Después de dedicarle noches enteras y un sinfín de tazas de café durante las últimas dos semanas, Jacob y yo habíamos logrado concluir nuestro primer proyecto para un cliente de verdad. Papá había decidido confiar en nosotros porque, en sus propias palabras, éramos jóvenes, respirábamos ideas frescas y dominábamos técnicas modernas que la vieja escuela apenas empezaba a digerir.
Para ayudarnos a presentar el proyecto de una forma impecable, mi padre organizó en su departamento una muestra virtual y una cena de celebración por todo lo alto. Si yo contaba los días que me faltaban para terminar la universidad, mi padre, emocionado y orgulloso, contaba los minutos y hasta los segundos.
—Ya voy de salida para tu casa, Jacob. Llego en menos de quince minutos —le advertí por teléfono, mientras guardaba los últimos cables en mi bolso—. No olvides llevar la ropa formal para mañana y todos tus aparatos futuristas.
—Haha, okay... te espero abajo, en la acera —respondió él con una risita misteriosa.
Tomé mi pequeño maletín con los artículos de aseo personal y deslicé mi laptop en su funda acolchada. Antes de cruzar la puerta del departamento, arranqué una notita adhesiva y la pegué en el espejo del recibidor, deseándole a Cece un bonito fin de semana y recordándole que volvería el domingo por la tarde.
Antes de enfilar hacia la calle de Jacob, hice una parada estratégica en la pequeña y acogedora cafetería de su vecindario.
—Muchas gracias, Maggie, por preparar esto tan rápido para mí —le dije con una sonrisa de alivio, sosteniendo contra mi pecho la elegante caja de cartón que contenía un pastel recién horneado—. Pasé toda la mañana buscando tu número en el directorio, temiendo que no tuvieras disponibilidad. —No te preocupes en absoluto, linda —respondió Maggie, limpiándose las manos en su delantal con un gesto maternal—. Los fines de semana solemos hornear pasteles extra previendo estas celebraciones de imprevisto. —Eres una absoluta genio —le aseguré. Nos despedimos con un breve pero cálido abrazo. Me asombraba cómo, en tan poco tiempo, le había tomado un cariño tan especial y genuino a ese rincón de la ciudad.
Cuando estacioné frente a su edificio, Jacob ya me esperaba en la acera. Sostenía su maletín de cuero en una mano y un portatrajes de lona en la otra. Se veía de lo más cómico, encogiendo los hombros y temblando bajo el viento gélido debido a su atuendo: llevaba unos jeans holgados, sus eternos tenis Vans a cuadros y una playera desgastada de Volver al Futuro. En ese instante comprendí el motivo de su risa falsa por teléfono cuando mencioné lo de sus "aparatos futuristas".
Acomodó su equipaje en el asiento trasero junto al mío. Al ver su rostro congelado, me compadecí y le cedi el lugar frente al volante. Antes de que pudiera cerrar la puerta del conductor, sus dos perros dálmatas, asomados por el balcón del primer piso, soltaron un aullido largo y melodramático. Jacob suspiró con ternura, bajó del auto y tuvo que regresar a la reja para darles un último beso de despedida en sus hocicos manchados.
Cuando ya llevábamos más de medio camino recorrido, la lentitud extrema de Jacob al volante comenzó a agotar mi paciencia. Decidí reclamarle en broma a mi concentrado y precavido mejor amigo, quien sostenía el volante con las dos manos como si transportara dinamita.
—Oye, Jacob... ¿de casualidad te mencioné que mi abuela llegaría más rápido a casa de papá que nosotros?
—Alessa, tú ya me conoces —replicó él sin apartar los ojos del asfalto, esbozando una sonrisa paciente—. Si me diste las llaves de tu auto, estas son las consecuencias lógicas.
—¡Oye, no me dejaste terminar la analogía! —protesté, agitando las manos dramáticamente mientras él se reía de mis exageraciones—. Piénsalo: mi abuela, pedaleando una bicicleta vieja, definitivamente te dejaría tragando polvo en la autopista. Y eso no es todo... recuerda que hace un año la operaron de las rodillas y ahora tiene esas placas metálicas que le avisan el cambio climático; aun con esa desventaja, ella podría ganarte una carrera de velocidad sin derramar una sola gota de sudor.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
