6. El Mundo de Papá

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Como el departamento de papá está ubicado en una de las avenidas más importantes del centro de Hartford, llegamos en menos de veinte minutos. Al abrir la puerta principal, dejé mis pertenencias sobre la mesa del recibidor, justo a un costado de la oficina de Christopher.

A pesar de que el lugar aún conservaba algunos adornos de la temporada invernal, todo desbordaba un gusto exquisito. La estructura en sí era obra de papá; literal. Él se había encargado de la remodelación completa del edificio histórico y le gustó tanto el resultado que, al terminar el proyecto, decidió adquirir el penthouse.

La decoración, por otro lado, llevaba el sello absoluto de Blake. La paleta de colores en tonos gris, blanco y negro, combinada con un piso de mármol perfectamente pulido, le otorgaba una elegancia soberbia. Tanto la sala como el comedor estaban rodeados por imponentes ventanales de piso a techo que ofrecían una panorámica espectacular de la ciudad desde cualquier ángulo. Ambos espacios estaban sutilmente divididos por una moderna chimenea rectangular de gas, la cual solo encendíamos en Navidad o durante las noches familiares más frías.

Aunque yo era un completo desastre en el arte culinario, la cocina era mi rincón favorito de la casa. Un diseño inmaculado, completamente blanco, con electrodomésticos empotrados de acero inoxidable y armarios ocultos que se mimetizaban con las paredes. Sobre la isla central, donde se ubicaba la estufa de inducción, colgaba una jardinera minimalista con hierbas frescas que rara vez utilizábamos. Justo al lado de la ventana, descansaban unas pequeñas macetas con fresas que yo misma cuidaba desde que era niña; ahora, cada vez que una de ellas maduraba, mantenía la tradición de darle la primera mordida a mi hermanito menor y yo me comía el resto.

Una estilizada escalera de cristal conducía al segundo piso, donde se encontraban las habitaciones, el cuarto de huéspedes y el monumental vestidor de Blake. La casa estaba inundada de recuerdos. Incluso los primeros trazos de Luca formaban parte de la esencia del hogar; aunque Blake procuraba disimular los pequeños dibujos de las paredes con muebles estratégicos o elementos decorativos, en los muros de mi propia recámara siempre hacía una excepción: cada vez que volvía, descubría un elefante nuevo dibujado por él.

Al escuchar nuestras voces, una pequeña y enérgica criatura apareció corriendo por el pasillo desde la cocina. Me agaché de inmediato, abriendo los brazos para quedar a su altura, y nos fundimos en un abrazo adorable.

—¡Alessa! ¡Alessa! Qué bueno que llegaste, ya te extrañaba muchísimo —exclamó Luca con su dulce y aguda voz. —¡Pero si nos vimos hace apenas unos días! —Me reí, tomando aire y reuniendo fuerzas para levantarlo en vilo y llenarle las mejillas de besos rasposos—. Además, si sigo cargando a este costalito a diario, me voy a quedar sin espalda.

Luca soltó una risita, acomodándose en mis brazos mientras se me resbalaba un poco.

—Blake, cielo, ya llegamos —anunció papá, cerrando la puerta y colgando su saco en el perchero—. ¿Dónde estás? —Se inclinó para dejarle un beso a Luca en su cabello color caramelo. —¡En la cocina! —respondió una voz melodiosa.

Caminamos los tres por el impecable pasillo de mármol hasta encontrarnos con ella. —Terminaba de organizar unas cosas. ¿Cómo les fue a mis chicos favoritos? —preguntó Blake. Papá se acercó de inmediato para darle un tierno beso de bienvenida. —Excelente, mi vida.

Me aproximé detrás de él, aún con Luca a cuestas, quien ya había comenzado a juguetear con mis rizos, acomodándomelos en la cara como si fueran una barba de pirata. —Hola, linda. ¿Cómo te trató tu jefe el día de hoy? —nos saludamos con un beso en la mejilla. —Hola, Blake. Todo estuvo perfecto. Lo mejor de tener a tu papá como jefe es cuando te invita a comer a lugares fantásticos. —Vaya, qué envidia. ¿A dónde fueron? —preguntó ella, secándose las manos con un paño y deslizándose los anillos de boda de vuelta en sus delgados dedos. —Al "Magnus", el restaurante al que fuimos después del recital de Luca —intervino papá, quien ya tenía medio cuerpo metido en el refrigerador buscando algo que picar—. El único problema es que olvidé pedir postre... —se mudó al congelador con ojos iluminados—. ¿Qué opinan si ordenamos helado a domicilio? —Dice Alessa que sí —decretó Luca, sellando mi boca de inmediato con sus manitas traviesas y un tanto pegajosas. —Pónganse cómodos, yo me encargo de pedirlo —cedió Blake con una sonrisa, tomando el teléfono y su agenda—. ¿Chocolate para todos? —¡Sí! —respondimos los tres al unísono desde el inicio de la escalera.

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