26. Incompleta

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El resto de la semana, que pronto se convirtió en el resto del mes, transcurrió bajo una monotonía asfixiante en lo que respectaba a Charles.

Una corazonada absurda, instalada en el fondo de mi pecho, me aseguraba que algún miércoles por la noche él cruzaría la puerta de la cafetería, empapado de frío, dispuesto a hablar conmigo. Nunca lo hizo. No volvió a haber rastro de su silueta alta ni de los ladridos juguetones de Stella. Charles Richmond resultó ser un auténtico estratega en el arte de evitar encuentros a solas.

Su gélida e impersonal actitud durante las horas de clase dejaba más que claro que no tenía la menor intención de escuchar mis razones. Estaba confundido, herido en su orgullo, y en parte lo entendía; solo él conocía la encarnizada batalla interior que había librado para fijar sus ojos en una alumna, y lo que implicaba el peso de que fuera justamente esta alumna. Lo verdaderamente devastador era asimilar que, cuando la posibilidad de un "nosotros" se sentía más tangible y cercana, se había desintegrado en un pestañeo. Por culpa de un puñado de fotografías.

Me moría por dentro deseando que él supiera que yo también pretendía ser valiente. Que estaba dispuesta a arriesgar el apellido, la reputación y lo que hiciera falta por descubrir qué podíamos iniciar juntos. Arrojar la cautela al viento no era una conducta propia de "Alessa Edevane", y quizás esa prohibición la volvía aún más deseable.

Jacob, aunque no comulgaba del todo con mi gusto por Charles, intentó amortiguar el golpe. Comenzó a marcar una distancia prudente y deliberada conmigo en el campus, buscando que Charles entendiera que entre nosotros dos solo existía una lealtad fraternal, pero el esfuerzo fue estéril. El profesor se blindó. Incluso, de manera inconsciente, se mostró implacable y severo al calificar el desempeño de nuestro equipo de debate.

Con el transcurrir de los días, esa hostilidad generalizada fue cediendo en el aula. Charles pronto recuperó su dinamismo y el trato afable con el resto del grupo; conmigo, en cambio, erigió un muro de silencio absoluto.

Si no hubiera sido por las jornadas extenuantes que me imponía entre la compañía de mi padre y mis turnos en la cafetería, estoy segura de que habría colapsado. El cansancio físico se convirtió en mi único refugio; terminaba tan exhausta que los momentos para evocar su recuerdo se redujeron al mínimo. Eso, sumado a los caóticos proyectos que los chicos y yo acumulábamos, devoraba cada hora muerta del calendario.

San Valentín pasó sin penas ni glorias, refugiada en el piso de Jacob compartiendo comida rápida y videojuegos, una estrategia perfecta para evadir el alboroto empalagoso de las parejas en la calle.

Poco después, los preparativos para la gran fiesta Árabe-Hindú que Cece organizaba para dar la bienvenida a la primavera nos absorbieron por completo. Semanas antes del evento, viajamos a Nueva York en compañía de Blake y la estricta señora Williams, la madre de Cece, con el único propósito de adquirir decoraciones extravagantes y vestuario extra. Aprovechamos el viaje para visitar el taller de una amiga de Blake, quien ya se encontraba confeccionando nuestros saris. Los delicados vestidos de seda llegarían apenas unos días antes de la gran noche, por lo que Blake nos advirtió, entre risas y amenazas sutiles, que no alteráramos nuestras medidas ni un milímetro si queríamos entrar en ellos. Para los chicos, el taller diseñó unos elegantes sherwanis, camisas ceremoniales que los hombres suelen vestir en sus bodas. Bajo la estricta dirección estética de Blake, terminaríamos luciendo como invitados de honor de la mismísima realeza hindú.

En cuestión de días, nuestro dormitorio universitario mutó en un almacén saturado de textiles coloridos, cuentas de cristal y adornos exóticos.

Para drenar la ansiedad, continué asistiendo a las sesiones de escalada en roca. Era una disciplina mucho más demandante de lo que había previsto; le entregaba toda mi fuerza a cada relieve, a cada grieta en la piedra, convencida de que alcanzar la cima justificaba el dolor muscular. Al llegar a lo más alto, me aseguraba al arnés, cerraba los ojos contra el viento y revivía la tarde en que pisé ese lugar con Charles. Solo en esa cumbre, aislada del mundo, le otorgaba a mi mente el permiso de volar. Y siempre, de manera inevitable, terminaba formulando la misma pregunta silenciosa al vacío: ¿Cómo se habría sentido ser besada por él?

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora