Viejita pero bonita... pongan la canción junto donde vean lo siguiente: (SONG)
La tarde se nos fue entre risas compartidas, burlas ligeras y comentarios crudos sobre la terrible redacción de los alumnos de primer año. El ambiente en la oficina se había vuelto tan cálido que perdí la noción del tiempo. De pronto, en un pequeño e inesperado espacio de silencio, un agudo ruidito electrónico fracturó la burbuja.
Me levanté del sofá, arrastrando el enorme abrigo de Charles que llevaba puesto al revés, y caminé descalza hacia la silla donde había dejado colgado mi bolso. Al sacar el celular, la pantalla me deslumbró con un desfile de mensajes de texto y llamadas perdidas. Justo en ese instante el teléfono vibró de nuevo; era Cece.
—Debo contestar a mi amiga, lo siento —le susurré a Charles, dedicándole una mirada de disculpa.
Él asintió con una media sonrisa comprensiva y, para darme espacio, comenzó a juntar con parsimonia las hojas de los ensayos que se habían esparcido por la mesita de centro.
Me acomodé el cuello del abrigo, cuyo tejido de lana aún conservaba el calor de su cuerpo, mientras esperaba que se enlazara la llamada. Al otro lado de la línea, la voz de Cece tronó de inmediato.
—¿Hola? ¿Cece? —confesé, temiendo una regañina nivel: Mi abuela.
—¡Amiga! ¿Dónde demonios estás? —Su tono era una mezcla de alivio y reproche—. Muero de hambre y estoy segura de que tú también. Volví al dormitorio y tu cama estaba vacía. Hasta les pregunté a Hannah y a Olivia si te habían visto, pero me dijeron que no habías llegado.
Un calorcito dulce me recorrió el pecho. Si Cece se había rebajado a hablar con las chicas del pasillo, a quienes usualmente ignoraba, significaba que su preocupación era real.
—Sí, lo siento... tuve un pequeño accidente con la tormenta y me vi obligada a refugiarme en un lugar seco.
—¿Pero estás bien? ¿Dónde estás exactamente? ¿Quieres que pasemos por ti?
—Sí, tranquila, estoy perfecta. Hace mucho que debí volver, pero es que se nos fue el tiempo volando... —Al instante me mordí la lengua. Acababa de cometer una indiscreción fatal frente a la mayor experta en leer entre líneas.
—¿Se nos fue? —El tono de Cece cambió en un milisegundo; la preocupación se evaporó para dar paso a su habitual y afilada curiosidad.
—Te explico todo en cuanto llegues, ¿vale? —la interrumpí antes de que empezara el interrogatorio—. Te mando mi ubicación por mensaje. Ah, y por lo que más quieras, no olvides traerme ropa seca.
—¡Muero por encontrarte, guapa! —La emoción en su voz era casi palpable, imaginando ya el chisme de la década—. Por cierto, hoy toca cenar donde Kenzo. Llegamos en diez minutos... ¡Ciao! —Me tronó un beso ruidoso contra la bocina del teléfono y colgó.
Al bajar el celular, descubrí que Charles se había desplazado sigilosamente hasta su escritorio. Apoyaba una mano en la madera tallada y me sostenía la mirada con un gesto suave, arqueando las cejas en una muda pregunta: ¿Todo bien?
—Mis amigos ya vienen hacia acá... —le dije para tranquilizarlo, frotando mis brazos sobre la lana—. Y me traen ropa seca.
—Me alegro —respondió, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, un gesto inusual en él que delataba cierta timidez
—¿Escuché bien? ¿Van a salir a cenar?
—Sí, comida japonesa. ¿Te gusta? —No es mi favorita —admitió, ladeando un poco la cabeza con honestidad—. Pero si la saben preparar de la manera correcta, se puede disfrutar.
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Todo lo que buscaba
Romansa¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
