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Parte 39 UNIDAD SECRETA

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XXXIX

UNIDAD SECRETA

A lo lejos, el lago, el cielo, el sol y los humanos se juntaban en una especie de confabulación espontánea. Unidad que no implicaba ninguna asimilación, ninguna forma, ninguna adhesión al desastre ni a la naturaleza que, obligaba cambios. En ese momento la bruma se extendió por toda Ciudad del Lago, ocupaba sus espacios más importantes, sus calles, todas sus orillas y Ciudad del Lago en sus extensiones que representaban lo viejo, se deslizaba suavemente desde el Lago hacia las colinas montañosas, que la saludaban con esa brisa fuerte y gris que soplaba entre brumas y oscuridad, como el mar se desliza hacia los acantilados donde sus olas, al chocar, expanden un azul espumoso que apenas es posible percibir. Los manglares se mecían constantemente, iban y venían en aparente retorcimiento; otros árboles como los guayabos se contorsionaban; crujían en aparente desesperación. Allí, en la ciudad todo se tornaba oscuro, tanto más oscuro como confuso, porque parecía el presagio de que algo lúgubre sucedería; una forma para castigar el oprobio, en tanto algunos exhibían sus males con orgullo al obtener fácilmente, lo que sería en justicia, solo logrado por mucho tiempo laborado, o al margen de la ley, por mandato de autoridades que utilizan su cargo para reprimir, extorsionar...

En el salón donde platicaban Teódulo y Pedro en presencia del joven Roberto y la Flor del Diamante, al contemplar aquello, todos se tornaron meditabundos; las pláticas que eran tan animadas, para entonces pasaron a ser unas meditaciones colectivas. El silencio se impuso. Las miradas se cruzaban con asombros. El día debía continuar, pero terminada súbitamente, sin serenidad, sin tranquilidad. La forma tempestuosa y abrupta en que el sol se cubrió con las nubes, aniquiló la tarde exquisita y tranquila; la inmensa luz que había, de pronto se transformó en oscuridad. Todo pasaba en segundos, de lo divino a lo lúgubre. Cuando hacía un momento la niebla parecía una gasa radiante que bajaba lenta por las colinas, de repente fue cubierta por una tempestad negruzca que parecía crear pantanos insondables; se envolvían los pliegues del lago como creando nuevas orillas cubiertas por matorrales, que eran imposibles penetrar y el horizonte se volvía en cada segundo más sombrío. El día caía sin llegar la noche. Los márgenes del lago se humedecieron con las lluvias tempestuosas, con las brisas que soplaban tan fuertes como los golpes que se escuchaban al caer un rayo. Las oscuras orillas del lago solo se iluminaban con los relámpagos que se divisaban a lo lejos, los truenos se escuchaban estruendosos, mientras las precipitaciones aumentaban a niveles alarmantes. El lago aumentaba rápidamente sus corrientes, antes en calma, en ese momento con grandes mareas que fluían, aumentaban, refluían, en un permanente ir y venir. Las pequeñas embarcaciones pesqueras que se encontraban amarradas en sus orillas se mecían con velocidad; las que se encontraban lago adentro parecían zozobrar. Eran como naufragios inminentes, obligados.

Cayó la tarde entre las lluvias y la tempestad. El sol ya opaco se puso totalmente y la oscuridad abarcaba múltiples kilómetros a lo largo. Las brumas descendían sobre las orillas del lago y nada parecía aflorar algún ahíto de luz. Se mantuvo varias horas entre la negrura inmutable, y esa inmutabilidad espantosa se notaba cargada de intrigas y misterios, que hacían surgir y entrecruzar a los presentes, sentimientos engañosos, desdeñables, y desconfiados hacia Teódulo, incluso sus propios hijos. Más tarde, una luz crepuscular, rojiza, fue iluminando lentamente el horizonte. Se fue desbrozando la oscuridad, mientras esa luz tenue y lejana penetraba forzosamente por las llanuras, anticipando que lo peor estaba pasando, que la tempestad era momentánea y cedía. El tiempo volvía a la calma, cambiaba para bien; los relámpagos disminuían; las lluvias comenzaban a bajar y la luz se abría pasos como un fogón que precede a una hoguera reluciente. Las manchas grises sin embargo se mantenían a lo lejos; las nubes blanquecían, aparecían despacio pequeños copos blancos, ondeando sobre Ciudad del Lago, pareciendo que lo siniestro había pasado y la calma llegaba aunque lenta. Volvieron las almas a los cuerpos y Pedro que no salía del estupor, comenzó a repensar. «La farsa sórdida en la que vive Teódulo pudo haber provocado ese temporal». «Sus iniquidades son tan grandes, que no se debe dudar que sea un aviso del mismo infierno, pues, esa oscuridad misteriosa que cubrió repentinamente Ciudad del Lago, no puede ser cosa distante a la verdad del siniestro pensamiento incubado por una persona. Él con su farsa me desilusiona. Me desilusiona tanto que me decepciona conocer el verdadero Teódulo».

Bodas de FuegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora