54 - Sin regreso

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Isabela entró a máxima urgencia en el hospital, mientras Saúl y Altagracia se quedaron llenos de tensión en la sala de espera. Saúl estaba sentado en el sofá con la cabeza entre las manos, muy preocupado y frustrado. Lloró un par de veces. Altagracia estaba muy angustiada, no dejaba de llorar en ningún momento. Caminaba de un lado a otro en la sala de espera, angustiada esperando noticias de su hija. Sentía su alma quebrarse con esa situación. ¿La perderé? Se preguntaba con desesperación. La hija que había buscado durante tantos años estaba ahora en un gran riesgo y lo peor es que no podía decir la verdad.

No podía soportar la sola idea. Que ella era su madre, que había pasado toda su vida tratando de encontrarla para darle amor, para ser la madre que ella tanto había necesitado toda la vida.

_ ¡Ella va a estar bien! – Determinó Saúl en voz baja, más para sí mismo que para Altagracia que compartía la sala de espera con él.

_ ¡Ella tiene que estar bien! – Altagracia aseguró sin contener la conmoción – Rafael no me la puede quitar otra vez. ¿Por qué me hace tanto daño?

El dolor estaba latente en Saúl, él estaba frágil, vulnerable, pero pudo notar cómo Altagracia se estaba refiriendo a Isabela. Él estaba a punto de conocer toda la verdad, sabía mucho de su historia y con verla tan preocupada por su hija, se preguntó si tendría que ver con parte de su historia, si Altagracia consideraba a Isabela como la hija que le habían arrebatado, esos pensamientos quedaron en el aire.

_ Altagracia, sé que tienes un gran cariño por mis hijos, siempre pude sentir esto y mucho más en relación a Isabela. Por mucho que ella siempre sea desagradable contigo, tú la tratas con gran afecto.

_ Sí, tengo un cariño infinito por ellos. – dijo conmovida. No quería decirle que tenía afecto por ella. Quería decirle que la amaba y que tenía una gran preocupación por ella, por qué era su madre y que daría su propia vida para que ella no estuviera en esa situación, pero no podía seguir revelándole más verdades a Saúl mientras Isabela estaba mal.

_ Aun así, me parece mucha tu preocupación por ella. Estás afligida, angustiada. Parece que estás sufriendo por ella más que yo, que soy su padre. – Dijo con toda la racionalidad que el momento le permitió.

_ No te lo puedo explicar, Saúl, pero necesito que tu hija se ponga bien. Nada malo puede pasarle a Isabela, yo no podría soportarlo. – Ella dijo sentándose en el sofá y abrazándolo.

Saúl correspondió al abrazo aunque sin entender sus palabras. También él la abrazó, necesitaba el apoyo de la mujer que amaba, en ese momento el que la vida de su niña estaba en peligro y él no podía hacer nada. La impotencia le consumía al mismo tiempo, cuando fue invadido por la culpa...

_ Todo fue mi culpa. – Dije en voz baja, sin contener la emoción en su voz – Si yo no hubiera ido a casa de Rafael, nada de esto habría sucedido...

_ ¡No digas eso! – Altagracia le regañó alejándose de su pecho que representaba comodidad en ese momento. – Nada fue tu culpa. La culpa fue de ese maldito. La culpa de todo es suya...

_ Es que ustedes se fueron detrás de mí por mi actitud imprudente.

_ Si así fuera, en todo caso la culpa es mía.

_ No digas eso Altagracia. – Saúl se sorprendió y se sintió un poco mal.

_ Sí, sí es así, si yo no te hubiera contado la verdad tú no habrías salido...

_ No digas más, Altagracia. Tenías que decírmelo. No es justo que tengas que hacer frente sola con todo ese dolor yo te amo y tenías que contármelo.

La SociaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora