63 - Llenándose de valor

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Cuando Altagracia vio tan cerca el rostro de Saúl, estaba segura de que iba a besarla y su corazón se llenó de emoción y confusión mientras latía fuera de control. Tenía miedo, miedo de que él la besara  y de pronto la rechazara, miedo de que solo quisiera burlarse de ella. Tuvo ganas de negarse, pero su deseo era más fuerte que su razón. Su boca tan cerca de la suya, el contacto de su mano con la de ella, su calor, estaba temblando de deseo por él. No podía pensar con claridad en las consecuencias, solo existía el momento.

Saúl también dudaba. La miraba suplicante,  buscaba en su mirada el permiso para hacerlo sin temor y era tomado por su belleza, su fragilidad al hablar de su hija, la inseguridad en sus ojos, su impulso fue protegerla sin pensar en nada más. Sostenía su mano, la estaba tocando, Dios, como era maravillosa la sensación de tocarla. El mundo se detenía cuando la estaba tocando. Como anhelaba volver a besarla desde que cortaron.

Saúl la arrastró de la mano hacia él, recorrió de nuevo todo su rostro con los ojos y no tuvo más dudas, se lanzó con avidez a besarla. Con los labios tomó los de ella y envolvió sus brazos alrededor de su cuerpo manteniéndola junto a sí, sintiendo el latir de su corazón con el mismo ritmo que el suyo. La besaba como si jamás lo hubiese hecho, con esa necesidad, esa necesidad que sentía de ella. Esa necesidad que tenía de sentir su sabor, su aliento, su entrega, su calor... Ella también saboreaba sus labios intensamente, se agarraba a su cuello, le permitía que su lengua recorriera su boca y también recorría la suya con la de ella, temblaba en sus brazos. Dios no podía vivir sin esa sensación.

Saúl trataba de estrecharla, de mantenerla junto a sí, de sentir su espalda, su cuerpo, de saciar el anhelo que tenía de su piel, pero Altagracia dejó de besarlo abruptamente dejándolo aturdido con muchas ansias de más.

_ No, Saúl, ¡no! Esto no puede ser...

Él no hizo caso de su negativa y volvió a acercarse a ella. Inclinó su cabeza contra la suya haciendo que sus frentes quedaran pegadas y cerró los ojos. Puso su mano izquierda en la cara de Altagracia y dijo en voz baja:

_ No sabes lo mucho que he extrañado tus besos, sentirte junto a mí, así...

Hizo un gesto para volver a besarla, pero Altagracia, con gran dificultad lo esquivó.

_ ¡No! – Dijo en voz baja pero con firmeza, con los ojos bajos. Levantó de repente los ojos y lo miró fijamente. – ¡Yo te amo, Saúl! ¡Te amo! No te quiero de manera incompleta. Tú no confías en mí, me dejaste muy claro hace un mes aquí en esta misma biblioteca que tu única intención era terminar por completo esta historia, nuestra historia.

_ Lo sé... – aceptó impotente.

_ No vuelvas a besarme mientras tengas dudas. Nunca más me beses si no es porque me sigues amando y quieres volver conmigo, no sólo por un simple deseo. – Levantó la cabeza y miró por encima, firme.

Saúl no se movió, no sabía qué decir quedó afectado por sus palabras. Pensó en la maravillosa sensación que tuvo con besarla y tenerla cerca, en el ultimátum que le puso y se sintió desesperado. ¿Cómo imaginarse su vida sin volver a besarla? ¿Cómo imaginar la vida sin volver a sentirla en sus brazos? No podía, no quería.

_ A lo mejor... – delante del silencio de Saúl estaba claro que él aún estaba lleno de dudas, que su resentimiento hacia ella no había desaparecido, quizá nunca desaparecería. – Tal vez lo mejor sea hablar de ese otro tema que me dijiste el día... que me pediste que dejara esta casa, tu casa. – Altagracia lanzó esas palabras con gran dolor.

Saúl se sintió incómodo al recordar ese momento pero no entendió a lo que ella se refería.

_ ¿Qué tema? – Saúl se sorprendió.

_ Nuestro divorcio. – Dijo más segura .

_ ¿Por qué? ¿Por qué has venido con ese tema ahora? – Él estaba muy desconcertado por su nueva actitud, antes tan obsecrada ante él, ahora mencionaba límites. Y eso después de darle un beso que le robó por completo la razón.

_ Como que ¿por qué, Saúl? – Altagracia sonrió. – Ya no vivimos juntos, no mantenemos una relación, te quitaste tu alianza, ¿recuerdas? – Él dirigió la mirada instintivamente hacia la mano de Altagracia que seguía con la joya que había sellado su unión – Me pediste que me fuera de tu casa y me dijiste que nuestro matrimonio había terminado. Todo esto hace un mes! ¿Hay alguna razón para no hablar de este tema? No entiendo por qué te sorprende que te pregunte sobre el divorcio. Divorcio que, por cierto, fuiste tú, no yo, quien sugirió.

A Altagracia le rompía el alma hablar de esa manera, de alguna forma, realmente era dar por cerrada la historia de los dos, pero sentía que no había otra salida. Honestamente, estaba renunciando. Además, se lo debía a sí misma. Se estaba conformando que había vivido un amor, el más bello de los amores, pero que su ciclo había terminado. Dejarse besar, permitir que el contacto con él se repitiera, era cómo impedir que la herida cicatrizara. Esta no sería una actitud típica de ella, la dejaría expuesta, vulnerable, y todo lo que quería y necesitaba era recuperar la confianza en sí misma.

Saúl miró hacia abajo. ¿Qué argumentar ante sus palabras? Era la verdad. Él le había pedido que se fuera de su vida. ¿Por qué entonces sentía que no podía permitir que ella se fuera del todo? De alguna manera, todavía tenía un sentimiento de posesión sobre ella y que él le pertenecía a ella. Y ¿por qué darle vueltas? La amaba, esta era la verdad más pura y completa, la amaba a lo mejor más que antes.

_ Yo... yo no... – Saúl no sabía qué decir.

_ No hay necesidad de esforzarte para decirme algo. Hoy voy a decirle la verdad a mi hija y creo que es justo que también deje todo en claro contigo, Saúl.

_ Sí, como quieras! – Dijo Saúl intranquilo. Quién lo conociera bien podría decir que él estaba lleno de miedo.

_ Bueno. ¡Gracias! – Dijo Altagracia desconcertándolo aún más. – ¿Vámonos? – Se refería al ir a la habitación de Isabela y tener esa tan difícil conversación con ella.

_ ¡Vamos! – Estuvo de acuerdo comenzando a caminar delante de ella.

_ ¡Saúl! – Ella cogió a su mano y él se detuvo asustando mirándola.

_ ¿Sí? – Se esperaba que dijera algo acerca de su relación.

_ Gracias por apoyarme en esto. Creo que no podría hacerlo sola.

_ Sí, lo harías. Eres fuerte, Altagracia. Si no lo fueras, no habrías soportado tantos golpes y desde ellos, construir una vida tan exitosa. – Elogió sincero.

_ ¡Gracias! – Ella sonrió ante dichas palabras.

***

Isabela estaba leyendo en su habitación cuando llegaron. Era un libro sobre joyería, de la universidad. Ella reanudaría sus actividades normales a la semana siguiente. Al escuchar el toque en la puerta dijo:

_ Pase. – Se sorprendió al ver quiénes eran. – Altagracia, ¿sigues aquí? Pensé que te habrías ido.

_ No, Isabela. Fui a llamar a tu papá porque tenemos que hablar de algo muy importante. Tendrías que saberlo hace mucho tiempo, pero no quisimos decirte nada hasta que estuvieras totalmente recuperada.

_ Wow, pero con esas caras y con esa introducción, veo que es realmente serio. Así que ¿finalmente me van a decir la misteriosa razón por la que se separaron? – dijo Isabela cuestionándolos. Siempre tuvo curiosidad, pero ningún de los dos le explicaron claramente que fue lo que puso fin a su matrimonio que parecía tan apasionado.

_ De alguna manera sí, hija. – Confirmó Saúl. – Tienes que conocer la verdadera razón que trajo Altagracia a nuestra familia, aunque sea doloroso, es tu derecho. Y sé que al principio puede que sea difícil, pero cuando reflexiones sabrás que has ganado un regalo. – Dijo mirando con ternura a Altagracia – El que más quisiste a lo largo de tu vida.

_ ¡Está bien! – Isabela demostró impaciencia. Miró a Altagracia y a Saúl tratando de encontrar una respuesta. – No entiendo nada. ¡Hablen de una vez, por favor!

_ Tranquila, hija. – Pidió Saúl.

_ Ella tiene razón, Saúl. – Altagracia finalmente se llenó de valor. – Vayamos al grano, es el momento de la verdad y Isabela, más que nadie, se lo merece.

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