Capítulo LXIV - Waddiwasi

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ARESTO MOMENTUM

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ARESTO MOMENTUM

— CAPÍTULO LXIV —

W a d d i w a s i ❞

Una vuelta. Otra. Una tercera que le evidenciaba que había perdido la cuenta de ello hacía horas, celebrado por un chasquido con la lengua que adornó el silencio desolador la habitación que lo encerraba en su agonía.

Aún atrapado en la más absoluta oscuridad, Snape irguió la espalda y quedó sentado sobre la cama, sintiendo como el sudor frío le recorría la frente. Exhaló el aire a través de la boca de forma impetuosa, en un intento por oír su respiración: estaba harto de escucharse a sí mismo dando vueltas en un bucle interminablemente doloroso.

Sin pensarlo demasiado, retiró las sábanas a un lado de un gesto brusco y apoyó ambos pies desnudos sobre la piedra fría, intentando habituarse. Comprobó a través del elegante ventanal que tenía bajo hechizo cómo la oscuridad de la noche se cernía sobre él, y suspiró con pesadez al comprender que apenas habían transcurrido unas pocas horas desde que se había encerrado en su habitación, víctima de sus propios demonios.

No perdió más de un minuto en vestirse con su indumentaria habitual, ni medio en abandonar sus aposentos. En menos de lo que se esperaba se encontró vagando por los corredores de las mazmorras como un alma en pena, sin saber muy bien a dónde se dirigía ni con qué propósito: sólo deseaba distraerse para lograr pensar en otra cosa que no fuera la maldita conversación que había presenciado aquella mañana... pero era incapaz de hacerlo.

Se formó un singular estruendo en cuanto decidió pegarle una patada con toda su rabia a una de las armaduras que decoraban el pasillo por el que cruzaba, que ni por asomo logró llegar a pesar más que el propio ruido de sus pensamientos obsesivos. ¡Lupin y Hermione! ¿Cómo había podido ser tan necio de no darse cuenta antes de lo que sucedía frente a sus mismísimas narices?

—¡Oye! —gritó una vocecilla conocida a sus espaldas—. ¡Soy yo el que patea las armaduras en este castillo!

Al girar sobre sus talones, Snape descubrió a Peeves, que levitaba con las piernas cruzadas y el yelmo de la armadura puesto, haciéndolo sonar al sacudir graciosamente la cabeza de un lado a otro. Agarrando con firmeza su varita, la alzó en su dirección y la blandió con furia.

—¡Waddiwasi!

La visera del yelmo, que estando abierta mostraba perfectamente la expresión granuja del poltergeist, se cerró súbitamente de un golpe seco. Ante el hecho, Peeves zumbó de un lado a otro del corredor mientras se acompañaba de sus propios lamentos en un terrible teatro, y Snape volvió a emprender su paso en contradirección, oyendo los ecos de su voz tras de sí.

—¿Qué culpa tendrá el pobre Peeves para que siniestro le trate tan mal?

A pesar de que era plenamente consciente que para el granuja no resultaba más que un divertido juego, el profesor se sintió afectado por sus palabras, encontrando un poderoso sentido en ellas. Había un verdadero culpable en todo aquel asunto. Alguien que merecía sufrir las consecuencias por sus actos, que debía pagar por aquello.

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