XVI

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Flor de Diamante, como prefería Teódulo llamar y llamasen a su hija Mirna Sebastián no entendía las razones esgrimidas por su padre Teódulo Sebastián para oponerse con ese furor a la espontánea manifestación del amor surgido de pronto entre ella y Ricardo Flete. Sus razones resultaban banales. Su obstinado sentido con el que Teódulo se inclinaba a la conservación de la pureza en la ya mujer, para Mirna Sebastián Herrera, se había convertido en una enredadera inentendible. Mirna se consideraba incapaz para descifrar tal enigma, las argumentaciones del padre eran pueriles y sus verdades eran asimiladas por la hija como convulsas pretensiones que le eran a su vez inaceptables e incomprensible . Era ella ya una mujer atribulada, derecha, acabada, con todas las características que connotaban la manifestación de su feminidad, y por eso las motivaciones dadas por el padre les parecían inútiles. Su causa le resultaba insustanciosa. El intrépido padre le parecía atrevido y sus argumentos baladíes e insulsos. Nada justificaba una posición tan hostil, ni una observación tan radical. No existían motivos valederos para una objeción tan fiera y una obstinación tan ligera, si, a juicio de ella, él tampoco conocía profundamente al joven esbelto que era el motivo para sus sueños, quien desde la primera vista, le había prendado por los más puros sentimientos.

Por más y mejores explicaciones dadas por el padre Teódulo Sebastián, Mirna no transigiría. Por mayores esfuerzos y mejores empeños del padre con el fin de darle una explicación convincente, jamás encontraría validez en los motivos para la persuasión. No existía forma para conmoverla a desistir de lo lívido que le parecía ese encuentro prematuro con Ricardo Flete. Nada la conduciría a una renuncia anticipada del amor, cuando se manifestaba con todo su esplendor y sin ninguna exigencia. Todavía no se hablaban, no se adentraban en relación alguna, ni tenía Mirna Sebastián Herrera certeza si se produjera con el paso del tiempo, pero ya Teódulo Sebastián minaba el campo fértil a sus sentimientos con las mezquindades propias de su egoísmo. No se habían dicho una palabra Ricardo Flete y Mirna Sebastián, ni sus nombres siquiera se cruzaron entre uno y otro, cuando ya Teódulo Sebastián se centraba en la obcecación del impedimento a una unión embrionaria, sin razones valederas.

"¿Por qué tal obstinación?" Se preguntaba Mirna. No bien se dieron mutuas miradas sin decir nada, cuando Teódulo Sebastián se propuso la obstrucción in-negociable a cualquier posibilidad del acercamiento ente su hija Mirna Sebastián con Ricardo Flete; apenas una vez se vieron a los ojos cuando ya Teódulo Sebastián se propuso evitar un nuevo encuentro. Así el padre de Mirna Sebastián se convertía en el obstáculo perfecto para su felicidad, en el óbice a su crecimiento, en el estorbo a su realización femenina cuando como a toda mujer se le acercaba la profundización que la realización femenina tiene reservada a toda mujer, y la vida guarda a cada una al ser tocada por el sentimiento puro del amor, cuando las ansias femeninas les advierten sobre la llegada del amor limpio como las gotas cristalinas que caen sobre el acantilado. Ella se había mantenido pura. Nadie había tocado su cuerpo con pretensiones amorosas. Sus sentimientos no habían sido despertados ni sus pelos habían sido erizados por el rose de unos labios al abrirse para darle un besos, pero se acercaba el momento en que las exigencias naturales de su cuerpo lo pedían a gritos y ese despertar fue posible con la llegada a su vida sin proponérselo, del joven Ricardo Flete, a partir del cruzar misteriosas sus miradas, su elección solo correspondía a ella, a ese sentir que la condujo sutilmente por el camino angosto del amor tormentoso debido a que el encuentro primario se produjo frente a su padre Teódulo Sebastián Dival.

A pesar de su abstinencia prolongada durante toda la vida; aunque nunca había probado la dulzura de unos labios ni saboreado las mieles del amor; aun cuando no había sentido el sabor misterioso que entrañan las mieles envueltas unos besos, nunca haber disfrutado la ternura encerradas en unos brazos mientras la apretasen con la fuerza y le fiereza con que lo hace una anaconda; a pesar del largo tiempo en mantenerse pura, casta, intocable; no obstante conservar su virginal pureza en tierras colmadas por las impurezas y civilizaciones mundanas, Teódulo Sebastián a la madurez vista a lo lejos en Mirna Sebastián porque su edad que ya era notoria pasaba la frontera del adolescente y llegada la adultez en su Flor de Diamante, se obsesionaba en mantener esa castidad fuera del alcance para los mortales a quienes consideraba indignos y viles. Estas obscenidades del padre, en las razones entendidas por Mirna Sebastián, no eran sino la manifestación que se obtienen por las frustraciones dadas a alguien que no alcanza a entender la vida, o por el estado demencial en el que una locura habría llevado a su padre, hasta provocarle una insensatez desconocida antes, aunque desde tiempos pasados a esa fecha pudiera estar albergada en la condición preclara del padre Teódulo Sebastián Dival, a quien ahora veía reducido hasta el escarnio.

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