XLIV
TEÓDULO Y EUGINE EN DESACUERDO
Los encontronazos del señor Teódulo y Eugine nunca daban treguas. Se producían con tanta regularidad como hablaran y en esta ocasión cuando el padre de manera táctica trataba desesperar a todos y lo lograba, introduciéndolos en un laberinto formado por indescifrables salidas imaginarias, conjeturas y elucubraciones, no sería la excepción. Teódulo se esforzó por provocarle pánico a todos, y hasta el momento lo había conseguido. Todo le salió a la perfección. Su plan se había ejecutado fielmente y sin modificaciones. Todo estaba acorde con lo diseñado y eso lo colocaba en posición ventajosa frente a los hijos. Lo sabía y no desaprovecharía un ápice sui ventaja, pero era necesario mantener el dominio y la disciplina era su arma principal.
—¡Cállate!— Le dijo colérico al hijo malcriado—. Espera las explicaciones a ofrecerte para enterarte una buena vez de qué se trata todo esto. Antes de ello les ordeno a todos que no viertan sus opiniones, pues aún no les he solicitado su aprobación, sino solo escuchar, a fin de que, una vez escuchadas las razones, cuando estén todos de acuerdo con las decisiones que tomaremos en forma y manera conjunta, entonces todos me dan su aprobación, y, les advierto, que no aceptaré disidencia.
—Disidencia! — Disidencia para qué, por qué?— respondió Roberto Sebastián Herrera como el que estaba perdido. ¿Cuál es el misterio?, te pregunto nuevamente. Nadie entiende nada. Teódulo fingió no escucharlo.
—Quiero unanimidad. El apoyo a mis ideas debe ser total y sin reservas— repuso, y asumo que todos sean copartícipes en la materialización de mis decisiones, que son las cada uno. Mis intenciones son las mejores y deben por tanto ser admitidas, asumidas y avaladas por todos.
Los miembros de la familia Sebastián-Herrera, presentes en la reunión, con honrosas excepciones temblaban, pensaban en otras posibilidades, pero ahora mayores confusiones convertidas en nubarrones capaces de oscurecer todo en derredor suyo. Antes todos sentían respeto por su padre, respeto por lo que él significaba para ellos, hasta que descubrieron debilidades que jamás les fueron contadas y que ni se imaginaban. Teódulo mantenía la firmeza en sus ideas actuales, y esa firmeza a ellos los desnudaba. Ahora presidía un manto misterioso donde reinaba la confusión. Ninguno pensaba con acierto de qué se trataba todo aquello. El tiempo pasado desde que inició la reunión familiar parecía como esperar una eternidad en un campamento improvisado entre los escombros de un bosque donde solo vivían las más peligrosas víboras. Así se sentían todos, y Teódulo era el feroz cazador que los arrinconaba a ese mundo inestable y cruel.
—Eres verdaderamente un dinosaurio—, le dijo Eugine, estás sacando a relucir la herencia del abuelo, servidor incondicional del tirano y quien nunca permitía las verdades opuestas a las suyas. Aunque estuviera en lo incorrecto, era preciso admitir, aceptar y hasta ampliar sus razones en todo cuanto planteaba.
—No metas a mi padre en este asunto. Él es el más digno en esta familia formada por malagradecidos, por desmemoriados. Sin Simeón fuésemos nada. Estuviéramos en al fondo del lodo, comiendo fango, estiércol y quién sabe cuáles otras basuras.
—Igual eres tú este día, no aceptas contradicciones a tus dogmas, como antes Simeón no aceptaba el disenso—, dijo finalmente Eugine. Es acaso un pecado exigir una explicación a todo esto que pretendes inculcarnos como si aquí nadie, excepto tú tiene la cabeza puesta sobre los hombros para pensar? Te equivocas, todos estamos en la misma angustia, y todos merecemos una explicación convincente, sin invento, sin maquillaje. La verdad pura y simple. La verdad.
—¡Calla! —Y escucha —volvió a ordenar Teódulo Sebastián Dival—. Calla. Aprende a hacer silencio cuando este es necesario. Esa indisciplina ha sido siempre una característica tuya y te llevará por un camino tortuoso —le dijo. «Nunca serás el hijo prodigio, porque eres intolerante», pensó el padre. «No puedes entender que soy un emisario de la divinidad, que soy el portador del progreso; que soy el representante de la ciencia y el saber y por eso lo que hago nadie debe cuestionarlo, menos ustedes que serían, si me imitase, apenas los continuadores del ungido en que me he convertido».
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Bodas de Fuego
General FictionMirna Sebastián Herrara llega a Ciudad del Lago después de cursar estudios superiores en Europa. Su regreso a la ciudad, coincide con la celebración de las fiestas patronales en honor a Santa Lucía. Allí, en el parque central, se encuentra con Rica...
