Lo que su cuerpo y su mente necesitan
La mañana de aquel 19 de febrero de 2.157 fue nublada y fría, pero sin lluvia. El habitual cielo grisáceo neoyorquino de cuando en cuando abría su frontera y permitía que unos pocos rayos de Sol llegasen al suelo. Aun así, las temperaturas apenas alcanzaban los 0º Celsius. Las ráfagas de viento eran constantes y poderosas y daban al ambiente un aire lúgubre, en especial en los barrios bajos. En Manhattan el ambiente no era tan, por así decirlo, cutre. El viento frío y seco azotaba desde el suelo hasta el cielo con la misma fuerza que en cualquier otro punto de la ciudad, y las temperaturas eran tan bajas como en toda el área metropolitana. Algunos automóviles circulaban por las calles, probablemente conducidos por personas que se dirigieran a sus trabajos. O que volvieran de ellos. Apenas se podía averiguar la hora, al menos desde la ventana desde la que Michael miraba el escenario. La ventana de su habitación permitía observar una gran vista de la Gran Manzana. Sin embargo, la ciudad tenía un aire triste. No parecía la Nueva York de siempre. La ciudad parecía haber cambiado después de recibir 48 tormentas en 49 días. Y nadie sabía cómo sería aquel 19 de febrero. Quizás fuera lluvioso, quizás seco. Sería frío, pero tal vez fuese soleado. La gente no se paraba a pensar en la sensación de mirar por una ventana por la mañana con sueño y ver qué tiempo hace. Nunca nadie pensaba en el clima. La gente estaba demasiado ocupada con sus propias vidas y preocupándose por la tensión bélica entre Estados Unidos y Rusia. Ya nadie se paraba a pensar en los grandes acontecimientos sucedidos tiempo atrás. Ya fuesen positivos o negativos. Nadie recordaba ya que 140 años atrás una secta llamada Millenium había situado un explosivo de alta potencia en una terminal del Aeropuerto Internacional de Glasgow. Tampoco recordaban que 130 años antes la misma ciudad sufrió otro ataque terrorista basado en el uso del arma psíquica que todos los ejércitos del mundo estaban tratando de obtener y que nadie había conseguido nunca. Sólo la mujer que lo inventó, quien además fue quien detuvo el mismo ataque. Nadie recordaba acontecimientos de tal calibre. Había quien incluso olvidaba la Navidad o su propio cumpleaños.
Michael se levantó de la cama y se dirigió a la cocina. Se sirvió una taza de café y se la bebió tranquilamente. No era cuestión de alterarse demasiado pronto. O quizás incluso fuera demasiado tarde; seguía sin saber la hora. Salió de la cocina y entró en la habitación de Mia. Pero estaba vacía. Y no sabía qué había sucedido. Quizás hubiera salido del apartamento. Miró al reloj del teléfono: las 7:30. Aprovechó y le llamó. Pero no contestó nadie.
– ¡Qué extraño! Siempre está pegada al móvil, como una adolescente. Aunque también es posible que esté durmiendo o que sencillamente no le apetezca hablar conmigo.
Michael no podía negar que le gustaba tener a su hermana en su apartamento. Por mucho que lo negase. La presencia de otra persona en su casa le resultaba alentadora, tranquilizante. Como una taza de chocolate caliente en una fría noche de invierno. Pero tampoco podía negar que era peligroso para su seguridad personal. El estar ocultando en su casa a una fugitiva que ha entrado en el país bajo una falsa identidad huyendo de un delito del calibre de incendiar la Casa de la Ópera de Sydney no sería algo que precisamente gustase a la Policía. Ni a la australiana ni a la estadounidense. Habría encendido la televisión, pero para ver programas que diesen asco o que causaran depresión no merecía la pena. Habría leído "1Q84", pero tenía demasiado sueño como para leer y demasiado poco como para volver a dormirse. No tenía nada que hacer y eso le agobiaba. Sólo quedaban cuatro días de vacaciones en la universidad antes de tener que volver todas las mañanas a la facultad de Química. Para Michael, aquella era una de esas mañanas en las que no se tiene nada que hacer pero tampoco se quiere salir a la calle. Nadie en su sano juicio saldría a la calle aquella mañana únicamente por el placer de dar un paseo. El no hacer nada hacía que el tiempo se eternizase. Pero aquella mañana era diferente a otras mañanas en que no había nadie en el 10º piso del número 368 de la Séptima Avenida. La soledad era exasperante, como si alguien presionase el aire para hacerlo irrespirable. Pero todo era aparentemente igual. Los muebles estaban iguales, las paredes estaban iguales. Y Nueva York estaba igual. Pero aquella soledad era extraña, potenciada paradójicamente por "alguien". "Alguien" que no se podía ver parecía estar allí, perturbando la atmósfera. Como quien intenta gastar una broma pesada a otra persona. Su presencia es real, pero junto antes de ser corroborada, se esconde y nadie puede verle. Michael se levantó y echó un vistazo por el apartamento. No había absolutamente nadie, pero había algo en el ambiente que insistía en que él no era la única persona en aquel lugar. En el suelo no había nada. En el techo no había nada. Pero indudablemente, había "alguien" allí. No sabía sus intenciones, ni su aspecto, ni cómo había llegado a ese lugar, pero, de algún modo, estaba. Michael entró en su habitación y la registró de arriba a abajo. Pero no había nada ni nadie. La presencia de "alguien" iba más allá de la perceptible por los simples sentidos de la vista o el tacto. Como si se tratase de un ser incorpóreo. O de varios. Pero, si eran varios, indudablemente debían estar controlados por una única persona. Michael tocó el suelo y las paredes, y comprobó que su consistencia continuaba siendo la misma. Los muebles seguían siendo los mismos. Todo seguía igual.
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8 St-NYU
Science FictionEn el año 2.532, 400 años después de la violenta Guerra de las 57 Tormentas, la Tierra se ha convertido en un páramo contaminado donde el aire es tóxico y los últimos reductos de la raza humana viven en cápsulas respirando aire en conserva. Lauren...
