4. Día de la Boda

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Muchas personas sueñan con el día de su boda como si el simple hecho de pronunciar el «sí, acepto» tuviera el poder mágico de transformarlas en alguien completamente distinto.

En mis cortos años de vida, yo había estado tan obsesionada con el éxito profesional y con ganarme un lugar respetable dentro de la estricta estructura de la familia Edevane, que se me antoja un enorme desperdicio de tiempo imaginar el día en que organizaría una fiesta monumental para entregar mi vida a un hombre y comenzar desde cero. Honestamente, siempre creí que, si llegaba el momento, contrataría a un planificador que se encargara de absolutamente todo para no tener que lidiar con los detalles.

Sin embargo, esa mañana de viernes todo fue diferente.

Me desperté exactamente un minuto antes de que sonara la alarma. Al abrir los ojos, me estiré cuan larga era hasta tocar los bordes del colchón y, de la nada, comencé a reír como una loca. Tuve que volver a cubrirme el rostro con las sábanas para contener una oleada de felicidad pura que me inflaba el pecho.

Me di una ducha larga y deliciosa, preparé café cargado para todos y me serví una taza enorme escoltada por un par de donas recién horneadas que alguien había dejado en la cocina. Esa mañana necesitaba tener los cinco sentidos más aguzados que nunca; no estaba dispuesta a perderme ni un solo milisegundo de lo que estaba por vivir.

Poco después llegaron las estilistas para arreglarnos a mí y a mi única dama de honor. No podía haber pedido mejor compañía para ese proceso que la de mi rubia y caótica Cece Williams. Me aplicaron una cera especial para esculpir cada uno de mis rizos, asegurando que mantuvieran su caída natural durante todo el día, y me diseñaron un maquillaje sutil, con ligeros destellos rosas y dorados que armonizaban a la perfección con el vestido vaporoso que Blake me había regalado.

Jacob, haciendo honor a su papel de fotógrafo oficial, inauguró su sesión desde que andábamos en bata de baño, con mascarillas hidratantes sobre el rostro y tubos en la cabeza. Una vez que todos estuvimos listos, capturó varias fotografías grupales teniendo como fondo la calidez de nuestra querida casa.

Durante el trayecto hacia el ayuntamiento, los nervios comenzaron a atenazarme el estómago. No se trataba de dudas sobre Charles ni de miedo al compromiso; la ansiedad nacía de una esperanza secreta. Le había confesado a Blake que mi único gran deseo era que mi padre estuviera allí para entregarme. Me aterraba la idea de que él o la abuela Jane se presentaran solo para interponerse, montar un espectáculo mediático y arruinar el día; eso era algo que jamás les perdonaría.

Todos esos pensamientos oscuros se evaporaron de golpe en cuanto el auto se detuvo. Al pie de las escaleras del ayuntamiento, un hombre impecable y elegante, vestido con pantalones negros y una impoluta chaqueta blanca, aguardaba mi llegada. Charles. Su sola presencia ejercía un magnetismo hipnótico que me transportaba a otro plano; como si la realidad que conocíamos se deshiciera a nuestro alrededor, dejándonos únicamente a los dos, mirándonos fijamente hasta la eternidad.

¿Podía existir una sensación más perfecta en el mundo? 

Aquello era amor en su estado más puro.

Al bajar del auto, saludé a mis queridos invitados con el corazón latiéndome a mil por hora. Como era de esperarse, mi padre no estaba entre la comitiva. Blake me miró desde la distancia y negó ligeramente con la cabeza, confirmando mis peores temores: no iba a llegar. Después de que todos intercambiaron abrazos y entraron al edificio, Charles se acercó a mí, me tomó de la cintura y me preguntó en un susurro:

—¿Estás lista, mi vida?

—Solo dame un minuto... —le supliqué con la mirada.

Giré el rostro hacia la avenida, clavando los ojos en el tráfico con la absurda esperanza de ver aparecer la imponente camioneta blindada de la familia. En mi mente, proyecté la alucinación de verlo bajar a toda prisa, acomodándose el saco, sonriente, tendiéndome el brazo con orgullo para entregar a su hija al hombre de sus sueños. Pero la acera permaneció desierta. 

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