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Parte 56 LOS BESOS INTERMINABLES

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LVI

LOS BESOS INTERMINABLES

Ricardo Flete recibió las mieles de los besos que con la más desenfrenada pasión le dio Mirna Sebastián Herrera. Ella, en cada roce carnal le entregaba sin limitaciones y el aceptaba sin repulsa, todos los efluvios por años reprimidos en su alma, la ternura que se escapaba desde su fogosa sangre con cada una de sus caricias, que, el recibió como el niño recién nacido cuando recibe la lactancia del seno materno.

Ricardo fue como ese recién nacido que en su primer grito solo el seno dado por la madre colmada de ternura suele calmar las ansias con las cuales ha nacido, y saciar la sed de su nacimiento instantáneo. Ricardo como si fuera el infante que acababa de nacer, aceptaba los encantos que Mirna le entregaba sin reservas y esos encantos le invadían todo su ser. Lo llenaba con esa gracia divina y grácil, la cual satisfizo por entero su espíritu varonil, su espíritu salvaje que tiene todo hombre, su instinto animal y que en él, era como una oscura corriente que le corría internamente, con las llamas suficientes para quemar y evaporar todo en derredor suyo. Ese estado salvaje le corría con rapidez desde el corazón a las tinieblas y lo arrastra velozmente hacia abajo con el sentido inverso que lo empuja al fondo donde se encuentran los latidos del corazón cuyos pliegues sumergen en las imágenes sombrías que no puede doinar la razón. Estalló por la emoción Ricardo Flete. No supo más de sí. Su estado de indecisión sin embargo no variaba. Estaba a punto de caerse sobre sus pies temblorosos ante la mirada escrutadora que le daban sus compañeros.

—Sus piernas tiemblan —dijo Mártires —; sus piernas aún tiemblan —repitió. Se prometió a sí mismo no atacar a su amigo, cerrar su carrera, contener sus ideas porque con esos temas podría afectar los sentimientos del amigo que eran tan elevados... su corazón era todo bondad y no haría nada para cambiarlo. «El amor es divino, sobrenatural, desenfrenado y ahora se ha apoderado del alma tan limpia del amigo Ricardo que le podría hacer salir su estado primitivo», murmuró para sí Mártires. «Es una conquista apasionada que como premio recibe por su entrega, por su espera, por su persistencia». «Él lo merece».

Mientras ese amor se manifestaba en el parque central, en otro lugar del pueblo Ciudad del lago se encontraba Teódulo Sebastián Dival sufriendo la amargura que le trajo un presagio al recordar la tarde en que se inició su desgracia. Aquella en que se vieron Ricardo y Mirna. El odio le había penetrado en forma misteriosa y luchaba en su interior con los sentimientos que una vez tuvo y de los que aún quedaban pequeños residuos. Luchaban internamente por asumir el dominio y posesión de aquella alma antes clara, ahora trastornada, el odio y el resentimiento unidos contra los sentimientos sanos que ya habían cedido, habían perdido esa batalla. El odio era tan grande que ya su alma se introducía sin retorno, en una oscuridad impenetrable. La confusión en que vivía era tan pronunciada, tan inmensa que ya nada podría retornarlo al espacio digno que ocupara hacía ya mucho tiempo. Cuando pensaba en aquel día, detestaba a Ricardo con mayor razón, con más fuerza; detestaba a Mirna y se detestaba a sí mismo. Detestaba a Griselda Petra a quien culpaba por haber traído al mundo una mujer sin principio, una cualquiera.

En el parque sucedía el encuentro tan esperado... aquel buscado sin detenimiento por los enamorados; el que habían tantas veces provocado y otras tantas Teódulo había disipado. Inmersos en aquel beso los enamorados no tenían otro mundo que el propio suyo. Eran vigilados por los amigos del joven mientras aquel beso duraba una eternidad frente a ellos.

—¿Será tan grande, tan divino ese amor para turbar a un gigante y empequeñecerlo de ese modo? —Preguntó Alexánder al ver a Ricardo solo suspirar enredado en las profundidades no expresadas del amor misterioso. Apenas balbuceaba mientras sus labios eran devorados por el beso que le dio Mirna quien parecía tener guardada toda la ilusión y la fuerza para expresar su visión del amor por Ricardo Flete como una devoción incontenida y bestial. ». «Es el destino, su destino que con arrebatos implacables se muestra con todo su esplendor», se dijo Alexánder.

Bodas de FuegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora