Al entrar a la librería, lo primero que vimos fue uno de los volúmenes de la lista expuesto en el mostrador de la entrada. Jacob lo tomó de inmediato, dándole la vuelta para inspeccionar la contraportada y verificar que fuera exactamente el mismo.
—¿Quieres que los compartamos, como el semestre pasado? —preguntó, arqueando una ceja con inocencia fingida.
—Ni loca —le respondí, poniendo los ojos en blanco con dramatismo. Tomé otro ejemplar idéntico de la pila y lo dejé caer sin contemplaciones sobre sus manos.
Cada año salía con el mismo cuento: juraba que ya casi lo terminaba, que en un par de días sería mi turno porque yo leía más rápido, y al final siempre lo olvidaba. A mí se me juntaban las fechas de entrega de los trabajos finales y terminaba corriendo de regreso a la librería a comprar mi propio libro para no reprobar. No me volvería a pasar.
Mientras esperábamos en la fila de la caja, mi teléfono vibró con un mensaje de Cece. Consistía simplemente en tres emoticonos: una taza de café, una hoja verde y un signo de interrogación. Le respondí con un escueto «Ok».
Media hora más tarde, empujamos la puerta de nuestro cuartel general. Era una pequeña cafetería con las paredes teñidas de un blanco impoluto y sutiles detalles en verde bosque. El espacio estaba inundado de plantas colgantes y muebles de madera clara que le daban un aire rústico y fresco. La música de fondo era tranquila, el tipo de melodía relajante que te mantiene enfocado sin llegar a aburrirte. A decir verdad, sus bebidas tradicionales eran bastante mediocres; lo realmente exquisito del menú eran sus infusiones orgánicas y un chocolate caliente mexicano que era un abrazo al alma. El resto de la carta sufría de una alarmante e invasiva obsesión por el matcha; juro que hasta el café americano terminaba sabiendo a pasto licuado. Pero como era el único lugar público de New Haven capaz de tolerar a nuestro ruidoso y caótico grupo de amigos, no teníamos otra opción.
Era nuestra joya verde escondida.
El negocio lo atendían dos mellizos pelirrojos que, de manera casi perenne, exhalaban un inconfundible aroma a cannabis. La chica siempre llevaba el cabello recogido en una trenza de lado, floja y estratégicamente despeinada; su hermano, por otro lado, portaba un chistoso bigote que mutaba drásticamente cada temporada. Sus diseños eran de lo más variados y extravagantes: desde un estilo surrealista a lo Dalí, hasta el infame y geométrico corte tipo Hitler que lucía con orgullo esta vez.
La pasábamos de maravilla en "el rincón verde", el nombre con el que bautizaron su local. Al principio, los clientes externos pensaban que el apodo se debía a la exuberante decoración botánica o al uso excesivo de té verde en las recetas; eso fue hasta que nos ganamos su confianza y nos confesaron, entre risas, que el verdadero motivo era la hierba que consumían y distribuían a discreción tras el mostrador.
Michel, el francés del grupo, se había convertido en uno de sus clientes habituales. De hecho, fue él quien les vendió la brillante idea de promocionar el producto bajo la etiqueta de "marihuana terapéutica con cualidades potenciadoras para el estudio". Su sugerencia publicitaria tuvo tanto éxito entre la comunidad universitaria que ahora los mellizos lo abastecían gratis. Supongo que es el tipo de dones innatos que desarrollas cuando eres estudiante de Negocios.
Cuando entramos, Cece ya se había adueñado del mejor lugar: el columpio en forma de huevo tejido en ratán. Se balanceaba con una lentitud perezosa, dejando ver sus pies apenas cubiertos por un par de calcetas disparejas. Estaba encorvada hacia adelante, con los brazos caídos, imitando la postura de una muñeca rota cuya piel era lo único que la mantenía unida en una sola pieza; su larga melena rubia caía en cascada, rozando el suelo.
Michel, haciendo gala de su perenne faceta de conquistador francés, permanecía acodado en la barra ordenando las bebidas mientras le lanzaba miradas sugerentes y ojitos encantadores a la melliza. Kenzo, por su parte, estaba de rodillas peleando por conectar la extensión eléctrica que solíamos camuflar detrás del sillón principal. Jacob soltó un quejido, dejó caer las pesadas bolsas de la librería a un costado y se desplomó en el sofá, desparramándose como si acabara de correr un maratón olímpico.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
