Del amor al odio hay un paso. Del odio al amor, hay una aventura.
Hermione Granger y Severus Snape se enfrentan a los ocho años más significativos de sus vidas, los que a su vez cambiarán drásticamente el destino del mundo mágico.
Con el...
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ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO XXVII —
❝ A n a p n e o ❞
⚡
El gimoteo del semigigante le estaba poniendo nervioso. Tan nervioso que, pese a sus intentos por intentar calmar sus fuegos interiores, no era capaz de contener aquella ira que empezaba a apoderarse de su persona.
—¿Es posible que dejes de sollozar de una maldita vez, Hagrid? —espetó el profesor de Pociones, apretándose con hastío el puente de su nariz—. Parece mentira que un hombre de tu estatura se comporte como un condenado elfo doméstico.
Lejos de otorgarle el silencio que Snape tanto buscaba para poder esclarecer interiormente sus ideas, el guardabosques continuó lloriqueando sin cesar, sonándose la nariz con un alargado mantel que él usaba como pañuelo.
—Sé más comprensible con él, Severus —escuchó la pausada voz de la subdirectora dirigirse a su persona, mientras la mujer se acercaba a Hagrid e intentaba darle unas palmaditas en el hombro, poniéndose de puntillas—. ¿Acaso tú no estás preocupado por los chicos?
Snape se limitó a soltar un gruñido por debajo de la nariz. No estaba dispuesto a compartir con McGonagall sus más profundos temores... suficiente resultaba para él aceptarlos, cosa de la que muchas veces no era capaz. Aquella, precisamente, parecía una de esas muchas ocasiones.
—Yo... yo fui quien les desveló el nombre de Flamel... —el lamento de Hagrid logró devolverle a la tediosa realidad—. A partir de ese momento, ellos empezaron a investigar, y... es todo culpa mía, Minerva.
La subdirectora intentó sostener las grandes manos del semigigante con las suyas, contemplándole con benevolencia.
—Oh, vamos —exclamó ella—. No seas tan duro contigo mismo.
Hagrid volvió a sonarse la nariz, mientras una poderosa lágrima descendía de sus ojos negros y se perdía entre la frondosidad de su tupida barba.
—El director me destituirá de mi cargo después de esto, ¿no es así?
McGonagall negó fervientemente con la cabeza aquella teoría tan absurda.
—Claro que no, Rubeus. Un error puede cometerlo cualquiera.
—Tan disparatado, lo dudo mucho... —se escuchó la voz de Snape en la lejanía, a medida que éste merodeaba por la sala.
—¡Severus! —le reprendió McGonagall en aquel tono tan autoritario.
El profesor de Pociones se limitó a fruncir el ceño con su habitual desagrado.
—¿Qué? ¿Pretendes condecorarle con la medalla de la humildad? —contraatacó Snape, apretando los puños bajo el anonimato que le brindaba su capa azabache—. ¡Premiemos los errores con impunidad! Solo falta que se presente el Señor de la Muerte a reclamar su insignia de la paz.