Del amor al odio hay un paso. Del odio al amor, hay una aventura.
Hermione Granger y Severus Snape se enfrentan a los ocho años más significativos de sus vidas, los que a su vez cambiarán drásticamente el destino del mundo mágico.
Con el...
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ARESTO MOMENTUM
— CAPÍTULO VII —
❝ I n c a r c e r o u s ❞
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Entre las voluptuosas paredes de piedra que encerraban el baño de las chicas, el simple sonido de una gota de agua que caía sobre uno de los lavamanos rompía el silencio desolador que se cernía sobre el espacio. Sin embargo, el baño no estaba desierto: Hermione, encerrada en uno de los lavabos, restaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared de madera, abrazándose las rodillas con los ojos cerrados.
Después de haber pasado horas siendo víctima de sus propias emociones, creyó haberse quedado sin lágrimas. Los ojos y la garganta le dolían una barbaridad y se sentía fatigada.
No podía dejar de pensar en el mes de curso que llevaba, creyendo que las cosas sólo podían ir de mal en peor. La emoción que la había embriagado desde que había subido al Expreso de Hogwarts se había ido esfumando durante las últimas semanas, en las que llevaba un cúmulo de decepciones difíciles de gestionar.
Siempre recordaría la afrenta con Snape como su primer golpe. Ya no era algo que le doliese de la forma en la que lo había llegado a hacer: empezaba a comprender que el carácter de su profesor no era compatible con nadie, y que sus toques de atención sólo tendrían la importancia que ella misma quisiera darles. Comprendía que así había sido siempre, según Cedric le había contado, por lo que poco a poco estaba aprendiendo a tolerarle.
La batalla que Draco había tomado contra Harry tampoco la dejaba tranquila. Podía contar con los dedos de la mano las clases que compartían con los de Slytherin, pero era incapaz de hacerlo con respecto a las veces que había temido el encuentro entre ambas casas. Existía una rivalidad que ni comprendía ni compartía, pero que sí sufría en propias carnes.
Sin embargo, el comentario que Ron había dejado caer sobre ella era lo que peor llevaba. Su mofa la hizo dudar por completo del vínculo que sintió haber forjado con él y con Harry, dado que su compañía había espantado sus miedos y la había evadido de sus preocupaciones en más de una ocasión. Jamás había experimentado la sensación de recibir una patada en el estómago, pero pensó que lo que sentía se encontraba muy cerca de serlo.
Después de lo ocurrido, se había visto incapaz de asistir a la cena. Tampoco tenía un hambre que saciar. Sencillamente no estaba preparada para afrontar tantos problemas a la vez.
Desconocía cuántas horas habría pasado encerrada en el baño de las chicas. Lo único que sabía era que aún era de día cuando entró, y que la noche se había hecho presente desde hacía mucho. No sabía si ya habría llegado la hora de la cena, si el banquete se habría celebrado o si todo el mundo estaría ya dormido. No quería que nadie la viera en aquel estado, pero sabía que, habiendo llorado todo lo que las lágrimas le habían permitido, ya era hora de salir de su escondite. Se dirigiría a la sala común, atravesaría el espacio como una flecha y se refugiaría en su catre, cubierta por las cobijas y su propia soledad sin hablar con nadie en absoluto.