Jueves. 21 de agosto. 03.45 a.m.
Quedaban menos de diez horas para mi boda. Se suponía que yo tenía que estar haciendo una de estas dos cosas: o dormir, o estar de despedida de soltera.
Sin embargo me encontraba dando vueltas por la habitación pensando. Pensando en si aun me daba tiempo de coger un vuelo a la otra punta del mundo. Pensando en lo que supondría esto para el resto de mi vida. Suspiré.
Vanessa, debes relajarte.
¿Relajarme? ¿Es que sólo yo veía que esto era una maldita locura?
Me pasé las manos por la cara y por el pelo repetidas veces y me senté en el borde de la cama. Puse los codos en mis rodillas y escondí la cara entre las manos.
No podía irme ahora. Todo el mundo estaba esperando algo de mí.
Quizá era eso lo que realmente me daba miedo. No estoy a la altura.
Pero se supone que Nate me quiere así...
Miré a la pared. Nate estaría descansando plácidamente al otro lado del tabique mientras yo me planteaba si dejarle tirado o no.
No, no podía irme. Yo quería a Nate.
08.59 a.m.
Apenas había dormido en toda la noche y tenía unas ojeras que me llegaban hasta la barbilla; nada que el maquillaje no pudiera arreglar. Pero las dudas seguían ahí, rondándome la maldita cabeza.
El maquillador que Nate contrató dio un grito ahogado nada más verme.
— ¿Pero qué has hecho, nena? — Vale, quizá estaba un poco más espantosa de lo que había comentado.
— No he... dormido muy... bien — Me mordí el labio y miré al suelo.
— ¡Hay qué mona, está nerviosa! — Asentí.
Exacto, sólo eso, eran nervios. Todo saldrá bien. Seré feliz con Nate.
12.35 p.m.
Cincuenta y cinco minutos de agonía. Llevaba ya veinte minutos vestida y estaban terminando de hacerme el recogido.
Era es segundo bote de laca que utilizaban para que no se me deshiciera el moño. Pobre capa de ozono. Miré al frente y forcé una sonrisa cuando me vi reflejada en el espejo.
No estaba mal; nada mal. Pero fallaba algo...
Me miré en un espejo de cuerpo entero y me acaricié el vientre. La niña, de la que nadie sabía el nombre todavía excepto yo, estaba tan inquieta como una servidora. ¿Notaría mis nervios? Supuse que sí y sabía que eso no era nada bueno para el embarazo.
Pedí un vaso de agua y casi tiro más de la mitad del contenido. Me temblaba muchísimo el pulso, era un desastre. Respiré profundamente y me obligué a relajarme.
— ¿Quieres una tila? — Preguntó la peluquera.
— Por favor.
Miré el reloj una vez más. El tiempo pasaba demasiado rápido y ya eran más de la una de la tarde. Quedaba media hora para la boda y tendríamos que empezar a salir ya hacia la iglesia.
Dave, ven ya.
Dave no podía ser el padrino de mi boda porque Nate se lo había ofrecido a su amigo James, al cual, por cierto, no había vuelto a ver desde que nos cortó el rollo en el despacho.
Aunque bueno... Eso era algo que prefería olvidar.
Pero de lo que sí estaba segura era de que sería el padrino de mi hija. Se lo merecía.
Me tomé la tila de un trago y no sirvió para nada; conforme se acercaba la hora más nerviosa estaba y no sabía si tenía que ver por que el tiempo iba demasiado deprisa y yo no quería, o porque Dave no había llegado todavía.
— ¡Ya estoy aquí, ya estoy aquí! — Murmuró Dave jadeando ya que había venido corriendo — ¡Vaya, estás preciosa!
— Gracias... — Aparté la mirada, incómoda.
— ¿Nerviosa?
— ¿Tanto se nota?
— No te he visto temblar así en la vida... Pareces un vibrador — Se burló.
— Muy gracioso... — Gruñí.
— Ahora en serio, Van, ¿estás segura de esto?
No.
Miré el reloj. Diecinueve minutos para la una y media.
Tenía que hacerlo.
— Estoy segura. Vámonos.
13.28. p.m.
Me habían dado la señal hace tres minutos. La música empezó a sonar y todos se levantaron. Tenía que entrar. Cerré los ojos una última vez y entré.
James se puso a mi lado y me tendió el brazo. Yo lo acepté un poco a regañadientes. El paseo hacia el altar parecía eterno. Nate me esperaba sonriente al final del pasillo.
Increíble. Había variado de colores. ¡Iba de blanco! -bueno, quizá no era blanco, sino un color crudo, pero el efecto era el mismo-, y llevaba la corbata roja. Estaba... raro. Pero increíblemente guapo.
— Estás radiante, pajarito — Me tendió la mano, me acercó a él y me dio un beso en la mejilla. Yo sonreí avergonzada. ¿Por qué me afectaba tanto lo que pensara de mí?
— Tú también estás muy guapo — Susurré.
— ¿En serio? ¿Te gusta el crudo? — Preguntó refiriéndose a su traje.
— Me encanta.
El cura empezó con el sermón. Ni siquiera le presté mucha atención, me dediqué a observar a Nate con detenimiento. Era guapo, sus increíbles ojos azules me enamoraron desde el primer momento aunque no lo quisiera aceptar, y aunque nuestra relación no había empezado con gran pie, siempre se había preocupado por mí.
— Y tú, Vanessa Brooks, ¿aceptas a Nathaniel Nichols como esposo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separé?
¿Qué? ¿Ya habíamos llegado hasta aquí? ¿Nate había dicho que sí? Le miré a los ojos. Estaba nervioso, casi tanto como yo, y había cerrado los puños porque le temblaba el pulso, igual que a mí.
Vamos, Van, ha llegado el momento.
Nate alzó las cejas porque estaba tardando en responder. Cogí aire. Había tomado una decisión.
Abrí la boca para responder, pero en su lugar, grité. Grité como si me fuera la vida en ello. Algo iba mal, realmente mal.
— ¿Qué? ¿Qué ocurre? — Nate me cogió la cara entre las manos — Vanessa, ¿¡qué pasa!?
Grité una vez más. Los ojos de Nate me miraban con gran preocupación y yo tenía miedo. Mucho miedo.
— Nate, el bebé... — Sollocé — Ayúdame.
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Love (Lies #2)
RandomContinuación de Lies. Historia y portada originales. Registrada en Safe Creative, por lo que no se permite la copia total o parcial de la obra.
