Puramente literaria
Lauren salió del apartamento y cerró la puerta. Cogió el ascensor y bajó hasta la planta baja. Salió del edificio y miró al cielo lluvioso de Nueva York.
– ¿Qué odiarían más? ¿Odiarían lo que se fuerzan a odiar o lo que merece ser odiado? No sé por qué me hago preguntas de las que ya sé la respuesta. Obviamente odiarían más lo que se fuerzan a odiar. La mente es lo suficientemente poderosa como para enterrar el razonamiento. Cuando haya vuelto y sea una mente omnipresente absoluta completa nada habrá cambiado a los ojos de quienes sólo miran. De quienes no saben cómo saber. ¿Sabe la gente o no? Dado que nadie ha aprendido nunca a saber, ¿verdaderamente hay alguien que sepa algo? ¿O Sócrates tiene razón? ¿Es el hecho de no saber nada lo único que se puede saber? No he de cuestionarlo. El cúmulo de paradojas que alberga esa frase podría extenderse casi indefinidamente si queremos hilar lo más fino posible. Somos capaces de hacerlo. Pero no lo haremos. Somos cada vez menos y más estúpidos. Nadie nunca podrá pensar acerca del hecho del pensamiento humano. Sólo yo. Pero yo no me iré. Cuando el mundo haya muerto, seré la única superviviente.
Lauren se dirigió al hotel del número 411 de la Séptima Avenida. Entró y subió hasta el 10º piso. Entró en la suite siete y se tumbó en la cama. Miró a la mesa contigua al lecho donde estaba tumbada y vio la máquina del tiempo, plegada en forma de pulsera. La cogió y la encendió. La figura de William se dibujó ante los ojos de Lauren.
– Hola, William. – lo saludó Lauren.
– No deberías llamarme. Sabes que no es bueno usar el dispositivo de comunicación entre realidades temporales.
– Sí, ya lo sé, y te prometo que no lo habría usado de no tratarse de un caso de suma importancia.
– ¿Qué sucede?
– Tengo que pedirte un favor. Necesito que me envíes el estudio que había en la Royal Society acerca de los poderes de las mentes omnipresentes. El que estaba firmado por una desconocida como "S.S.".
– ¿Por qué quieres ese estudio?
– Quiero leerlo. Podría disiparme muchas de las dudas que actualmente se acumulan en mi cabeza.
– ¿Por qué podría disiparte esas dudas?
– Porque yo soy una mente omnipresente. Y absoluta.
William tardó unos instantes en reaccionar.
– ¿Lo dices en serio?
– Completamente. He podido ver mis poderes. Y, tal y como tú decías, estoy relacionada con un elemento en concreto. Con el hielo.
– ¿Y cómo lo sabes?
– Porque dejo un rastro de hielo allá por donde paso. Puedo convertir las cosas en hielo. No es sólo que no sienta el frío, es que lo disfruto. El hielo y yo tenemos una relación muy extraña. Casi simbiótica.
– ¿No crees que hablar de simbiosis es exagerar un poco?
– No estoy exagerando; lo digo en serio. Sólo con entrar en la máquina y ver la pantalla del tiempo con mis propios ojos supe que yo y el hielo estábamos relacionados simbióticamente.
– Y quieres el estudio. ¿Para qué?
– Ese estudio recoge toda la información existente acerca de los poderes de las mentes omnipresentes, ¿no?
– Sí. Y de los transeúntes temporales.
– Pues creo que podemos obviar toda explicación una vez que hemos corroborado este hecho.
ESTÁS LEYENDO
8 St-NYU
Science-FictionEn el año 2.532, 400 años después de la violenta Guerra de las 57 Tormentas, la Tierra se ha convertido en un páramo contaminado donde el aire es tóxico y los últimos reductos de la raza humana viven en cápsulas respirando aire en conserva. Lauren...
