Soñé con un escenario sacado directamente de una adaptación psicodélica de Charlie y la fábrica de chocolates. Solo que, en mi mente, en lugar de ríos y cascadas de cacao puro, absolutamente todo el paisaje estaba revestido por capas de pastelillos glaseados y montañas de galletas crujientes, rodeado por un caudaloso y humeante río de café con leche. Lo más descabellado era el reparto: mis amigos y yo éramos los diminutos Oompa Loompas, vestidos con overoles, y el excéntrico Willy Wonka era nada más y nada menos que el profesor Charles Richmond. Eso sí, se trataba de una versión sumamente mejorada, perfectamente peinada y afeitada. De hecho, tenía que admitir que se veía increíblemente atractivo.
El sombrero de copa de terciopelo, el bastón de empuñadura dorada y un traje ajustado de levita con sutiles toques modernos le sentaban de maravilla a su figura alta. En el sueño, Charles Wonka estaba a punto de presionar un enorme botón rojo para activar la máquina del pastel más grande del mundo, cuando una estridente alarma comenzó a resonar por toda la fábrica, advirtiendo que los motores se habían sobrecalentado y todo estaba a punto de estallar en miles pedazos. El pánico nos obligó a correr en círculos hasta que el estruendo se transformó gradualmente en el horrible y monótono sonido de mi despertador real. Parpadeé fastidiada, abriendo los ojos a la realidad y asimilando que debía despedirme de mi sofisticado y mejorado Charles Wonka.
Horas más tarde, durante la clase de Milo Danes, me resultó matemáticamente imposible quitarme de la cabeza la imagen de Charles Richmond con ese cambio de look. Me sorprendí a mí misma imaginándolo con un guardarropa renovado en el mundo real; estaba segura de que quitarse de encima esos enormes abrigos oscuros y la ropa desgastada le restarían de golpe muchos años y sacaría a relucir ese encanto aristocrático que tanto se reservaba bajo su fachada de catedrático descuidado. Y no es que pretendiera que vistiera con ropa primaveral en pleno invierno de Connecticut, pero visualizarlo con prendas un poco más entalladas y sofisticadas le daría...
—¿Tú qué opinas al respecto, Alessa?
La voz firme y masculina me arrancó de golpe de mi viaje mental, haciéndome aterrizar con un sobresalto en mi asiento.
—¿Perdón? —le pregunté a Milo, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello hasta las orejas.
Milo Danes me miraba desde el frente del aula con una expresión de ligera molestia y decepción. Lo peor de todo no fue que me atrapara colgada de una nube, sino que sus ojos bajaron directo hacia mi cuaderno de apuntes. En lugar de conceptos de arquitectura o desarrollo urbano, la página estaba completamente invadida por el boceto a lápiz de un rostro masculino, coronado por el inconfundible sombrero de Willy Wonka. Qué absoluta vergüenza, tierra-trágame.
El resto del salón giró a verme en un silencio sepulcral, algunos dedicándome miradas de lástima o pena ajena, lo cual terminó por pulverizar mi dignidad. Milo soltó un suspiro pesado, entornó los ojos con evidente fastidio y cruzó los brazos sobre el pecho antes de reformular la pregunta.
—Te preguntaba, señorita Edevane, cuál es tu postura técnica acerca de la crisis de vivienda en las zonas marginales que fueron destrozadas por el último huracán en la Costa Este —su tono era cortante, una señal clara de que estaba muy molesto. Mi mente, por su parte, se quedó completamente en blanco.
¿Cómo había sido capaz de perder la concentración de esa manera en una de mis asignaturas favoritas y con el profesor que tanto me importaba?
Agaché la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, y negué sutilmente con un movimiento de cabello para indicarle que no tenía una respuesta coherente que ofrecer. Milo exhaló un doloroso suspiro de decepción que me caló hondo y caminó de vuelta hacia el pizarrón.
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Todo lo que buscaba
Romance¿Te ha pasado que la vida perfecta solo funciona bien en tu mente? Yo era experta en coleccionar desilusiones de ese tipo. Pensaba que el futuro de ensueño que me esperaba después de la graduación -ese que mi familia había diseñado minuciosamente pa...
