Del amor al odio hay un paso. Del odio al amor, hay una aventura.
Hermione Granger y Severus Snape se enfrentan a los ocho años más significativos de sus vidas, los que a su vez cambiarán drásticamente el destino del mundo mágico.
Con el...
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ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO LXV —
❝ O r c h i d e o u s ❞
⚡
Las medidas de seguridad que se habían impuesto a los alumnos después de la segunda intrusión de Black impedían que Harry, Ron, Susan y Hermione visitaran a Hagrid por las tardes. La única posibilidad que les quedaba para hablar con él eran las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Al final de la lección de aquella tarde, el semigigante los llamó para que, siguiendo con el protocolo, concluyeran junto a él la larga fila de alumnos mientras retornaban al castillo y pudieran conversar: el juicio se había celebrado y parecía conmocionado por el veredicto.
—¿Cómo ha ido? —ansió saber Hermione, esperanzada ante la posibilidad de que hubieran dado fruto sus esfuerzos.
—Pues... primero, los miembros del comité hablaron por turnos, explicando los motivos. Después me tocó a mí: intenté razonar por qué Buckbeak es un buen hipogrifo, que se limpia las plumas —aseguró él con la voz entrecortada, a medida que subían las escaleras de piedra que conducían al puente cubierto—. Y luego, intervino Lucius Malfoy. Ya os lo podéis imaginar. Dijo que Buckbeak es una criatura peligrosa y letal que podría matar con sólo mirarte.
—¡Ese maldito canalla! —suspiró Susan, cruzándose de brazos y acentuando el sonido de sus pasos.
—¿Y qué ocurrió después? —inquirió Harry.
—Después, se propuso lo peor...
—¡No irán a despedirte! —temió Ron.
—No... no es eso... —gimoteó él, aguantándose las lágrimas—. Buckbeak ha sido condenado a muerte.
Los cuatro muchachos, deteniéndose a su vez, soltaron un suspiro que dio paso a un torrente de emociones encontradas: la tristeza y la rabia se les mezclaron en el estómago como un cóctel explosivo.
—Estaban todos allí con sus togas negras, y a mí se me caían continuamente las notas y se me olvidaron todas las fechas que me habías buscado, Hermione —prosiguió Hagrid, secándose las mejillas con la manga de su camisa al habérsele inundado irremediablemente los ojos—. ¡Todo fue culpa mía! Me quedé petrificado.
Hermione tomó una de las manos del semigigante entre las suyas, que apenas abarcaron la mitad de la gran extremidad.
—¡Todavía podemos apelar! —intentó consolarlo con algo más de entusiasmo—. No tires la toalla. Estamos trabajando en ello.
—No sé si será posible —le dijo Hagrid con tristeza—. Sólo me aseguraré de que el tiempo que le queda a Buckbeak sea el más feliz de su vida. Se lo debo...