Aquella mañana me desperté animada. Entonces sí, entonces sí que iba a enterarme de qué era exactamente lo que estaba esperando. A no ser que volviera a tener vergüenza para saludar. Si es así, me rendiría.
Sólo te quedan 4 meses para esconderte, bichillo; murmuré al espejo mientras terminaba de prepararme.
Era viernes, lo que significaba que quedaban 6 días exactos para la boda. Sentía los nervios en flor de piel, y me habría mordido las uñas si no fuera porque los estilistas que Nate contrató me hubieran matado si llego a hacerlo.
Pero estaba nerviosa. Seguía sin estar segura de si estaba haciendo lo correcto. Todo había pasado muy rápido.
Puse una mano sobre mi vientre y suspiré. Seguramente, si no me hubiera quedado embarazada no nos habríamos casado todavía y yo no sentiría ese nudo en la garganta que apenas me permitía respirar. Me mordí el labio. ¿Y si me agobiaba y salía corriendo después de que naciera el bebé?
Eso no va a pasar, no eres tan cobarde.
Pero, ¿y si lo era?
Cerré los ojos y negué con la cabeza antes de mojarme la cara. No tenía ganas de maquillarme, así que salí del baño directamente con la cara lavada.
Volví a la habitación y me encontré con Nate, que estaba terminando de anudarse la corbata azul cielo alrededor del cuello. Me sonrió.
Como era natural desde hacía un tiempo habíamos empezado a dormir juntos como costumbre, aunque en ocasiones yo volvía a dormir en mi cama... Pero eso solo pasaba cuando me sentía demasiado agobiada.
Y últimamente había pasado demasiado seguido.
Me excusé diciendo que con el embarazo me sentía más cómoda durmiendo sola, pero era mentira. Saber que a partir de la semana siguiente, dormiría todas y cada una de las noches a su lado hacía que me sintiera atada. Pero era lo normal en un matrimonio, ¿no? Debíamos compartir la cama.
— Como no descubramos hoy el sexo del bebé voy a empezar a creer que se parece más a ti.
— ¿A qué te refieres con eso? — Pregunté confundida.
— Ya sabes, que solo le gusta incordiar — Abrí mucho la boca, fingiendo estar ofendida y le di un golpe en el pecho. Se masajeó la zona golpeada y soltó una risita —. Es broma, amor.
— Trágate el amor.
— Oh, vamos. ¿Te has enfadado?
— No, pero sabes que decirme cosas "bonitas" –hice las comillas con los dedos para darle más énfasis a lo que estaba diciendo– después de molestarme sólo consigue empeorarlo más.
— Estás muy susceptible últimamente, pajarito — Murmuró con el ceño fruncido mientras se ponía la americana —. ¿Seguro que estás bien?
Se pasó desde el día de la prueba final del vestido preguntándomelo, y la respuesta siempre era la misma:
— Seguro.
Pero no estaba para nada segura. ¿Esto iba a ser así siempre? ¿La sensación de tener un nudo en la garganta y querer golpearle cada vez que abría la boca iba a permanecer eternamente?
Me obligué a acercarme a él y le di un casto y, sobre todo frío, beso en los labios.
Fuera lo que fuese lo que pasara por mi cabeza tenía que acabar ya.
Nate seguía teniendo el ceño fundido, pero no dijo nada más durante el camino al ginecólogo. Estuvimos esperando una media hora a que la consulta se quedara vacía. Habíamos pedido la última hora de la mañana, porque lo de madrugar no era lo mío.
Otra cosa de la que no estaba muy convencida de ser madre era el tener que levantarme de la cama cada vez que se despertara.
Vanessa, la has liado. ¿Tan difícil era usar protección?
Quizá no, pero era mucho menos satisfactorio. Y yo, como buena adolescente hormonada, solo me dedicaba a pensar con la entrepierna cada vez que Nate me ponía una mano encima.
Para que luego digan que los tíos son los únicos que no piensan en la cabeza. En ese aspecto, siempre había sido peor que todos ellos.
Pero todo aquello no significaba que estuviera arrepentida... Solo tenía miedo.
Yo nunca tengo miedo.
¿Cuántas veces habré repetido esa frase y cuántas de ellas habrá sido verdad? Nadie lo sabía. Ni siquiera yo.
Claro que tenía miedo. Melisa me dijo que el miedo era bueno, pero no sentía que fuera bueno. Para nada.
Más bien al contrario. El miedo me bloqueaba. Y a partir de ese momento todo iba de mal en peor.
Cuando entramos en la consulta, no estaba Alice, mi médica habitual, sino que su lugar lo ocupaba un, por lo que pude deducir, médico aprendiz.
Qué bien.
No es que tuviera nada en contra, pero era bastante mas cómodo que tu ginecólogo fuera una mujer. Al menos no tendría que desnudarme de cintura para abajo, cosa que se agradecía.
El médico me pidió que me quitara la camiseta y me tumbara en la camilla mientras preparaba todo lo necesario para la ecografía. Y yo, como la niña buena que soy – ja –, le hice caso.
—Bien... —murmuró mientras me examinaba. Me mordí el labio mientras miraba la pantalla. Ha llegado el momento —. Es una niña.
* * *
Salí de la consulta emocionada y empecé a dar vueltas en la calle, como lo hice en la playa el día de San Valentín cuando empezó a llover. Era una niña; una mini Van. Me mordí el labio para evitar reír y miré a Nate que me miraba entre feliz, divertido y preocupado.
— ¡Eh, ten cuidado! — Me rodeó con los brazos y me besó la nariz para después darme un ligero beso en los labios. Beso que devolví haciendo que se intensificara.
— Es que estoy feliz... ¡Vamos a tener una niña! — Nate rió y escondió la cabeza en el hueco de mi cuello. Y por primera vez en días volví a sentirme a gusto a tenerle tan cerca de mí. Le atraje más a mí, simplemente por el placer de abrazarle y cerré los ojos —. Te quiero, Nate.
Nate inspiró contra mi cuello y su aliento me hizo cosquillas. Me dio un pequeño beso y susurró:
— Y yo a ti, pajarito.
En ese momento me di cuenta de que hacía tiempo que tenía elegido el nombre de nuestra hija, pero que no se lo diría a nadie hasta tenerla entre mis brazos el día del parto.
Y también de que estaba segura que a Nate le iba a gustar.
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Love (Lies #2)
RandomContinuación de Lies. Historia y portada originales. Registrada en Safe Creative, por lo que no se permite la copia total o parcial de la obra.
