Vanessa.
Cuando Nate me pidió que le preguntara a Dave si Birdy podía pasar la noche en su casa me extrañé, pero no renegué. Había pasado ¿cuánto?, ¿diez años desde la última noche que pasamos realmente solos? Y lo cierto era que no veía el momento de volver a tener algo de intimidad con mi marido.
— Por fin — Gimió Nate abrazándome por la espalda cuando llegó del trabajo. Me dio un beso debajo de la oreja y soltó una risita cuando yo me estremecí.
Nate seguía teniendo en mí el mismo efecto — o incluso más — que había tenido dieciséis años antes y cuando me ponía las manos encima yo no era capaz de pensar con claridad.
— ¿Qué pretendes, Nichols?
— ¿Yo? — Apretó más su cuerpo contra el mío y puso la barbilla en mi coronilla — Nada.
Me sentía estúpida; todavía podía hacerme temblar como si fuera una maldita adolescente. Y lo cierto es que a su lado nunca había dejado de sentirme como tal. Él me molestaba y yo seguía teniendo reacciones de cría.
Los mismos comportamientos que intentas que no tenga Birdy.
— Te quiero, pajarito — Esbocé una ligera sonrisa al oírlo y no sentirme incómoda con ello —. Y estoy deseoso de verte con lo que hay sobre nuestra cama puesto — Le miré.
— ¿Has vuelto a comprarme un vestido? — Nate me guiñó un ojo y yo puse los míos en blanco.
— Sabes que me encanta que lleves vestido — Sonrió lascivo.
Sí, había aprendido que siempre que llevaba vestido, terminaba con sus manos en mis piernas — y en otros sitios — y que por eso siempre quería que llevara falda cada vez que salíamos.
Lo que hizo que me diera cuenta de algo.
— ¿A dónde vamos? — Pregunté emocionada.
— Ya lo verás, pequeña — Me dio un cachete en el culo y yo le miré entrecerrando los ojos — A cambiar.
Le saqué la lengua y desaparecí de su vista antes de que pudiera alcanzarme.
Cuando llegué a la habitación solté un grito de satisfacción. Sobre la cama estaba el vestido del que me había enamorado hacía un par de semanas. Tenía que admitir que aunque seguía, sin duda, prefiriendo ponerme vaqueros, me había empezado a gustar eso de llevar vestido. E incluso ahora era yo quien los buscaba cuando salía a comprar.
Si me viera mi yo de dieciocho años se reiría en mi cara y me llamaría ridícula. Y tendría razón. Era ridículo lo mucho que había cambiado en estos años, pero no me arrepentía de nada; ni de lo que hice entonces ni de lo que hacía en ese momento. ¿Cómo habría sido Vanessa Brooks si Nate no hubiera aparecido en su vida? ¿Sería Birdy igual que yo lo era a su edad? Sinceramente, esperaba que no.
Aunque parte de mí sabía que era así o incluso peor.
Malditas hormonas, cuánto daño hacéis.
Me di una ducha rápida y me enfundé el sencillo vestido morado. Me miré en el espejo y sonreí pensando en aquellos días en los que creí que no volvería a gustarme mi reflejo. Aunque era cierto que los primeros años no lo hacía y había llegado a arrepentirme de haber tenido a Birdy. Pero luego la veía y parecía... parecía tan feliz, tan ajena al sufrimiento que yo tenía carcomiendo mis entrañas que no pude evitar querer comérmela a besos.
Y Nate... Oh dios, a Nate se le caía la baba con su pequeña. Él se encargó de cuidarla los primeros años al darse cuenta de que yo me sentía sin fuerzas, e incluso ahora sabía cuando debía quitarla de mi vista antes de que hiciera algo de lo que pudiera arrepentirme. Sabía que la decisión de estar solos en parte también tenía que ver con que Birdy últimamente estaba insoportable y mi paciencia estaba llegando a su límite.
Unos suaves golpes en la puerta alejaron mis pensamientos. Nate me miraba desde el quicio de esta con una gran sonrisa en la cara. Se acercó a mí despacio y me rodeó la cintura con los brazos sin quitarle la vista a mi — nuestro — reflejo.
— ¿Cómo lo haces?
— ¿El qué?
— Ser más bonita cada día que pasa — Solté una risita.
— ¿Sabes? Tú eres más moñas cada día que pasa.
— ¿Y qué? Sabes que te gusta — Me guiñó un ojo y yo no repliqué, en el fondo tenía razón. Mi yo de dieciocho años también se habría reído de mí por eso —. ¿Te falta mucho?
Dejé la máscara de pestañas sobre el tocador y sonreí.
— Lista.
* * *
Durante la cena Nate me comentó como iban los trámites de dirección de su empresa. Su padre murió hacía un par de años y lo cierto es que no sentí ningún tipo de pena al enterarme. Había dedicado los últimos años de su vida a hacer imposible la mía; provocando graves discusiones entre Nate y yo. Incluso llegó a negar públicamente ser el abuelo de Birdy y eso si que no pude perdonárselo. Podía decir y pensar de mí lo que quisiera, pero mi hija... Mi hija era intocable.
Nate me cogió la mano cuando nos trajeron los postres y yo sonreí. Era realmente feliz en esos instantes y me había dado cuenta hace años de que casarme con él — por obligación o no — fue una de las mejores decisiones que había tomado en mi vida.
— Te quiero, Nate — Sus ojos se abrieron ligeramente por la sorpresa.
— ¿Y eso? — Me encogí de hombros.
— No es algo que suela decir muy a menudo.
— No estarás embarazada otra vez, ¿no, pequeña?
— ¡No, dios, no! — me estremecí. No era como si el hecho de darle un hermanito a Birdy no me hiciera ilusión, pero un nuevo embarazo, las hormonas, otro parto... No, definitivamente no.
— Van, era una broma — Su pulgar hacía movimientos circulares en la palma de mi mano y sonrió ampliamente cuando llegó el camarero con la cuenta — ¿Por qué no la miras tú?
¿Qué?
Nate asintió con la cabeza cuando puse una mano sobre la carpetita de la cuenta.
Mi boca se abrió de par en par cuando miré lo que había dentro.
Dos billetes de avión a Las Vegas.
— No tienen fecha de vuelta — Le miré, todavía incapaz de decir nada — Pensé que nos vendría bien un respiro. Nos vamos mañana por la noche y volvemos cuando tú quieras, pequeña.
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Love (Lies #2)
RandomContinuación de Lies. Historia y portada originales. Registrada en Safe Creative, por lo que no se permite la copia total o parcial de la obra.
