Parte 50 LA ESPERA DEL JOVEN RICARDO FLETE

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LA ESPERA DEL JOVEN RICARDO FLETE

A partir del momento en que tuvo su primer encuentro con Mirna Sebastián, Ricardo Flete, todos los días y a la misma hora se dirigía al parque central del pueblo Ciudad del Lago, se sentaba en el mismo banco, con la misma postura, mirando fijamente hacia donde ella se encontraba, esperando la llegada del amor que vio en Mirna, impaciente aguardaba por Mirna Sebastián Herrera, quien no sabía cuándo llegaría, si al fin lo hacía. Con la mirada lejos y sus ojos fijos sobre el horizonte, guardaba silencio contemplando el entorno del parque. Sus labios carnosos daban muestra de reír torpemente. Una vaga sonrisa le salía con franqueza y a la vez llena de torpeza, como movida por un estado nervioso capaz de dominarlo todo sin que se diera cuenta, demostrando su estado de inconciencia, y a la vez cierto enternecimiento. Se dibujaba en su rostro risueño una mueca a modo que parecía una risa, cuando su fisonomía parecía simpática, porque estaba turbado por la impaciencia.

El roce producido por los árboles que se confundían entrecruzados en el follaje del parque central del pueblo Ciudad del Lago musitaba una melodía imperceptible para la mayoría de los presentes, más Ricardo Flete se adormecía con el murmullo salido desde esta sutil melodía. El trinar de los pájaros le mantenía en una especie de éxtasis enternecedor, pero a la vez incomprensible. Trastornado por la larga espera, desconsolado, daba compasión verlo día por día sentado en el mismo lugar, con la misma postura y con la vista perdida hacia el mismo sitio. La tristeza era visible, inocultable. Movía suave, pero torpemente la cabeza, con movimientos desordenados, inconsistentes, arrítmicos, desorientados. Daba un vistazo en derredor suyo y no encontraba la mirada perdida del amor que solo Mirna podía ofrecerle, nada de ella divisaba, nada ligado con ella se asomaba.

Una tarde de aquellas, cuando estaba perdido en su mundo, dentro del parque central en Ciudad del Lago, Ricardo Flete sintió la brisa helada. Había un frescor enmarañado que salía del ramaje formado por los arbustos suavemente movidos por la incesante brisa, pero en lugar de respirar profundamente y vivir el aire fresco que invadía el lugar, desde la frente del joven Ricardo emanaba un frío sudor, helado, como el viento soplando del antártico, delatando la tristeza en la cual estaba sumergido. Sacó su pañuelo blanco de seda, ya amarillento por el tiempo sin lavarse, con el cual andaba el día del encuentro con Mirna Sebastián Herrera y secó su frente. El pañuelo a su instinto, le repetía el perfume que sintió aquel día en que fue colmado por las bendiciones infinitas que les trajo Mirna Sebastián Herrera. Ese día no se le acercó; después tampoco se le había acercado, pero como ocurrió en esa fecha pasada, su aroma perfumada invadía toda el área y meses después, sin lavar el pañuelo para evitar la disipación de la magia que sintió en aquel aroma, lo pasaba por su rostro para revivir el momento cuando su perfume lo inundaba todo con una magia inacabable. Su olfato lo enternecía y transportaba a un mundo mágico donde el idilio se repetía, cuando aspiraba aquel perfume divino. Se sintió fresco, bien dispuesto y físicamente feliz, al revivir el momento pasado, aunque ansioso esperaba repetirlo. Tenía tendencia similar a la mayoría de los moradores comunes que compartían la comunidad, pero soñaba como ninguno. Su aspecto bonachón no le abandonaba a pesar de la turbación que desde hacía cierto tiempo rondaba su cabeza. Luchaba varonilmente con sus pesares en ese camino incierto y espinoso, pero que sabía era capaz para conducirlo desde la oscuridad a la luz, desde la incertidumbre al amor. Recordaba aquel día como el renacimiento, el inicio de su nueva vida. Esperaba hasta entrada la noche. Se ponía el sol. Avanzaba esta y él a solas solo esperaba. Luchas interiores se desataban en Ricardo Flete, mientras comenzaba a rayar la luz del alba por la puesta del sol en occidente. Largas horas de insomnio lo torturaban desde temprana la tarde hasta la puesta del sol. Desmadejado por la espera, los ojos entornados, se sentaba siempre en el mismo banco con la mirada perdida en lontananza, la interminable angustia lo marchitaba.

Bodas de FuegoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora