Del amor al odio hay un paso. Del odio al amor, hay una aventura.
Hermione Granger y Severus Snape se enfrentan a los ocho años más significativos de sus vidas, los que a su vez cambiarán drásticamente el destino del mundo mágico.
Con el...
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ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO XLI —
❝ S t i n g o ❞
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Pocas cosas podían llegar a producir una satisfacción semejante en el malencarado profesor de Pociones como lo hacía el fastidiar al alumnado sin ningún tipo de escrúpulo por su parte. Era demasiado gratificante ver el terror dibujado en los ojos de aquellos bobos a los que les dedicaba injurias incesantes y a los que arrebataba puntos sin ton ni son como para privarse de ello, solo por mero entretenimiento personal.
Las noches se habían tornado tediosas y aburridas desde hacía años, tantos que apenas podía recordar cuánto hacía que las sufría: el insomnio había llegado a convertirse en uno de los peores oponentes en la vida de Severus Snape, pues en contadas ocasiones lograba ganarle la batalla.
Aquella noche fue precisamente una de las tantas en las que el hombre se decidió por aprovechar su desvelo insistente para dedicarse al pasatiempo que tanto le gustaba, deambulando por los pasillos dormidos en busca de aquellos que se hubieran atrevido a dejarse encontrar por él y su furia implacable.
Sin embargo, a medida que avanzaba por la más absoluta oscuridad, desplazándose tan silenciosamente que parecía que flotaba sobre el suelo, solo había tenido oportunidad de intercambiar un par de improperios con Peeves y proferir una concienzuda reprimenda al retrato de Sir Cadogan por encontrarse batallando contra Merwyn el Malicioso a altas horas de la noche. Parecía que en aquella ocasión, muy a su pesar, los alumnos habían decidido obedecer al toque de queda.
Snape, una vez hubo revisado hasta el más recóndito rincón del séptimo piso, el último que le quedaba por inspeccionar, decidió retirarse a las mazmorras después de su fracaso, sintiéndose indignado consigo mismo. ¿Desde cuando se recogía Severus Snape en sus aposentos sin haber restado ni un solo punto a los águilas, a los tejones o a los leones?
Fue precisamente cuando se encontraba cruzando el vestíbulo de la planta baja en dirección a las mazmorras, refunfuñando para sí mismo en voz baja, cuando lo que parecía ser un sollozo lejano le colmó de curiosidad, distrayéndole de su fastidio interno: después de todo, resultaba que no se encontraba solo merodeando por el castillo.
A paso firme pero manteniendo su característico sigilo, el profesor siguió aquel gimoteo a través de los pasillos de la planta baja, que parecían estar conduciéndole hacia el aula de Transformaciones.
Todas las teorías que pudo haber creado su retorcida imaginación quedaron opacadas por la cruda realidad, justo cuando giró a la derecha, siguiendo el pasillo: frente a él, una figura femenina restaba arrodillada, de espaldas a su persona, sollozando sin cesar ante lo que parecía ser un cuerpo inerte, tendido sobre el suelo de piedra.
—¿Charity? —exclamó la voz profunda de Snape, habiendo reconocido con facilidad aquellos cabellos rubios y ligeramente encrespados que la profesora solía lucir, acercándose a ella con lentitud.