Ya entenderán por que les puse ese video... Sólo déjense sorprender
De vuelta en el dormitorio, Cece ya me esperaba recargada contra el marco de la puerta de entrada. De verdad me impresionaba su capacidad para verse impecable y perfecta, con una mirada brillante y una sonrisa inocente, sin tener que dedicarle ni la mitad del tiempo que yo invertía.
—Me están saliendo raíces. De hecho, juro que ya tengo retoños creciendo a mi lado —protestó, cruzándose de brazos en cuanto me vio aparecer.
—Calma, ya sabes cómo se pone el tráfico humano por las mañanas. Además, Kenzo te manda esto...
Le extendí el vaso y ella lo envolvió con ambas manos, soltando un suspiro al sentir el calor en sus dedos congelados.
—¿Lo viste? ¿Por qué no me despertaste más temprano? —me reclamó mientras caminábamos hacia nuestros respectivos edificios—. Pude haber pasado un rato con él.
—Lo intenté, pero casi me muerdes.
—Ok, punto para ti. ¿Cuál es tu primera clase?
—Algo de ingeniería ambiental. ¿Y la tuya?
—Psicología. Así que espero que esto tenga una dosis letal de café —puso los ojos en blanco justo antes de darle un largo trago a su bebida.
—Por supuesto. Te dejo aquí, linda. Te aviso por mensaje para que almorcemos juntos —le dije al detenernos frente a mi pabellón.
Se giró para lanzarme un beso al aire; lo atrapé con la mano y me lo pegué en la mejilla en un gesto cómplice antes de alejarnos despacio.
[...]
Cuando escuchas el nombre de la materia "Ingeniería ambiental", ¿cómo te imaginas al profesor? Seguramente visualizas a un hombre de barba, gafas clásicas, ropa desgastada y de estilo hippie que bebe agua directamente de un coco, ¿verdad? El mío era el polo opuesto.
Era un hombre obeso, de unos sesenta años, calvo, con un espeso bigote de morsa y una evidente adicción al tabaco y a los artículos de pieles exóticas. Lo único remotamente "ambiental" en él era la hoja de papel reciclado que sostenía con rigidez, donde figuraba la lista con nuestros nombres.
A los cinco minutos de haber comenzado, la puerta se abrió para dar paso a mi mejor amigo, Jacob. Ese chico vivía retrasado. Él no se hospedaba en los campus, sino en la casa de sus padres, a escasos diez minutos de Yale. Era brillante, pero distraído e inseguro a niveles crónicos. También estudiaba arquitectura, y esa fue la razón por la que conectamos desde el primer día de universidad, cuando nos prometimos arrastrar juntos todas las materias de la carrera.
El salvavidas oficial para sus constantes retrasos era una enorme caja de donas que llegaba a su casa cada mañana, cortesía de las múltiples franquicias de comida rápida de las que su padre era dueño. Al señor Rinaldi le obsesionaba supervisar personalmente la calidad de sus negocios, y ordenaba esos lotes solo para mantener controlado al personal. Como en su casa nadie las tocaba, el generoso de Jacob las traía para compartir. Todos, incluyendo al hombrecillo con bigote de morsa, disfrutábamos del soborno azucarado.
Jacob entró al aula con una parsimonia envidiable, como si fuera el patio de su casa. El profesor Murray interrumpió su lectura, emitiendo un carraspeo ronco desde la garganta. Al notar la tensión, Jacob desvió su trayectoria; en lugar de ir a su asiento junto al mío, avanzó directo hacia el escritorio del docente.
Cuando se detuvo frente a él, el señor Murray lo evaluó con la mirada antes de preguntar:
—¿Hay de chocolate?
ESTÁS LEYENDO
Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
