé absolutamente nada, solo actué.
Todos esos consejos estaban perfectos, hasta que lo tomé muy literal y no usé mi razonamiento lógico para ninguna de mis decisiones. Claro estaba que mi filosofia sobre el aprendizaje no era el más común, no estaba basado en prevenir males, tampoco en abstenerme a hacer cosas por vivencias ajenas. Muy al contrario, yo no quería ver la vida por medio de los ojos del resto, no deseaba basar mis acciones en lo que opinaba el resto. No sería aquella chica que nunca probó el chili mexicano porque algún rumor en la escucha decía que un compañero fue hospitalizado luego de hacerlo, no dejaría de lanzarme en paracaídas porque había visto en las noticias que alguien murió haciéndolo.
Quería intentarlo, en caso tal, morir en el intento.
Evidentemente estos deseos poco pertinentes de mi parte estaban ligados estrictamente con mis problemas de crianza, con mis traumas familiares y la relación imprudente que mi padre había ejercido en mí, sin embargo, no podía culpar a mis externos; eso tampoco era mi estilo, me gustaba asumir con total aceptación mis errores y carencias sin incluir temas anexos a mí misma. En la vida había conocido un montón de personas que aprendieron de sus traumas, aquellos que llamaban resilientes, esos prodigios que creaban la cura para alguna enfermedad cada vez que un familiar moría, los que inventaban un lenguaje luego de que sufrieran de violencia de género, esos que ganaban las olimpiadas muy a pesar de casi morir en algún tiroteo, sin mencionar los escritores importantes que volvieron sus miedos, sus pesadillas y cada una de sus experiencias fatales, en obras de arte.
Yo no era de esas personas, nunca lo fui. Yo era parte de ese porcentaje que tomó su dolor y no lo soportó, que no quiso ser mejor, que decidió no aprender de lo malo que vivía, si no que vio como mejor salida pelearse con el mundo por no haberle dado lo que quiso alguna vez.
Fui un desastre, lo seguía siendo en parte a esas alturas todavía, sin embargo, había aprendido a gestionarlo de una forma distinta. Ya no era la adolescente rebelde, no podía serlo, debía seguir adelante y convertirme, al menos, en una adulta desastrosa. Cada vez que Zack miraba mis ojos, me cargaba de miedo, sentir que alguien conecta tanto contigo como para poder leerte y ver tu alma desde tus ojos, es algo hermoso, magnífico, fascinante, te preguntas cómo pudiste encontrarlo, de entre tantas personas en el mundo que buscan desesperadamente el amor de su vida, muchas otras que lo pierden, algunas que nunca logran encontrarla; yo estaba ahí, con él de la mano, enamorado de mí tanto como yo de él.
Sin embargo, esto también resultaba terriblemente aterrador.
¿Qué tal sí al final lo que yo era en realidad no es lo que él quería? ¿Y si al descubrir más cosas de mi pasado, dejaba de creer que era la mujer de su vida? Y más allá de ello, si no era sí, si no me juzgaba y seguía amándome, ¿qué pasaría si volvía a acontecer una mala jugada del destino? No podía soportar más cargas, más separaciones, más idas al hospital.
La realidad es que, cuando eres joven, puedes darte el lujo de fallar, de equivocarte, de ser un desastre. Puedes excusarte, porque honestamente, estás aprendiendo y el punto de equivocarte tanto en tu juventud, es estar preparado en tu adultez. Sin embargo, la verdad es que la vida es una constante de error y aprendizaje, evidentemente no meterás la pata del mismo modo, al menos que adrede no te intereses en aprender, pero muy a pesar de ello, te seguirás equivocando; la realidad es que nos da miedo hacerlo cuando ya no somos los niños o jóvenes rebeldes que solíamos ser, las miradas cuando haces algo mal no son las mismas, en especial, las que tú mismo te das al juzgarte una y otra vez.
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Jessica Haynes: Los Desastre De Una Adolescente. (Corrigiendo)
Fiksi Remaja¿Qué crees que pasa cuando cometes un pequeño error en tu instituto y te expulsan? No suena nada bien, ¿verdad? Te aseguro que es mucho peor de lo que suena. Mucho más cuando debes cambiarte de ciudad y vivir con tu hermano. Y sus amigos. Soy Jessic...
