Parte 54 EL DESPRECIO SENTIDO POR MIRNA

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LIV

EL DESPRECIO SENTIDO POR MIRNA

Mirna Sebastián Herrera quedó absorta en su pensamiento. El tormento era visible. Su rostro agradable y bello tomó un aspecto de desconsuelo, descontento y desprecio. Despreciaba a Teódulo, y se despreciaba a sí misma. Despreciaba la vida. Movía la cabeza como preguntando si era prudente llegar a Ciudad del Lago. En ese estado de compunción se preguntaba: «¿no estaré tomando una senda peligrosa y sin retorno?» «¿No habré abordado un camino pedregoso del cual no podré salir nunca?» Se preguntaba en su interior Mirna, con notable preocupación.

El altar en el que ha vivido su padre Teódulo Sebastián Dival desde su niñez, estaba a punto de derrumbarse como un castillo construidos con naipes, a consecuencia de su rebeldía, movida por la incomprensión del progenitor. Estaba obligada por su fuerza interior a librar la batalla, pero, «¿valía la pena?», se preguntaba en momentos en que la invadía la indecisión. Largo rato sin salir de sí, obligada por esa fuerza interior se preguntaba si «¿Dios ha lanzado sobre su pecho un castigo capaz de germinar, pero ahora se presentaba en frutos de dolor?» «¿Por qué será?»

No descubría los misterios encerrados en su alma, menos la obstinación del señor Teódulo, un padre guiado por el prejuicio y la ambición desmedida. Jamás entendería la metamorfosis sufrida por su padre, quien de ser un hombre literalmente bueno, pasaba a ser el discriminador que a los otros odiaba y excluía solo por su condición social, marcada por la economía materialmente inferior a la suya. Era consciente del amor del padre, del amor que sentía por Ricardo Flete y sobre todo sabía que su lucha implicaba la renuncia a los otrora banquetes, las veladas y fiestas privilegiadas celebradas con frecuencia en la sociedad acomodada; esa lucha traería consigo la renuncia a la vida holgada, apartarse de los privilegios irritantes proporcionados por esa clase, aunque aborrecidos en ocasiones por ella, pero donde había vivido desde su nacimiento mismo.

Las rondas y los galancetes con los cuales cuidaba su alma apasionada, diferían de aquellas mezquindades en que se envolvía la vida social de la alta sociedad en Ciudad del Lago, difería del movimiento que se daba en la mayoría de las ciudades donde la vida nocturna era la norma, pero había sido su propia vida. Renunciar a ella con un solo golpe era pecaminoso para la sociedad a la que pertenecía y la cual la vería desclasarse hacia una vida llena de frugalidad. «Nadie, excepto yo, renuncia a tantos privilegios para sacrificarse por los que sufren», se dijo. Aunque a ella le importaba poco, se hacía visible el tormento despertado en su interior por los acontecimientos a surgir para cambiarla de forma total. Es el tránsito del todo a la nada y solo recorrer ese camino se le torna tortuoso no solo a ella, sino a todo aquel que se aventure a hacerlo.

Su alma rebelde, por así decirlo, era contraria a esas sandeces, pero su padre las vivía como la esencia misma de su ser, como el alimento que necesita su alma; como la sangre que requieren sus venas; como la fuerza que levanta su espíritu. «Llegará una nueva vida» se dijo convencida. Renunciará a las comodidades que les granjean la alta sociedad, los negocios, la tradición. Quedará atada de manera indisoluble al amor, no solo al amor que tiene por Ricardo Flete, sino al amor que siente por ella misma, al profesado hacia la mujer y a los pobres. Ese amor indiscutible al desafortunado, al cual, tanto miraba Teódulo con repugnancia, con horror. Le tocará palpar la desoladora visión de los sufridos, cuidar a los enfermos, en fin, dejar la obstinada nobleza, marcando una nueva y diferente clase, por el noble gesto de servir a quien no puede. Atarse para siempre al inmenso amor por las luchas de la mujer en sentido general. Propondría la reorganización de la sociedad para erradicar la dominación del hombre sobre la mujer, pues, esta constituye la más perversa forma en que se manifiesta la desigualdad social, y la más absurda de las discriminaciones.

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