3. Último Café Verde

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Los planes para el casamiento estaban prácticamente listos. Queríamos algo íntimo, pequeño y sencillo, ya que ese mismo viernes por la noche emprenderíamos el vuelo hacia Roma. Tras muchas vueltas, me decidí por reservar la terraza privada de un restaurante precioso en el corazón de la ciudad; después del enlace civil, cómodamente podríamos refugiarnos allí a celebrar con nuestros amigos más cercanos.

Me encontraba en mi habitación, organizando meticulosamente parte del equipaje para el viaje, cuando el eco del timbre rompió el silencio del departamento. Como de costumbre a esa hora de la mañana, yo era la única en casa. Cinna y Stella dieron un par de vueltas emocionadas, arrastrando las uñas contra el suelo de madera hasta que abrí la puerta. Se trataba de un repartidor que sostenía una caja blanca de dimensiones considerables. Le firmé el recibido con rapidez y la cargué con cuidado hasta mi cama.

Los perros se sentaron a mi lado, estirando el hocico con las orejas atentas, ansiosos por descubrir qué había en el interior. Estaban mal acostumbrados a que cada mensajero traía consigo algo delicioso que devorar, pero en esta ocasión la sorpresa era muy distinta. Al retirar el papel seda, un suspiro se me escapó de los labios. Dentro de la caja descansaba un vestido. El vestido.

Era de un tono rosa suave, un susurro de color confeccionado en telas vaporosas y delgadas que caían con una caída impecable hasta el suelo. En la zona del pecho, un sinfín de pequeñas flores sobrepuestas y bordadas a mano cubrían la transparencia de una malla tan sutil, delicada y clara como el tono de mi propia piel. Era una auténtica obra de arte.

En mis planes originales estaba la idea de usar un vestido azul claro que guardaba en el fondo del armario desde hacía tiempo, pero este diseño superaba cualquier expectativa. Aunque rompiera con el tradicional blanco, era más que perfecto para mí. Por supuesto, detrás de un gusto tan exquisito y refinado solo podía haber una persona responsable: Blake. Al fondo de la caja, descubrí un sobre que resguardaba una tarjeta escrita con su caligrafía elegante:

Mi querida Alessa:

Muchas gracias por permitirme estar en tu vida desde el primer día en que nos conocimos, por darme una oportunidad y abrirme un pedacito de tu gran corazón. Espero haber sido el apoyo que necesitabas cuando las cosas se pusieron difíciles. Y aunque no compartamos la misma sangre, te quiero como a una hija; siempre serás mi cómplice y mi querida amiga. No tienes una idea de lo contenta que me ha puesto saber que inicias esta nueva etapa; estoy segura de que estará llena de una felicidad inmensa y de momentos inolvidables. Puedes contar conmigo siempre que lo desees. Y aunque ahora mismo queden algunas heridas en tu corazón, nunca olvides que la mejor parte de ellas es cuando sanan.

Espero que mi regalo sea oportuno y de tu agrado. Con todo mi amor,

Blake.

Para cuando llegué a la mitad de las líneas, las lágrimas ya me empañaban la vista; creo que había empezado a llorar desde el saludo. Una parte de mí se sintió asaltada por una punzada de culpa; culpa por haberle guardado tanto misticismo y amor al recuerdo de mi madre biológica, restándole mérito a la mujer que de verdad se había desvivido por hacerme sentir el calor de una familia. Pero otra parte se llenó de un alivio reconfortante: si alguien que no compartía mis lazos sanguíneos era capaz de amarme así, quizás mi propia familia, con el tiempo, aprendería a sanar. Blake valía oro puro. Además, me había dado un hermanito hermoso al que adoraba; no podía estar más agradecida con la vida.

Colgué el vestido en un perchero de honor, asegurándome de que no se arrugara ni un solo ápice de todo el amor impregnado en sus costuras. Ahora, con una impaciencia renovada, deseaba que el viernes llegara de golpe.

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