28. Mi Salsa Soya

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¿Conexión? Qué ridícula había sido al creer que existía un puente invisible entre ese iceberg y yo. Si alguna vez buscaba algo más gélido que el mismísimo invierno de New Haven, me bastaba con hundirme en la mirada actual de Charles Richmond.

Me impuse la estricta penitencia de no buscarlo con la mirada en el aula, de sepultar cualquier impulso de arrancarle una sonrisa mediante algún comentario brillante o agudo. Mi única boya de salvación para resistir su calculada hostilidad era la minúscula e incipiente posibilidad con Milo Danes; solo que Milo carecía de esos electrizantes ojos verdes, desbordantes de una vitalidad contenida que solía derretir mis defensas. Unos ojos hermosos que no requería tener enfrente para rememorar. Ya los cargaba tatuados a fuego en las paredes de mi mente.

Supongo que la lista de conductas que «Alessa jamás ejecutaría» debía ser archivada de forma permanente. La graduación recortaba distancias en el calendario a una velocidad alarmante; escasos meses me segregaban de mi destino formal en la constructora, y me urgía pacificar la tormenta de confusión que arreciaba en mi interior.

Alcanzar la meta académica me provocaba vértigo, pero el verdadero terror, el que me oprimía el pecho por las noches, era la certeza de no volver a tropezar con él nunca más. Supongo que ese era el peaje obligatorio si pretendía erigirme como una mujer exitosa e independiente ante los ojos de mi familia. La facción libre, indómita y frágil que Charles había desenterrado en mí tendría que ser clausurada. Esa Alessa interior que apenas ensayaba sus primeros pasos en libertad debía regresar a su confinamiento, aguardando a que un milagro del destino volviera a reclamarla.

No me sentía capaz. Sinceramente, mi alma no poseía la resistencia para encender su brillo solo para ser sofocada en un parpadeo. En los momentos en que las responsabilidades de mi vida se desplomaban sobre mis hombros como ráfagas de agua helada, Charles Richmond era el único bastión que impedía que mi llama interna se extinguiera.

¿Pero qué sentido tenía preservar el fuego si el encargado de custodiarlo ya no se encontraba allí?

Debía clausurar la tortura. Lo que no llegó a consumarse, por alguna poderosa razón se detuvo. Tenía que obligarme a procesar la realidad bajo la óptica del resto del mundo: «Es un profesor... un hombre mayor». «Un hombre bastante...» No. Basta. Olvídalo. Olvídalo con la misma frialdad con la que él te ha demostrado que te ha desterrado de su vida.

En el aula, el profesor Richmond conducía el debate habitual sobre un artículo periodístico cuya lectura nos había encomendado; una pieza en la que ninguno de nosotros había profundizado con el rigor que él exigía. Su expresión denotaba una profunda decepción, lindando con el hastío. Mientras censuraba nuestra incompetencia colectiva con su habitual elocuencia, los presentes manteníamos la vista clavada en los pupitres, encogidos en nuestros asientos como cachorros reprendidos.

—Muchachos, mi propósito en esta institución no se reduce a imbuirles leyes, códigos, contratos o directrices técnicas que cualquier niño de primaria podría rastrear en la red —señaló, cruzando los brazos sobre el pecho mientras se paseaba frente al pizarrón—. Mi objetivo primordial es que asimilen que el deber ser siempre se antepone a la opción más transitable. Deseo que comprendan que la estructura social se sostiene sobre un entramado de leyes no escritas, normas invisibles pero implacables, sin las cuales sería imposible alcanzar la estabilidad; esa variable que algunos traducen como tranquilidad o, en el mejor de los casos, felicidad.

Charles detuvo su caminata, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de su escritorio. Su mirada barrió la estancia.

—Puede que a algunos les demande un esfuerzo extraordinario identificarlas o acatarlas. Pero, por más que la voluntad flaquee o el deseo nos empuje en dirección opuesta, nos está vedado fracturar esas reglas invisibles de la existencia.

Sus palabras alteraron la atmósfera del salón; un silencio denso y pesado se instaló entre nosotros. Charles poseía la virtud de perforar la coraza de su audiencia porque, cada vez que se proponía apelar al corazón ajeno, desnudaba el propio primero. Sin embargo, en mi fuero interno, una punzada de rebeldía me caló hondo. ¿Cómo se atrevía a disertar con tanta ligereza sobre la rectitud formal, cuando él mismo me había instigado a habitar los márgenes, a concederme el capricho de complacer mis propios deseos por encima de las convenciones? Él me había adiestrado en la noción de que mis ataduras eran simples lazos que yo poseía la facultad de disolver a conveniencia.

Fue en ese preciso instante cuando alcancé a desentrañar el origen de sus temores y la arquitectura de esa estúpida trinchera que había cavado entre nosotros. Esas leyes invisibles que invocaba eran el tribunal que nos condenaría sin piedad por nuestras disparidades. Si él tan solo sospechara que eran justamente esas diferencias las que me encadenaban a su persona, quizás también optaría por ignorar el veredicto del mundo.

Jacob, tras dedicarme una mirada cargada de complicidad, alzó sutilmente la mano. Charles, mediante un leve cabeceo, le otorgó el turno de réplica.

—Y en el supuesto de que la resolución más compleja implique distanciarse de aquello que constituye tu felicidad... ¿el sacrificio justificaría el dictamen? —inquirió Jacob. Como custodio absoluto de mi calvario sentimental, articuló la interrogante con una doble intención letal. Ese era mi amigo, blindándome el frente.

Charles acusó el impacto. Sus facciones se tensaron y torció la línea de los labios en un gesto imperceptible; la pedrada de Jacob había dado en el blanco de su conciencia. Tras un segundo donde un torbellino de emociones mal reprimidas cruzó sus ojos, Richmond asimiló el golpe y replicó con voz firme pero amortiguada:

—En ese escenario, señor Rinaldi, tendría que evaluar si su concepción individual de la felicidad posee un peso superior al bienestar de aquellos que conforman su entorno directo.

Clausuró la intervención proyectando una mirada cargada de una melancolía devastadora en mi dirección, un destello efímero antes de pivotar sobre sus talones para encarar el pizarrón.

El aire me faltó en los pulmones. Apostó su felicidad por mi estabilidad.

Charles asumía que mantenerme al margen del conflicto y preservar mi reputación me garantizaría la dicha; lo que ignoraba era que encarnar el papel de la heredera perfecta no me insuflaba vitalidad. No de la forma en que él lo hacía.

Era exactamente igual a pasar la existencia entera consumiendo arroz hervido. Por sí solo, el alimento cumple su función biológica: provee sustento, aporta nutrientes, fibra y la energía indispensable para encarar la jornada. Cumple, sin más. Pero... ¿Qué ocurre cuando a ese  arroz insípido lo complementas con el matiz jugoso, oscuro y perfectamente equilibrado de la salsa de soya? Al experimentar esa colisión de sabores, el paladar comprende que se había privado de un manjar extraordinario; la perspectiva se altera y te resulta materialmente imposible contemplar la opción de regresar al grano desnudo.

El verdadero conflicto estalla cuando la botella de soya se agota, y la mente se obsesiona con el recuerdo de la perfección de ese acompañamiento.

Mi trayectoria vital se había asemejado siempre a ese arroz monocromático. Jamás me generó aversión y resultaba suficiente para mis estándares; cada pieza encajaba en su engranaje. Yo albergaba la certeza de que mi mundo era idílico, que la monotonía era el estado natural de las cosas... hasta que le añadí el contraste vibrante de la experiencia y la vitalidad de Charles.

Él había sido mi salsa de soya.

Y ahora que me veía forzada a retornar a la sobriedad de mi plato insípido, comprendía con amargura que nada volvería a saber igual.

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¿Alguien más tiene su soya esperándolo en algún lugar?

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