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Parte 48 EL REGRESO DE MIRNA ACIUDAD DEL LAGO

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XLVIII

EL REGRESO DE MIRNA ACIUDAD DEL LAGO

Durante el largo viaje de regreso Mirna Sebastián Herrera solo pensaba en cómo haría para encontrarle. «Únicamente agradarte ansío», se decía en una conversación consigo misma. El boleto aéreo estaba comprado cuando Mirna se preparaba ya para el comienzo de su nueva vida. «Iría tras el joven desconocido con la sonrisa hermosa solo identificado por el apellido Flete, una vez estés en tierra de Ciudad del Lago». Un boleto de primera clase de la línea aérea Air Europa estaba dentro del bolsillo del largo gabán, para un vuelo comercial. Escogió primera clase como era su costumbre.

En la mañana del domingo abordaría el avión con destino a Santo Domingo, haciendo escala en París. Estaba lista para el abordaje cuando comenzaba a pensar en el encuentro con Ricardo Flete, el joven hermoso, y se sumergía en pensamientos preocupantes. Sabía las consecuencias del reto lanzado al padre y sin ser creyente, rezaba para que todo saliera bien.

Subiendo la escalinata del Boeing 767-200, nave con ancho fuselaje de fabricación Estadounidense, puesto en servicio recientemente por la aerolínea Air Europa. Sintió un escalofrío que le movilizó todo su cuerpo. Al subir al avión, absorta en sus pensamientos, le pareció ver entre los pasajeros dispuestos a abordar el mismo vuelo anterior a ella, el rostro fresco del joven Flete, a quien en Ciudad del Lago todos conocían como Ricardo Flete, pero que aún era el joven desconocido para ella del que apenas sabía su apellido, hasta el momento en que le fue por error, suministrado por el padre, y quien la había cautivado con su sola presencia aquella tarde en el parque central de Ciudad del Lago. Estaba estupefacta. «¿Cómo era posible encontrárselo en este vuelo?». «¿Qué obra de la divinidad lo ponía en su camino con anticipación a su llegada a Ciudad del Lago?». «¿Será posible?», se preguntaba esta vez en voz alta, atrayendo las miradas furtivas de los presentes en el interior del aparato antes del despegue. Al llover sobre ella todas las miradas, desconcertada, se tocó levemente la cabeza simulando entrar en un juego inesperado. «Estoy soñando» se dijo en voz baja.

Ocupó el asiento próximo a la ventana y un viento frío, casi helado, golpeaba los gruesos cristales del moderno equipo. Mientras el aparato se llenaba con los pasajeros faltantes, antes del momento fijado para emprender el vuelo, Mirna Sebastián Herrera se recostaba reclinando el cómodo asiento. Cerró los ojos para no ver otra cosa que el rostro del joven Flete fijado en su memoria desde aquel encuentro en que se vieron en el Parque Central de Ciudad del Lago. Lo veía tan cerca, cuanto que podía tocarlo si se lo proponía, pero, consciente del lugar donde estaba, a sabiendas que la lejanía era inmensa, y que la distancia se extendía desde un lado al otro del mundo, recordó aquella plática con su padre donde supo, por obra del azar, el objeto real y verdadero que provocara su separación del pueblo: no era otro que alejarla del amado misterioso, pero allí en la lejanía se conformaba con soñarlo.

«Ya llegará el momento, muy cercano en que pueda encontrarle», pensaba ensimismada en su viaje que marcaba su retorno. Un movimiento torpe le estropeaba el ensueño. Se arreglaba el gabán, cruzaba los brazos, dándose a sí misma un fuerte abrazo como si estuviera siendo apretada por el amado Ricardo Flete. La pantalla del moderno equipo encendido mostraba una cantidad de números con frecuencias enredadas, los cuales Mirna no descifraba. Miró por la ventana del aparato volador cuando todavía estaba en tierra y a lo lejos, vio árboles, muchos árboles deslizarse en su mirada. Había millares, inmensas masas frondosas entrecruzadas que se elevaban hacia las alturas, hacia lo infinito. «Ya casi partimos», comunicó a su interior.

Desde antes del preciso momento que hiciera su abordaje el moderno aparato estaba encendido, el calentamiento previo al despegue ya estaba completado. Solo faltaban los viajeros, quienes en fila subían las escalerillas con sus boletos a manos completando todos ellos, la larga hilera de los pasajeros para llenar los asientos vendidos. Mirna Sebastián Herrera esperaba impaciente el momento fijado para la partida. «Será un viaje espectacular», pensaba. «Divina herramienta, diseñada por la más avanzada tecnología puesta al servicio de la gente», pensaba mientras se paralizaba contemplando al gigantesco aparato volador. Miraba tras las cortinas que separan la clase privilegiada de la económica en el moderno aparato, y aún estaba el portaequipaje interno recibiendo las maletas pequeñas con las que subían los viajeros. Los equipajes de manos no alcanzaban llenar todavía el largo espacio, como muestra del número por subir, cuantos pasajeros faltaban por abordar la nave no lo sabía, pero era claro que la matrícula no estaba completa. Muchos de esos pasajeros ya estaban completando el proceso de verificación previo al abordaje, pero ella sentía una tardanza poco vivida.

Bodas de FuegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora