37. Inseguridades

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Durante toda la mañana siguiente hice hasta lo imposible por evitar a Milo. Habría sido un éxito rotundo de no ser porque él insistió en acercarse más de lo habitual a nuestra zona de obra; incluso se ofreció a ayudarnos con la instalación de los marcos de las ventanas justo antes del almuerzo. Jacob, que sabía leer perfectamente entre líneas, percibía de inmediato que algo sospechoso flotaba en el aire. Yo deseaba con todas mis fuerzas encontrar el momento oportuno para ponerlo al tanto de lo ocurrido la noche anterior, pero con las visitas sorpresivas del profesor y los enormes oídos de Klein rondando el perímetro, resultó una misión imposible.

Como en todo pueblo pequeño, cualquier evento fuera de la rutina se convertía en un auténtico acontecimiento. Varias familias de los alrededores se instalaban cerca de la obra con sus sillas de jardín solo para vernos trabajar. Para satisfacer el antojo de los espectadores, los comerciantes locales no tardaron en montar un puesto de limonada fresca, un carrito de helados y otro de perritos calientes. A estas alturas, los estudiantes ya éramos celebridades locales; bastaba con pararse en cualquier esquina para que los vecinos nos identificaran como «los chicos de las casitas de Yale».

Poco antes de que las señoras de la comunidad nos agasajaran con sus deliciosos banquetes caseros en las mesas de picnic, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Charles pidiendo verme con urgencia. Al principio me alarmé, hasta que entró un segundo texto aclarando que no se trataba de nada malo, sino de que simplemente se moría por verme. Quedamos en encontrarnos en un punto medio entre el pueblo costero y el centro de Baltimore, donde él atendía sus negocios. Tuve que pedirle prestada la camioneta a Klein, ya que la mía había quedado atrapada al fondo del estacionamiento del campamento y necesitaba que mi escapada pasara completamente desapercibida.

Charles, que ya había aprovechado sus ratos libres para explorar la zona, me citó en un pequeño y exclusivo embarcadero de embarcaciones privadas. Al llegar, lo divisé al final del muelle de madera, contemplando los veleros que se deslizaban sobre el agua. Visto de espaldas, cualquiera habría jurado que se trataba de un muchacho veinteañero, alto y de complexión atlética; la camiseta ceñida al cuerpo y la gorra de béisbol engañaban a cualquiera. No se percató de mi llegada sino hasta que mis pasos comenzaron a hacer crujir los tablones más gastados del muelle.

Al detectar el sonido, se giró y su rostro se iluminó con una sonrisa desbordante de emoción. Abrió los brazos de par en par para recibirme y yo eché a correr hacia él. Su mirada traslucía una impaciencia casi desesperada por recortar los diez metros que nos separaban, como si en ese breve trayecto pudiera interponerse un imprevisto que nos fuera a distanciar para siempre.

En cuanto sintió mis manos apoyadas en sus hombros, me estrechó con fuerza contra su pecho, rodeando mi cintura con sus brazos protectores. Me elevó en el aire y giramos un par de veces sobre nuestro propio eje, disminuyendo la velocidad poco a poco, recreando de manera idílica lo que había sucedido semanas atrás en la fiesta árabe. Aún con los pies suspendidos sobre el muelle, me incliné para besarlo. Parecía que eso era exactamente lo que su cuerpo suplicaba, porque al contacto con mis labios, su acelerado ritmo cardíaco comenzó a apaciguarse.

Lo que jamás esperé fue percibir una sutil humedad entre nuestros rostros. Al principio supuse que se trataba de sudor debido al intenso sol del mediodía, pero me equivocaba. Al abrir los ojos, descubrí que unas lágrimas rebeldes se deslizaban por sus mejillas sin que él pudiera contenerlas. Charles llorando... ¿pueden creerlo?

—Hey, tranquilo... ¿pasa algo malo? —le pregunté, distanciándome unos centímetros para limpiarle las mejillas. Con la yema de mis dedos sequé el rastro de la lágrima desde sus pestañas hasta su barba rasposa de varios días.

—No, linda, todo está bien... es solo que te extrañaba demasiado —confesó, suavizando la mirada.

—Charles, pero si no es para tanto —le sonreí con ternura, intentando tranquilizarlo con una pequeña broma—. Además, cada vez que te sientas solo, basta con que me llames y vendré corriendo. Tengo la ventaja de que si pongo como excusa algún asunto familiar o de la empresa de mi padre, puedo ausentarme de la obra sin levantar sospechas.

Todo lo que buscaba Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora