Todos son iguales
Mia se alejó del apartamento de Michael en la dirección opuesta a la que él había cogido. No tenía nada que hacer sola en Nueva York, de modo que andaba un poco sin rumbo. Entró en una estación de metro y se sentó en el andén, sin esperar a ningún tren en concreto. Habría hecho turismo, pero por una parte, Mia conocía ya casi a la perfección la ciudad (lo cual era normal, pues había vivido allí muchos años), y por otra, tampoco sentía demasiado interés por ningún punto en concreto del área metropolitana.
Mia estuvo en el andén sola durante un rato, mirando los distintos trenes que pasaban ante sus ojos. En sus pantallas figuraban sus destinos, que eran lugares tan icónicos como The Bronx, al otro lado del río Harlem, el puente de Brooklyn, Central Park... Lugares a los que toda persona que hiciera turismo por la ciudad debía ir. Sin embargo, ninguno impresionó demasiado a Mia. Hasta que un tren que iba prácticamente vacío que se dirigía a Broadway paró en la estación. Mia se levantó y entró. Tomó asiento y miró el ambiente de la estación por la ventana. Una estación totalmente desierta a pesar de tratarse de pleno centro de Manhattan.
– No entiendo por qué odio esta ciudad. Sí, representa el constante recuerdo de que cometí errores, pero en esencia Nueva York nunca me hizo nada. Todo me lo hice a mí misma. Y no me odio a mí misma por ello. ¿A esto me he reducido? ¿Tan bajo he caído? ¿De verdad he llegado a este punto? ¿Realmente no tengo ni siquiera el orgullo suficiente como para aceptar mis propios fallos? ¿Necesito culpar a una ciudad? Me estoy dando cuenta de que me he estado comportando como una imbécil. Lauren no miente cuando dice que la humanidad es tan egocéntrica que sólo piensa en sí misma. Pero no terminó la frase. Debería haber dicho que la humanidad sólo piensa en sí misma, pero sólo en positivo. No hay prácticamente nadie que sea capaz de tener huevos y admitir que estaba equivocado. Siguiendo la misma premisa que yo estaba siguiendo, se debe culpar a Alemania por las masacres de la Segunda Guerra Mundial y no a los nazis. Así es cómo empieza la discriminación. Diciendo que todos son iguales.
El tren se puso en marcha y Mia no dejó en ningún momento de mirar por la ventana. Los túneles oscuros carecían de un escenario que mereciera la atención de alguna persona, pero Mia los miraba igualmente. Al fin y al cabo, apenas nadie iba a Broadway en metro un día de entre semana a las ocho de la mañana. Cuando el tren salió del túnel, Mia observó con atención el paisaje que se extendía ante ella. Era un paisaje casi de muerte y absoluta desolación. Nada que hubiera creado la naturaleza se podía vislumbrar desde aquella ventanilla. Ni un árbol, ni una planta, ni un animal exceptuando a las pocas personas que salían a la calle. Todo cuanto podía verse eran edificios y automóviles aparcados. Igualmente, no dejaban de ser edificios que en su mayoría representaban grandes logros arquitectónicos, pero igualmente era una imagen gris casi en su totalidad. Al mirar al cielo sólo se veía más de lo mismo; tonos grisáceos perpetuos. Inmóviles y fríos como el acero, como si todo se tratase de meras máquinas creadas para dar un aspecto concreto. La ciudad apenas presentaba movimiento en las calles. A aquellas horas, la mayoría de la gente posiblemente estaría desayunando, quienes entraran a trabajar a las nueve, o en el metro dirigiéndose al Business District para entrar al trabajo, quienes entraran a las ocho y media. Pero, de un modo u otro, no había nadie en la calle. Tal vez alguien que entrase a trabajar a las nueve menos cuarto estaría saliendo de su casa para tomar el metro. O quizás incluso las personas que entraran a las nueve estaban ya en el metro. Mia nunca pensaba en que Nueva York era mucho más grande que Sydney.
Mia apartó la vista de la ventana y sacó su teléfono móvil. Las ocho y 37. Suspiró sordamente y volvió a mirar a su alrededor. Nadie había subido en ninguna de las estaciones en que el tren había parado, y algunas personas habían bajado. En definitiva, aquel tren cada vez estaba más vacío. Mia nunca se había fijado en ese tipo de cosas, pero el aburrimiento se intensificaba y las cosas que hacer disminuían. Sacó unos auriculares y se puso la radio. De cuando en cuando, le gustaba repasar todas las emisoras cuyas ondas pudiera captar. Repasó toda la amplitud modulada, desde los 535 kHz hasta los 1.705 kHz, y toda la frecuencia modulada, desde los 88.000 kHz hasta los 108.000 kHz. No había nada que despertase demasiado su interés. En algunas emisoras se retransmitían noticiarios matutinos, algunos acerca de los asuntos económicos de Estados Unidos, otros acerca de últimos hechos dignos de mención, entre los cuales cabía destacar un pequeño incendio en Utah, el descubrimiento de una plantación ilegal de marihuana en Nevada, un terremoto de magnitud siete en la escala de Richter que había afectado a las zonas cercanas a la Península de California y la detención de un supuesto asesino en serie en Texas. En otras emisoras sencillamente se retransmitían canciones. Mia no las conocía todas, pero reconoció "This is what you came for", de Calvin Harris y Rihanna, "What do you mean?", de Justin Bieber y "Radioactive", de Imagine Dragons. Otras emisoras eran puramente acerca de noticias deportivas, y dado que este tema no interesaba demasiado a Mia, no paró especial atención en ninguna de las noticias. Era curioso pensar en que todas las canciones que habían sonado en la radio eran de artistas del siglo XXI. Nadie en el siglo XXII componía música.
El tren llegó hasta Broadway después de alrededor de media hora de viaje. Mia bajó en la última estación del recorrido y estuvo paseando unos minutos por la zona. Habían tantos cines y teatros como recordaba, a pesar de que la mayoría estaban prácticamente vacíos. Mia entró en uno de los cines de la zona y compró una entrada para la sala cinco, donde iban a poner "La cueva donde desaparecen las voces". A pesar de ser la película por la que había tenido que volver a sus odiados Estados Unidos, quería volver a verla. Sólo por recordarla. Entró en la sala y se sentó en el asiento ocho de la fila 13.
Después de la hora y media que duraba la película más los tres cuartos de hora previos a la misma de tráilers de otros films y de publicidad, Mia salió de la sala.
– A veces olvido por qué odio las cosas. Sólo puedo pensar en odiarlas, y entonces me doy cuenta de que no tiene sentido odiar algo sólo por querer odiarlo. Si no tengo razones para odiar algo, ¿por qué me fuerzo a odiarlo? A veces las personas odiamos tanto que terminamos amando lo mucho que odiamos las cosas. Y a veces las amamos tanto que terminamos odiando lo mucho que las amamos. ¿Cómo pueden el odio y el amor, dos sentimientos diametralmente opuestos, confundirse? Quizás ahora sea yo quién esté equivocada. Quizás el amor y el odio no sean tan diferentes como parece. Sólo son lo mismo pero al revés. O quizás no. Como dice Lauren, nadie sabe responderme.
Mia salió del cine y miró la hora: las 11:15. Todavía tenía mucho tiempo hasta que cayera la agonizante noche donde quizás se produjera una de las seis tormentas que restaban para el fin del período de la Nueva Guerra Fría. Se metió en el cuarto de baño y se lavó la cara un poco. Después salió del cine y miró al cielo. Las grisáceas y casi perpetuas nubes se habían disipado ligeramente, y unos pocos míseros rayos de luz solar alcanzaban la superficie terrestre. La temperatura rondaría sobre los dos o tres grados Celsius. El aire era seco, casi como se estuviera en un desierto que hubiera sido cubierto de hielo. Mia continuó paseando por Broadway, sin entrar en ningún cine ni en ningún teatro. Llevaba una chaqueta con una capucha, para que no la reconociera nadie. Al fin y al cabo, Broadway era el paraíso de todos los cineastas del mundo. Mia no iba a ser una excepción.
Mia estuvo caminando por Broadway varias horas. Comió sólo una ensalada acompañada de una Coca Cola en un bar de la zona. Después regresó a la estación del metro. Se sentó en el andén y se puso unos auriculares. Puso la radio de nuevo y pasó por las mismas emisoras de antes. Los noticiarios del principio de la tarde no contaban ningún aspecto interesante que los matutinos no hubieran abarcado ya, pero igualmente los escuchó. Cuando llegó el metro, Mia subió y tomó asiento. A pesar de que era consciente de que iba a ser el mismo paisaje el que iba a pasar por delante de sus ojos, Mia miró por la ventanilla del tren. El mismo escenario grisáceo se extendía a lo largo de todo el viaje. Finalmente, el tren se detuvo en la estación que había cerca del apartamento de Michael mientras Mia escuchaba "A sky full of stars", de Coldplay. Bajó del tren y en el andén miró la hora: las tres y media. Mia regresó al apartamento: recorrió la misma calle en dirección opuesta, entró en el patio, tomó el ascensor y entró por la puerta. El reloj marcaba las cuatro menos cuarto. Mia se metió en su habitación y se tumbó en la cama.
Mia estuvo durmiendo durante cinco horas; desde las cuatro menos cuarto hasta las nueve menos cuarto.
– Estoy harta de hacer siempre lo mismo. Esta noche voy a salir. Y no pienso volver hasta ver el Sol despuntar por el horizonte. – se dijo Mia al levantarse.
Mia se puso la misma ropa que se había puesto para ir a Broadway. No llamó a Michael para preguntarle si quería salir; después de toda la semana en la facultad esperaba que estuviera cansado. Salió a la calle y miró al cielo nocturno. Estaba algo nublado, sin embargo, no caía ni una gota. Dadas las circunstancias, era mejor que no lloviese demasiado. Mia entró en Tremblay's y se sentó en una de las mesas. Aquella noche el local estaba casi del todo lleno. A pesar de ello, aquel era uno de los mejores bares de Manhattan. Un camarero de unos 40 años se acercó a la mesa de Mia.
– ¿Ha decidido ya qué va a pedir? – preguntó el camarero.
– Por ahora sólo pediré agua. Más tarde, ya pediré algo de comida.
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8 St-NYU
Ficção CientíficaEn el año 2.532, 400 años después de la violenta Guerra de las 57 Tormentas, la Tierra se ha convertido en un páramo contaminado donde el aire es tóxico y los últimos reductos de la raza humana viven en cápsulas respirando aire en conserva. Lauren...
