El viernes, nada más terminar las clases, corrí a la oficina de Charles para nuestra planeada comida romántica. Llevaba al hombro un bolso enorme donde escondía todo el arsenal para nuestra cita y, en la mano, una carpeta atiborrada con hojas de un trabajo viejo. Ese era mi infalible disfraz de "estudiante responsable" para justificar mi presencia en el departamento de leyes; aunque, para ser honesta, hasta ahora la suerte había estado de nuestro lado y no habíamos tenido ningún susto.
Toqué la puerta con mi característico ritmo, conteniendo el aliento hasta que escuché su voz desde el interior: —Adelante.
Crucé el umbral, cerré la puerta y pasé el pestillo con cuidado. En cuanto me giré, vi a Charles recortando la distancia hacia mí a pasos agigantados. Mandé las hojas de mi carpeta a volar por los aires y me dejé envolver por sus brazos fuertes, hundiéndome en su pecho.
—Hola, profesor Richmond —le susurré entre besos ansiosos.
—Señorita Edevane... el día de hoy luce absolutamente hermosa.
Entre risas y suspiros, fuimos coordinando nuestros labios hasta hacer explotar cada partícula de nuestra piel. Sus caricias eran cada vez más seguras, audaces y confiadas, deteniendo sus manos en rincones donde no habían estado antes. Yo le acunaba el rostro con ambas manos, atrayéndolo hacia mí con una desesperación deliciosa, negándome a dejar entre los dos ni el más mínimo milímetro de distancia.
Estar con Charles era una maldita montaña rusa de sensaciones. Tenía la asombrosa capacidad de pasar de las caricias más dulces y lentas a una intensidad salvaje en cuestión de segundos, haciendo que disfrutara cada maldito segundo del viaje.
Después de ese acalorado saludo, por fin nos sentamos a comer. Acomodé sobre la mesita de centro de su pequeña sala unas velas eléctricas —una sabia elección, considerando que la última vez casi incendiamos el lugar al derramar cera sobre la madera—, un par de copas modernas sin tallo, el postre de chocolate que yo había comprado y el manjar que él mismo había preparado: una auténtica lasaña hecha desde cero, incluyendo las láminas de pasta y una salsa de tomate casera que estaba para chuparse los dedos. Estaba tan exquisita que concluí que, si comiera con él todos los días, ganaría diez kilos en un par de meses.
Al terminar de cenar, recogimos la mayor parte de las cosas por pura paranoia, previendo que alguien pudiera entrar, y nos dedicamos a hablar de las cosas realmente importantes del mundo...
—¡Claro que no, Charles! Créeme, a mí tú me gustas muchísimo más —le aseguré, delineando con mis dedos su barba de un par de días mientras le plantaba besitos tiernos cerca del oído.
—Alessa, ya te he dicho que detesto las mentiras —me advirtió, atrapándome por la cintura para atacarme a traición con una ráfaga de cosquillas. Intenté contraatacar, pero fue inútil; solo logré que perdiéramos el equilibrio y pasáramos de la comodidad del sillón directo a la alfombra del suelo—. La hermosa y joven de esta relación eres tú. Mira nada más estas pecas... —Frunció los labios con tanta adoración que juré que besaría cada una de ellas. Después de dejarme una docena de besos grabados en las mejillas, me miró fijamente—. ¿Segura que no tienes planes para el resto de la noche?
—Segurísima. Solo tengo que pasar a dejarles a los chicos el dinero para el depósito del departamento. Estoy segura de que cuando llegue al dormitorio los encontraré instalados ahí armando planes, así que no tengo prisa. Aunque sí me gustaría llamarles para avisarles que me retrasaré un poco.
—¿Justo ahora? —protestó con un puchero adorable que no pegaba nada con su faceta de abogado serio.
—Prefiero hacerlo ya, antes de que se me pase.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
