Esta canción es como la música de fondo... Obligatorio escuchar mientras leen.
Desperté antes que Jacob para arreglarme sin prisas y estrenar el conjunto que había comprado el día anterior. Era viernes, el día de la clase de Leyes; el día en que volvería a encontrarme cara a cara con el sorprendente Charles Richmond.
Al igual que el resto de los Rinaldi, salimos temprano de la casa. Llevando en la mano un termo de café italiano recién colado por Julia y la clásica, deliciosa caja de donas. Transportar un cargamento de repostería fina a las clases matutinas siempre era un deporte extremo, más si te trasladabas a pie o en la motocicleta de Jacob. Por primera vez en la vida, agradecí que mi amigo manejara a paso de tortuga; de no haber sido así, las donas habrían terminado estampadas en el pavimento y ningún compañero de clase habría desayunado ese día.
A pesar de que el corazón todavía me escocía al recordar que llevaba días sin hablar con mi querida Cece, la mañana se iluminó por completo en cuanto puse un pie en el aula y vi al caballero que lideraba la sesión. Charles lucía diferente, renovado. Hoy, sus intensos ojos verdes brillaban con una energía inusual que me atrapó desde el primer segundo. Mientras caminaba hacia mi asiento, me pregunté si el resto del salón estaba sordo o si simplemente nadie se daba cuenta de que mi corazón golpeaba contra mis costillas con una fuerza descomunal.
Charles nos indicó leer un informe exhaustivo sobre las nuevas reformas gubernamentales. Sin embargo, concentrarme en las letras jurídicas resultó una misión imposible con esos ojos verdes fijos en mí de manera intermitente.
Por momentos, su mirada descendía de forma deliberada por mis medias negras con costura trasera, ascendía por el vestido corto y ajustado de piel sintética negra, se detenía en mis botas altas hasta la rodilla y, de vez en cuando, reposaba en mi abrigo gris sobre el respaldo. Eché un rápido vistazo a mi alrededor para asegurarme de que todos estuvieran absortos en la lectura. Lo estaban. Solo por eso Charles se tomaba el atrevimiento de examinarme con tanta parsimonia y descaro. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, curvó sus labios, y el gesto me fascinó.
Al cruzar la pierna, el roce sutil de una hoja de papel doblada debajo de mi mesa llamó mi atención. Charles la había dejado ahí antes de iniciar la clase.
La desplegué con cuidado sobre mi regazo. Era una nota escrita con una caligrafía impecable, clásica y elegante, donde me formulaba una pregunta directa. Decidí conservarla, guardándola en mi bolso como un pequeño tesoro, y al final de mis propias hojas del informe, justo en la sección de preguntas, respondí la única verdad que en ese instante dominaba mi mente y la única que a él realmente le importaba saber.
Justo en ese momento, mi teléfono vibró en modo silencioso. Antes de salir al pasillo para atender la llamada, caminé hacia el escritorio de Charles, dejé mis hojas sobre la madera y le dediqué un guiño rápido y audaz que lo hizo enderezar la espalda en la silla.
—¿Hola? ¿Joshua? —respondí una vez que crucé la puerta, al ver su nombre en la pantalla.
—¡Alessa, hola! No vas a creerlo... ¡la próxima semana iniciamos la construcción! ¡Por fin! —Su voz desbordaba una emoción contagiosa, y no era para menos; este representaba el proyecto más importante de su carrera—. Todo es gracias a ti. Estará terminado antes del verano, tu padre me lo acaba de confirmar. Imagínate la cantidad de eventos masivos que podremos albergar ahí este mismo año.
—¡Joshua, qué gran noticia! —exclamé, contagiada de su entusiasmo—. Ayer por la tarde revisé el correo con los permisos autorizados. Ya estamos agilizando la contratación de personal extra para avanzar lo antes posible.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
